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14/06/2019 07:33 CEST | Actualizado 14/06/2019 07:33 CEST

Raúl Cimas: "La vida es así, no se muere el que debería, no son matemáticas"

"Para mí es mucho menos ser actor que humorista. Pero si fuera actor, diría lo contrario".

SOPA Images via Getty Images
Raúl Cimas, en una imagen de archivo. 

El viento agita los árboles en la Plaza de Legazpi. En el hilo musical suena A horse with no name, mientras observo el futbolín que descansa en la cantina de esta cineteca que antes fue matadero. Raúl Cimas aparece pausado, luciendo una camiseta con un diseño de Andreu Buenafuente que reza “Trabajo de noche. Late Motiv”. Hace semanas que desbaratamos las redes con la promesa de una entrevista, así que damos debido cumplimiento a nuestra deuda. Me descubre que siempre está pensando en su próximo monólogo y yo callo, porque él desconoce que mi mente ha empezado a idear esta conversación mucho antes de que la llevásemos a cabo. Así que dos personas viviendo en tiempo futuro coinciden en el presente para cumplir un por fin. Después de ocho años, ya era hora.

 

Es la primera vez que recibo decenas de mensajes para que realice una entrevista. La petición ha sido multitudinaria ¿es abrumador que te admiren tantas personas?

Debe ser cosa de Andreu Buenafuente y de estar en Late Motiv, porque yo llevo veinte años en esto y, sin embargo, está pasando ahora -ríe-.

Pero tu fama viene de lejos.

Bueno, recuerdo la época del “chanantismo”, de Muchachada Nui, pero el centro era Joaquín Reyes, fue él quien creó esa manera de humor, los demás aprendimos de él; Joaquín nos enseñó a creer en lo instintivo, a no copiar a los demás. Si algo nos hacía gracia entre nosotros, teníamos que conseguir que la gente lo entendiera. Es lo que he intentado hacer por todos los medios. Quizá he tenido la suerte de no triunfar antes y de que me pille en una edad buena.

Te dedicas al humor habiendo estudiado Bellas Artes, esto hace que me cuestione: cuándo Raúl Cimas era niño ¿qué quería ser de mayor?

Ser humorista ni se me pasó por la cabeza, aunque me encantaba. Yo quería hacer tebeos, y en cierta manera lo he conseguido; me gustaban los cómics, las historias. Y hacer humor es un poco lo mismo. En esto empecé porque necesitaba dinero. Estaba apuntado en una ETT, y nos llamaban para ir a una fábrica de maderas a pelar tableros con un garfio. Ocho horas repasando bordes de madera. El primer día que fui, el encargado de la planta me dio unos guantes increíbles… Cómo me vería manejar el garfio para que me diera los mejores guantes de toda la fábrica.

Suena agotador.

¡Lo es! Y en eso trabajaba cuando surgió la posibilidad de hacer monólogos. Me gustaba el teatro, así que no lo pensé. Además, como yo vivía en Albacete, pensé que, si hacía el ridículo aquí, a las malas me volvía. Total, en Madrid no me conocía nadie.

Mucha gente ha hablado de tu modo de hacer humor, muy vinculado a la tradición española del surrealismo, del esperpento.

Yo también lo pensaba, pero ya no tanto. Cuando hacíamos Muchachada Nui, creíamos que solo se entenderían en Albacete. Pero donde más gustábamos era en Asturias.

Yo vengo de Asturias…

¡Ves! Pues éramos unos mindundis en toda España pero, al llegar allí, la gente nos conocía -ríe-. De todos modos, el localismo puede servir de excusa para que no te contraten. El humor siempre tiene una parte muy personal y muy íntima, te desnudas. Eso es universal. Una película que se podría catalogar cien por cien localista es Ocho apellidos vascos, sin embargo, viene de una serie de películas en Europa, Bienvenidos al Norte y Bienvenidos al Sur, que, siguiendo la misma línea, alcanzaron el éxito. Es lo mismo que nos pasa a la hora de contar nuestros problemas, que pensamos “si alguien se entera de que he hecho esto” y, cuando lo cuentas, todo el mundo se libera, porque todos dicen: “eso también me pasa a mí”. El humor tiene esa capacidad.

“Para mí es mucho menos ser actor que humorista. Pero si fuera actor, diría lo contrario”.

¿En qué te inspiras para hacer tu humor?

Tengo una especie de manía en la cabeza, voy pensando todo el tiempo en el humor, como salir a correr todos los días. Me gusta el género, veo a otros compañeros, veo comedia. Sobre todo, me gusta mucho reírme con mis amigos. Con mi hermano, que es mi vecino, escribía los monólogos de Buenafuente. Este año, lo hago con otro amigo, Javi González. El humor tiene que parecer una conversación. La gracia puede llegar por la musicalidad de las palabras. Quizás tenemos demasiada fe en lo que es racional e inteligible, y muy poca en otras puertas de entrada que tenemos. En el humor tendemos a sobreexplicar, cuando a veces lo divertido es que no te entiendan. La clave está en intentar que se parezca a una charla de amigos, en la que rara vez estás pendiente de vender tu ingenio. El humor tiene que ser natural; si no te lo crees, no hay humor.

Tu humor tiene mucho que ver con el silencio. Esto también pasa en el cine. Hay directores, como Bergman o Tarkovsky, que hacen planos muy largos que sorprende lo mucho que duran. Hasta que, de repente, te das cuenta de la significación de esa duración. Es cuestión de manejar el tiempo y del ritmo, como en tus monólogos.

Es que el tiempo en el humor es fundamental. Además, el cine, el teatro y la música tienen en común con el humor estar en un escenario. Hay un mecanismo en la risa que son los nervios, y si alargas un silencio, estás metiendo suspense y eso pone nervioso. Y el público quiere que lo digas para poder relajarse. Eso es un chiste también. Cuando empecé intentaba que todos los chistes fueran brillantes, pero con el tiempo, me di cuenta de que el chiste no es la parte importante, es el bombo de un grupo de música, solo marca un ritmo. El humor no puede ser solo chistes, también están los silencios, los gritos, la extravagancia. Eso me encantaba de Eugenio. Los humoristas que a mí me gustan suelen ser gente muy tranquila, parsimoniosa, de tiempo lento que juega como el suspense en Hitchcock. Es mejor que el público piense que puede pasar cualquier cosa en cualquier momento.

¿Y qué hace reír a Raúl Cimas?

De niño tenía la risa floja, me gustaba todo el humor. Me pasaba todo un año esperando a Martes y Trece en Nochevieja ¡Qué momento! Solo lo han vivido ellos. También recuerdo la primera vez que entendí a Gila, después de pasarme la infancia viendo a mi padre riéndonse con un tipo muy raro y oscuro, con una boina y un teléfono. Luego Faemino y Cansado le dieron la vuelta a todo; en la universidad conocí Flying Circus de los Monty Phyton. Cuando empezó Javier Coronas, nos sorprendió, daba esa sensación de miedo, de seriedad. A nivel internacional, me he llevado sorpresas con Apathow, recuerdo Supersalidos. Benny Hill, impensable hoy en día por su horrible concepto de la mujer, era tan grotesco que daba la vuelta y se convertía en infantil. Y Atrapado en el tiempo, Un funeral de muerte… Son grandes comedias nada fáciles de hacer.

No, nada fáciles.

El otro día hablando con Andreu Buenafuente sobre hacer una serie, cine, construir barcos o montar un bar, me dijo: “Tú tienes que hacer una película”, pero yo siempre pienso en el sketch, es la vía natural de la comedia. Tienes que ser muy bueno y todo tiene que darse muy bien para hacer humor de la larga duración.

¿Y de dónde viene el surrealismo?

Cuando empecé a hacer teatro en el instituto, leí a Jardiel Poncela y, al descubrir estos textos, comencé a preguntarme ¿pero esto de cuándo es? La comedia de principios del siglo XX era mucho más moderna que la de ahora mismo. Hoy en día dirían que es algo rarísimo, demasiado adelantado. ¡O José Luis Cuerda!

Ahí iba a ir luego.

La primera vez que vi Amanece que no es poco me dejó con las patas vueltas. 

A ese tipo de comedia intelectual y surrealista me refiero cuando pienso en tu humor, desde Poncela a Mihura, las astracanadas. Cada uno en su formato apela al mismo tipo de humor.

Ya me gustaría a mí… Es curioso que lo digas. Miguel Mihura y Tono (Antonio de Lara) también doblaban películas antiguas libremente, a su manera.

Como los “doblajes viejunos” de Muchachada Nui.

Sí, como los doblajes retro de Joaquín Reyes, pero esto no lo sabíamos hasta que llegaron hace poco Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo y la recuperaron. Mihura y Tono compraron la película austriaca y la doblaron entera. También Jardiel Poncela tiene películas dobladas, pero es posterior. La de Tono y Mihura, Un bigote para dos, estaba reescrita y doblada a su modo. Espero que llames a Cabrerizo y Aguilar y continúes esta entrevista, es un hilo interesantísimo.

¡Lo haré!

La película es de un surrealismo y de unas ocurrencias fantásticas, pero terroríficamente moderna. Estamos andando en círculo, piensas que vas a algún sitio, pero es como encontrar tus propias huellas en una expedición en la nieve.

Prodigios, el tercer libro que acabas de publicar, también tiene que ver con estos personajes de la cotidianeidad un poco grotescos.

Es que el humor siempre es una ruptura del equilibrio, una sorpresa, en vez de ver las cosas como deberían ser, se rompe y se crea algo grotesco. Me gusta pensar en alguien muy cerebral que pierde los nervios paulatinamente hasta llegar a lo grotesco. Es como esos programas en los que están gritando. El primer día te sorprende, pero ahora ni nos inmutamos. Un día se van a matar y vamos a estar merendando. Pero si eso pasa en medio de un telediario, entonces sí te sorprendes.

“La comedia de principios del siglo XX era mucho más moderna que la de ahora mismo”.

Como en Tacones lejanos, cuando una presentadora confiesa haber matado a su marido en medio de un informativo.

Claro, personas normales en grandes líos. Personas muy capacitadas perdiendo los estribos. Es ver lo que no debería ser. Y la vida es así, no se muere el que debería, no son matemáticas.

¿Y para cuándo tu próxima película?

Como Arturo Valls es el único que me llama, haré cine cuando produzca otra película. Pero no me desespero por el cine. Me gustan las experiencias que he vivido haciendo películas. He trabajado con Nacho Vigalondo, con José Luis Cuerda y con Pepón y Juanito (Juan Maidagán y Pepón Montero), unos tipos a los que llevo mucho tiempo admirando, junto con la escuela de Luis Guridi, La Cuadrilla. Mis películas no han sido súper éxitos, algunas incluso pueden ser señaladas como fracasos, pero me encantan. Hacer cine no es mi profesión, hay gente que está deseando decir que es actor como si fuera más, para mí es mucho menos ser actor que humorista. Pero si fuera actor, diría lo contrario.

Y ya por último, dime que estarás en algún otro capítulo de Justo antes de Cristo.

Si se hacen ¡ojalá! Sería una gran noticia, es una apuesta también muy arriesgada. Pepón y Juanito son herederos de aquellos diálogos de los que hablábamos. Imagina, la historia de un patricio que desvaría, es otra caída en picado. Hay que aplaudir a las televisiones y a los productores cuando arriesgan. Ojalá se apueste por ese tipo de proyectos, hay un montón de gente queriendo hacer cosas así. En los festivales de cortos, en las nuevas producciones, se ve que España tira para ahí, siempre por ese tipo de humor. Nuestra obra más grande es El Quijote, y no deja de ser una comedia con todas las de la ley. Es lo que somos. El humor es muy nuestro.

 

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