Donald y Melania Trump: los entresijos de un matrimonio poco ortodoxo

¿Están enamorados? ¿Es un matrimonio de conveniencia para ambos? Su relación es un enigma.

Cuando Melanija Knavs llegó a Nueva York en 1996 para ganarse la vida como modelo no se imaginaba que acabaría siendo primera dama de Estados Unidos. Dos años después de poner el pie en la gran manzana, la eslovena empezó su relación con Donald Trump. Ellos dicen que el flechazo en una fiesta fue instantáneo y era habitual verlos dedicándose todo tipo de arrumacos en público. Ahora ella le aparta la mano cada vez que puede.

Melania Trump es un misterio hasta para sus colaboradores más cercanos. La periodista Mary Jordan, que ha trabajado durante cinco años en su biografía entrevistando a trabajadores de la Casa Blanca, cuenta en el libro The Art of Her Deal: The Untold Story of Melania Trump que una de sus fuentes la describe como “un fantasma”. La relación actual con su marido, desplantes aparte, también es un misterio. ¿Están enamorados? ¿Es un matrimonio de conveniencia para ambos? Lo único que está claro es que es una pareja poco ortodoxa.

Jordan escribe en su libro que la pareja duerme en habitaciones separadas y que pasan mucho tiempo alejados el uno del otro aunque estén en el mismo edificio. “Ella apenas va al Ala Oeste. No le gusta el golf. Tiene su propio spa. Le gusta estar aislada. Es solitaria. Él también es solitario. Están perfectamente felices de estar separados”, cuenta la autora.

Trump, de hecho, estuvo solo en la Casa Blanca durante los primeros meses de su presidencia mientras su mujer y su hijo pequeño, Barron, se quedaron en Nueva York. Sobre si Melania estaba desesperada porque su marido había ganado las elecciones hay división: hay quien dice que le gusta el cargo o, como Michael Wolff, quien asegura que la primera dama rompió a llorar durante la noche electoral, y no precisamente de alegría.

Esa falta de cariño no siempre ha sido habitual en la pareja. En 1999 acapararon todos los titulares después de una entrevista con Howard Stern en la que hablaban sin tapujos de su vida sexual y Melania aseguraba que mantenían relaciones sexuales varias veces al día. Por aquel entonces ella tenía 29 años y él 53.

Donald y Melania Trump en Nueva York en septiembre de 1999.
Donald y Melania Trump en Nueva York en septiembre de 1999.

Los Trump se casaron en enero de 2005 en Mar-a-Lago, el resort de lujo que tiene el presidente en Florida. Lo hicieron, como no podía ser de otra forma, a lo grande. Para la extravagante boda colocaron 10.000 flores e invitaron a lo más granado del mundo de la farándula, desde Heidi Klum y Diddy hasta Bill y Hillary Clinton. Melania llevó un vestido de alta costura de Christian Dior que costó más de 100.000 euros y que la llevó hasta la portada de Vogue. La revista ahora no quiere ni oír hablar de la primera dama.

Por aquel entonces ya hacían gala de darse espacio el uno al otro. Tanto espacio que la supuesta aventura que Donald mantuvo con la actriz porno Stormy Daniels fue en 2006, cuando Melania estaba embarazada de Barron, el único hijo del matrimonio. El escándalo salió a la luz en 2018 y al parecer el enfado de la exmodelo fue tal que canceló todos los planes de viajes oficiales que compartía con su marido.

Donald y Melania con su hijo, Barron Trump, en la Convención Nacional Republicana.
Donald y Melania con su hijo, Barron Trump, en la Convención Nacional Republicana.

Él, desde luego, no intentó ganarse de nuevo la confianza de su mujer siendo detallista. Para el 48 cumpleaños de Melania el presidente dijo que solo le había regalado flores porque estaba demasiado ocupado para perder el tiempo en eso.

Desde que llegaron a la Casa Blanca el lenguaje corporal de la pareja ha sido analizado al milímetro, aunque en ocasiones no hace falta ser un experto. Hasta una decena de veces Melania se ha soltado de la mano de su marido, y en alguna ocasión sin cortarse un pelo y sin ninguna sutileza. La tensión también era palpable cuando visitaron una iglesia en Washington para homenajear a Juan Pablo II y posaron frente a los fotógrafos. El magnate le pedía insistentemente a su mujer que sonriera, y a ella no se la veía por la labor, aunque al final esbozó una pequeña sonrisa.

Patti Wood, experta en comunicación no verbal, explicó el año pasado que la pareja se ha ido mostrando cada vez más incómoda y tensa en los últimos cuatro años, y que su lenguaje corporal transmite que “ninguno de los dos es feliz”.

A pesar de ello, Mary Jordan asegura en su libro que la confianza entre ellos a nivel profesional es total. En el caso del presidente es especialmente significativo ya que no tiene un gran círculo de confianza. “Tienen una relación muy inusual, pero existe un vínculo importante: tienen un acuerdo desde el principio. Él se quiere a sí mismo, a su trabajo, tiene su propia vida y pasa mucho tiempo separado de ella. Y Melania está contenta con la situación”, cuenta la periodista.

Cuando Donald Trump tomó posesión del cargo todos las cámaras se posaron en Melania. Los titulares hablaron de la falta de tacto de su marido hacia ella y de las caras y el rostro de hierático de la primera dama. Si el republicano gana las elecciones, la escena volverá a ser la misma. Incluso con algún desplante.

Donald Trump haciendo de Trump
Melania Trump a lo largo del tiempo