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25/05/2019 09:44 CEST | Actualizado 25/05/2019 09:44 CEST

Querido delator

Getty Images
Sterling Hayden

Parece ser que en bautizos recientes se han pronunciado los nombres que salpican Juego de tronos. Y rezo para no tener una nieta que se nombre Chernobyl.

Sin duda, las generaciones futuras pensarán con nostalgia en las series que hoy se han hecho con el botín de la narrativa cinematográfica (enhorabuena a quién profetizó que el mejor cine actual estaría en la televisión).

De manera parecida, comparto con un amigo que, salvo contadísimas excepciones (Cold War este último año), ya solo contempla con gusto películas de muertos vivientes. Es decir, aquellas cuyo reparto, como algunas fotos familiares, parece una quiniela de tantas equis como tachan los nombres.

Como ejemplo de modos de actuar que no espera volver a ver, mencionó a Sterling Hayden, el hombre a quien un documental acaba de resucitar.

Una gabarra en Francia se convirtió en su refugio; allí conversó con él, más bien le aguantó la perorata, el cineasta alemán Wolf-Eckart Bühler.

El faro del caos se estrenó en España en abril de este año, en el transcurso de un festival. Puede que la noticia despertara en mi amigo el recuerdo de aquel cine al que, al parecer, ya le negamos cualquier oportunidad.

Fue una fotografía suya, tomada durante una regata, la que decidió a la Paramount a hacer a Hayden un contrato millonario. Medía un metro noventa y seis, era musculado, rubio, de ojos acerados y acostumbrados a enfrentarse con el horizonte. Lo llamaron “el dios vikingo” y lo lanzaron al estrellato con dos películas que cualquier persona sensata habrá olvidado ya.

Tengo para mí que a él siempre le dio igual.

Cuando llegó al cine, ya había dado la vuelta al mundo varias veces como marino mercante. Al estallar la guerra, se alistó en los marines, aunque fue reclutado por la OSS (la unidad de especialistas en sombras, espías y saboteadores de la que más tarde surgiría la CIA), que lo envió a Yugoslavia, donde contrabandeó por  la costa suministros para los partisanos y saltó tras las líneas alemanas para combatir con las fuerzas de Tito. Logró ser el único soldado en la historia condecorado por los gobiernos americano y yugoslavo.

Parece ser que en bautizos recientes se han pronunciado los nombres que salpican Juego de tronos. Y rezo para no tener una nieta que se nombre Chernobyl.

Regresó a Estados Unidos y al cine, pero había cambiado. Su rostro ya solo prometía lucidez amarga.

John Huston lo leyó con pasión y sabiduría. La jungla de asfalto va desangrándose, poco a poco, desde el primer plano.

No hay en toda la película una sonrisa franca. Desde el cinismo cruel de Louis Calhern a la esperanza rota de Sam Jaffe o la malvada inocencia de Marilyn Monroe, cada rostro es una nota en la partitura del fracaso.

Sterling Hayden transita por ella respirando cadenciosa y dolorosamente.

Su paso por el Partido Comunista Americano fue breve y decepcionante, pero bastó para que el inquisidor Joseph McCarthy lo llamara a declarar ante aquel comité en que los seres humanos eran contemplados por las bestias.

Ante ellas denunció a compañeros de profesión, sin que le bastara el consuelo de no haber dicho un solo nombre que no constara ya en las actas de la infamia. A partir de ese momento, el alcohol fue para él, como para tantos, su refugio y su condena, el principio de una amargura sin fondo.

Formaba parte de aquella escuela de actores instintivos que no se transformaban en otro, sino que preferían mostrarse a su manera en la situación en que el guion les colocaba. A la manera de John Wayne o de Katharine Hepburn, no dejaba de ser él mismo; tan sólo cambiaba de tiempo y de identidad.

Nicholas Ray supo escarbar en el pasado de su personaje para hallar un futuro. En Johnny Guitar aprovechó la felina quietud de Hayden para hacer de él el paisaje en que la cinta transcurre.

En la tensa escena de amor que ocupa el centro de la película, Hayden y Crawford bailan al borde del abismo sin apartar los ojos de él. La cruzan frase inolvidables, pero lo que nos quita el aliento son esas miradas que no se dirigen hacia el otro, sino a su propio y desconocido interior.

Kubrik atrapó su frialdad en dos ocasiones; y en ambas la retorció creando un relato paralelo con la cámara que llegaba a contradecir las líneas del guion.

En Atraco Perfecto, Hayden es el relojero maligno que prevé el movimiento de cada rueda dentada. Johnny Clay, así se llama el personaje que interpreta, es un profesional del delito; violencia y huida no son para él más que complicaciones rutinarias en una jornada laboral.

Kubrik no se enredó en primeros planos, énfasis que solo podía estorbar en la magnífica geometría de la narración; al contrario, aprovechó su envergadura para hacer de él la sombra que se cierne sobre todos los momentos del atraco.

Ni el director ni el actor sabían que estaban inventando un estilo que en cocina sería poco recomendable: empezar por los postres.

Me abruma el menú de títulos que durante medio siglo han repetido esta moda.

Nos damos la vuelta con Hayden y compartimos una última mirada a los billetes perdidos mientras nos preguntamos en qué se diferencia su situación de nuestro angustioso y cotidiano final de mes.

Formaba parte de aquella escuela de actores instintivos que no se transformaban en otro, sino que preferían mostrarse a su manera en la situación en que el guion les colocaba.

Por el contrario, en Teléfono rojo… volamos hacia Moscú, Kubrik acerca el visor al rostro de Hayden cerrando el plano a su alrededor, quizás para apartarlo de la parodia que recorre todo el film. Porque, a pesar de lo absurdo de sus motivos (¿habrá alguno más importante que la pérdida de vigor sexual?) para poner en marcha la guerra atómica, y a pesar de su enloquecida lógica, el general Jack D. Ripper (Jack el Destripador, para entendernos) es el único cuya humanidad, desquiciada y genocida, parece interesar realmente a Kubrik.

El rostro de Hayden, cruzado de arrugas sin armonía, el vidrio en sus ojos que ni siquiera el blanco y negro disimula, y la lentitud de sus movimientos, pesados como los de un viejo forzudo de circo, se desplazan hacia la locura con la inexorabilidad de un segundero. Una historia tan estrambótica que solo Trump podría hacer posible, y a la que Hayden entrega toda la realidad de la locura.

Hubo más películas, desde dramas de serie B a westerns con acento italiano. Pero el cine aún le reservaba dos momentos cruciales para nuestra memoria de gallinero:  el zafio y corrupto capitán McKluskey de El Padrino, meticuloso incluso en el momento de morir, y Leo Dalco en Novecento de Bertollucci, quizás la primera ocasión en que su sonrisa pareció sostenerse en una esperanza.

Publicó su autobiografía, a la que tituló El vagabundo, a principios de los sesenta, y una novela, Viaje, en 1976. Fue capaz de asomarse por la esquina del televisor, pero el alcohol y la culpa lo habían atrapado hacía ya mucho.

Murió en 1986.

Viendo algunos recientes y efusivos saludos en el Congreso, me pregunto si Sterling llegó a darse la mano a sí mismo.

Aunque solo fuera para perdonarse.

 

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