'Espérame en el cielo'

Relatos a la sombra: los cuentos de Abraham García.
'Relatos a la sombra': Espérame en el cielo.
Martin Barraud via Getty Images
'Relatos a la sombra': Espérame en el cielo.

Algo, que ciertamente no se nombra

con la palabra azar, rige estas cosas

(Jorge Luis Borges)

En el mismo instante en que Sonia se retuerce en la cama buscando el pulsador de la bomba de morfina, mientras su compañera de habitación vuelve a poner en marcha la cinta de Antonio Machín en el viejo casete de cinco botones; el mismo instante en que siente nítidamente como las agujas de dolor alcanzan el interior de cada hueso y los ligamentos de las articulaciones… en ese mismo instante, la asistente social lleva a Cica a un rincón y le susurra con ansiedad, con miedo:

-Atiende, capullo: te he conseguido el permiso. Sales en una hora. Y más te vale volver esta noche. Si faltas, me pierdes. Pero yo te hundo la vida, Cica. Te la hundo por mis muertos.

-Tranquila, jefa, que yo vuelvo. Ya le he dicho que sólo quiero despedirme de ella, que no le quedan más que un par de días, me cago en mi puta alma.

Y Cica piensa que la mujer tiene un arreón, sobre todo después de tantos meses sin un vis a vis que llevarse al cuerpo. Y piensa que no le ha gustado el tono con el que ha pronunciado su apodo, Cica: “Si piensa que es por la cicatriz, pase. Pero si piensa que va por cicatero, me cago en su puta madre.

La gente cree que el peligro está en las carreras de obstáculos, ignorando que el verdadero riesgo acecha en las de liso. A más de uno he visto cambiar la montura por la silla de ruedas. En las vallas, el ritmo es lento y el caballo descansa incluso sobre el obstáculo. Pero... ¡Ay en liso! A sesenta por hora, el menor incidente te hace besar la hierba.

Aunque a mí no me tiró mi caballo, sino ese hijoputa italiano que, en busca de un hueco imposible, se cruzó sobre el mío derribándome. Todos en el hipódromo lo llamábamos Corleone, y no porque se pareciera a Brando, sino por lo retorcido y descastado. Hijo de mala sombra. Fue una herradura la que me arrancó medio moflete.

Y mientras intenta no escuchar la machacona voz de melaza de Machín, mientras la loca de la cama de al lado tararea los boleros con la dejadez sin sentido de la demencia, y mientras siente cómo los poros se le abren y dejan escapar la poca vida que le queda, Sonia recuerda el día en que lo venció.

Salí de la curva detrás de ti. Ibas tan confiado que no te diste cuenta de que yo había logrado resistir tu cambio de ritmo. Viste la recta limpia y te lanzaste a por ella. Yo sabía que llevaba mucho caballo debajo, que mi tordo era abnegado y rematador. El tuyo, sin embargo, justito para millero, y más tieso que el poste de meta, debía acusar los últimos metros, duros como el fracaso.

En el tramo decisivo aún le retuve un poco, vigilando algún ataque inesperado. A cien metros, le enseñé la fusta y aparecí a tu lado como un fantasma. Tú, campeón, te tuviste que conformar con verme el culo mientras te hundías en las sombras del pelotón”.

Para Cica ha sido fácil despistar un destornillador de la ferretería; casi tanto como saltar la cerradura del Mini aparcado al fondo del callejón, lejos de ventanas cotillas o peatones impertinentes. El coche más fácil de abrir en el mejor lugar posible.

Una auténtica putada que sea amarillo, pensó, pero hoy no tengo tiempo para supersticiones.

Le hizo un nudo a los cables, una mueca de congrio al retrovisor, y pisó a fondo.

La mejor manera de entrar en el local es con naturalidad; los que pretenden disimular escrutando estanterías o mirando al suelo por si alguna cámara los graba desde un rincón tan sólo consiguen avisar de las intenciones. Hay que dar con viveza los cuatro o cinco pasos hasta el mostrador y ponerle el destornillador en el cuello a la panoli de la farmacéutica, antes de que cierre el cajón del dinero. Basta una voz para que la vieja que elige medias elásticas se esconda detrás de su bolso, para que la tipa saque los billetes de sus compartimentos (incluso las monedas. ¡Guárdatelas para el cepillo!, le grita) y para que el otro idiota de la bata saque las pastillas (anfetaminas, Rohypnol, Valium...) cuyo nombre ha ladrado. Pena que la cacatúa haya hecho un movimiento en falso y se haya llevado un chirlo en el cuello.

Luego, sólo hay que salir andando, subirse al coche aparcado en doble fila y arrancar. En ese momento, Cica no es más que otro de tantos que han necesitado una medicina con urgencia. Quién sabe si una gastroenteritis o una subida de tensión. Tal vez un hijo con fiebre repentina.

Ahora que tiene dinero no va a privarse de un buen almuerzo: tortilla con pimientos fritos y una caña de vino tinto. A continuación, un bocadillo de jamón y otro vino. Quiere, sobre todo, sentir el crujido de la corteza fresca y la grasa del jamón recién cortado untándole la lengua, aunque sea tan pobre y tramposo como el que el camarero rebaña con dejadez.

Al fin y al cabo, no vale la pena ir pronto. Poca intimidad va a tener en una habitación de la Seguridad Social como para presentarse a la hora en que los médicos hacen su ronda.

El reflejo del cuchillo le trae el recuerdo de aquella otra malnacida, la que exhibía en el escaparate el letrero Aquí no se venden preservativos, la mal follada de mirada amarga que guardaba un machete tras la báscula. A aquella le respetó la mierda de colgante de plata que llevaba al cuello, manchado con la efigie de un curato gafotas.

Bueno sería que alguien con un hijo a destiempo le pasara la factura de los potitos.

Luego, un vino más y un cigarrillo fumado con lentitud, mientras recita en voz baja la confesión que no piensa hacerle a Sonia:

Venías detrás de mí. Yo sabía que habías hecho la mejor monta de tu vida, pero te faltaba caballo, aunque lo habías llevado con brazos de seda, tapándolo en el recorrido y mimando su tranco. Los otros eran una reata de pencos y sólo mi alazán podía impedir tu triunfo, así que agoté los fustazos en la curva y permití que se desfondara. El resto dependía de que tú supieras leer la situación. Y yo no dudaba de que tú sabrías”.

La primera vez que te vi montar me fijé en cómo culeabas y malicié que habrías currado en un tiovivo. Pero aprendiste. Contra todo pronóstico. Eras como el caballo con el gané por primera vez. Nunca se olvida a ese caballo. Ni a la primera novia”

“Tenía nombre de pasodoble, Danubio Azul, pero andaba como un reggaeton: se frenaba, se cambiaba de mano, se abría… pero al entrar en la recta lo puse derecho y no necesité más. Era un luchador que sólo precisaba un camino abierto. Exactamente igual que tú”.

Repite las palabras una y otra vez, en un susurro, cuidando de no llamar la atención. Vino tras vino y cigarrillo tras cigarrillo, paladea su recuerdo durante más de una hora.

Demasiado tiempo.

Sonia pulsa otra vez el botón de la bomba, pero no recibe respuesta. La dosis programada ya no le basta para acallar el grito implacable de sus entrañas, aunque la indiferencia del aparato no le inyectará más calmante hasta dentro de dos horas. La mirada, desenfocada por el dolor, no distingue ya las manchas que devoran su piel. Intenta refugiarse en el recuerdo, hacer de él un delirio, aunque solo sea para escapar de las espuelas que la rasgan por dentro y de la voz de Machín, que vuelve a recitar, por cuarta vez en la mañana, Angelitos negros.

La primera vez que te vi estabas acarreando paja. Apenas se distinguía tu pelo de panocha entre los haces. Fue la cicatriz de la mejilla, como una sonrisa a destiempo, la que me hizo fijarme en ti. Aquel mismo domingo montaste y ganaste, sin dar opción a los demás, a pesar de que tu caballo se dolía de las cuatro patas. Distanciados del grupo, en el frenesí de la recta, venías escoltado por dos rivales. Uno cedió pronto. El segundo quiso atacar por dentro, y, en un relámpago, te cambiaste el látigo de mano para pegar con la zurda, lanzando al tuyo y disuadiendo al otro. Tus brazos fueron alas para elevarlo. Y le estiraste el cuello en el último tranco para que bebiera en el espejo de meta.

En ese instante de admiración y envidia, decidí que mi único objetivo en el Hipódromo era ganarte. Y tuve que esperar a la última carrera, la que echó el candado a la pista, y a nosotros a la calle por años. No me importó. Ya te tenía a ti y el calor de la jeringuilla. En aquel momento no quería más. Ahora no os tengo a ninguno. Tú estás en el talego y el jaco ya me ha matado”.

El doctor y su ayudante irrumpen en la sala. Sonia se hace la dormida. ¿Qué puede esperar de esas eminencias sin más luces que las que reflejan sus batas?

-Es una dosis demasiado alta para ser constante —farfulla el médico señalando el gotero—.

-También mi dolor es constante —despierta Sonia con voz astillada—.

Cica entra en la peluquería con el desenfado del vino por delante. Sus pasos son baile. Se sienta en el sillón y piensa que está a un corte de pelo y un afeitado de verla de nuevo; piensa, incluso, que, como esté sola en el cuarto del hospital, ni la sonda la va a librar de un viaje bien echado.

En su alegría, ni siquiera se percata del televisor en silencio en el que se suceden los letreros escandalosos atravesando su fotografía: “Atraca una farmacia tras salir de la cárcel y hiere a la farmacéutica”.

El barbero escruta su rostro mientras extiende el jabón; la mano casi se detiene al llegar al rayajo que divide el carrillo. El movimiento de la brocha lo investiga, lo fotografía.

-Así me gusta, jefe, con mimo.

El barbero sonríe.

-Voy a dejarle un minuto para que se abran los poros. De paso, cruzo la calle para echar la quiniela, que me cierran.

-Tranqui, jefe. Y al Atleti, ganador, que este año no hay quien nos pare.

-A ver, mamá, deja el casete, que molestas a la señorita. Para un poquito, por favor. Mira, ponemos la televisión, que van a dar las noticias. Por aquí tengo que tener alguna moneda.

La vieja se aferra al magnetófono con más cansancio que furia. Sonia gime, quizás por dolor, quizás por hartazgo. La hija habla con el tono monótono de años de desesperación.

-Mira, mamá que va a salir lo del atracador que ha matado la Policía. Uno que acababa de salir de la cárcel y ya había asaltado una farmacia. El tío cachazas se ha metido a cortarse el pelo. Menos mal que el peluquero lo ha reconocido y ha llamado a la Policía.

Sonia ni siquiera se molesta en levantar la mirada hacia el televisor para comprobar el tajo de color vinoso en la mejilla. Sabe que es él, y sabe por qué ha entrado en la peluquería, y por qué ha hecho el brusco movimiento que ha disparado las armas de los maderos como un resorte.

-¡En esta me has ganado por un morro, Cica! ¡Pero te va a durar poco el alegrón!

Lo demás son alaridos, aullidos de dolor y rabia, crujidos de cables y sondas al ser arrancados del guiñapo que fue una vez cuerpo de jocketa. Cuando se libera, Sonia estrella la cabeza una y otra vez contra la barandilla metálica.

La hija de la anciana sale al pasillo pidiendo ayuda a gritos. Su madre llora, balbucea, se tapa los oídos, tiembla. Coge el casete, se aferra a él como si fuera la memoria que ya no tiene y pulsa la tecla de marcha.

Antonio Machín empieza a cantar Espérame en el cielo.