‘Safo’ y la música de los pechos que amamantan al mundo

Un biopic en el que se da más importancia a los poemas de Safo que a los hechos históricos.
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Natalia Huarte en 'Safo'
Jero Morales/Festival de Mérida
Natalia Huarte en 'Safo'

¿Resiste un análisis teatral a lo clásico Safo que Christina Rosenvinge, Marta Pazos y María Folguera acaban de estrenar en el Festival de Mérida? Es una pregunta que surge en el debate posterior entre el mundillo periodístico teatral, tanto el local como el nacional. Que no está al completo, pero casi, porque es el estreno de la semana, aunque se vaya a eso, a criticarlo. Ya que el gran interés por Marta Pazos es inversamente proporcional a las bondades que se encuentran en su teatro.

La respuesta es no. ¿Motivo? Pues en escena no hay drama, no hay conflicto. Y la tradición dice que en escena tiene que haberlo para ser dramático, para ser teatro. A ese planteamiento se agarran los profesionales como si fuera universal e inamovible para decir casi al unísono que en este espectáculo se aprecia la música y su imaginación. Pero no la obra porque se concluye que no hay obra.

Por lo que todos suscriben un ‘¡Bravo, Christina Rosenvinge!’ por la música que ha hecho para unos textos de griego antiguo que parece que fueran escritos hoy para el pop, el rock y el folk de esta obra. También se aprecian las imágenes creadas, por lo que hay muchos aplausos para Marta Pazos por las mismas.

Si se deja a un lado la polémica y la idea o a priori que se tenga del teatro y se mira lo que se ofrece, ¿qué es lo que se encuentra? Un biopic más bien literario, en el sentido de que se da más importancia a los poemas de Safo, que se cantan, que a los hechos históricos.

Entre otras cosas, porque si bien se sospecha que solo se conserva el diez por ciento de la obra literaria de Safo, de su vida queda aún menos rastro porque se fue encubriendo de historias. Mitificándola.

Una vida de la que, al comienzo, parsimoniosa y repetidamente, se va informando al espectador con esa fila de mujeres sugerentemente vestidas con vestidos largos de gasa negra y gafas oscuras con la que se inicia el espectáculo. No obstante, están asistiendo al funeral de Safo. Mujeres que van pasando por el micrófono, el altavoz actual de lo público, y dejando datos y hechos sobre la poetisa, su vida y su obra, y las distintas vicisitudes de estas.

Hasta se le buscó un novio por el que se suicidaría. Imposible que una reina de la poesía amorosa y del deseo, no tuviera un novio como mandan y mandaban los cánones. El poeta romano Ovidio no pudo resistirse a inventárselo.

Un tal Phaon. Un narcisista cualquiera de los que hay muchos. Nombre que suena al Gastón de La Bella y la Bestia. Un novio que no le correspondiese y pusiese tal drama a su vida que justificase su poesía de amor y deseo. Un pelele, una marioneta, que da lugar a una de las escenas más divertidas de la obra.

Escena simpática que lo es gracias a Natalia Huarte, en otra faceta más que de las miles que esta polisémica actriz es capaz de mostrar y de las que da muestra en esta obra, y María Pizarro, que no solo sabe marionetizarse sino masculinizarse hasta el punto de pensar que es un actor masculino, el único de la función, cuando sale travestida en este personaje.

Por tanto, para Marta Pazos, Safo es un monumento literario que hay que dar a conocer, desvelar. Algo que trata de mostrar en escena con una metáfora. Empaquetando una reproducción del Teatro Romano de Mérida, a la manera que hacían los artistas Christo y Jeanne Claude con monumentos y lugares icónicos.

Su intención es plantear la pregunta de si se podría apreciar dicho teatro, que en Mérida se sigue viendo al fondo, algo que no ocurrirá en el resto de la gira, si estuviera oculto a la vista como lo ha estado Safo. Un monumento forrado de rosa, como la poesía de esta autora ha estado forrada y oculta bajo la categoría de poesía femenina. Calificativo que siempre ha servido para desmerecer a la poesía, en particular, y a la literatura, en general, escrita por mujeres.

Una poesía que se lee y se ve con la languidez que le pusieron los románticos y prerrafaelitas. Artistas que pintaron a las figuras femeninas en entornos idílicamente clásicos y naturales y que nada tiene que ver con los textos de esta autora, profundamente tórridos.

Christina Rosenvinge y María Pizarro en 'Safo'.
Jero Morales/Festival de Mérida
Christina Rosenvinge y María Pizarro en 'Safo'.

Una languidez a la que se presta muy bien la imagen delicada de Christina Rosenvinge, que además de componer la música, cantarla y tocarla en directo, representa a Safo en el escenario. Lo que produce una primera impresión de que lo que se propone es un concierto, un recital, escenificado. De nuevo, la idea fácil, acrítica, que surge a bote pronto, como un resorte, de que no es teatro.

Idea frente a la que en escena se previene al espectador. Al que se le indica que no busque el conflicto para calificar como teatro lo que está viendo y oyendo. Pero que lo que ven y oyen en el escenario es teatro. Un género artístico que la poeta no conoció como tal. Da igual que al final una estatua de ella presidiese cada teatro que se construía y que los actores usaran su máscara para interpretar.

Las tres mujeres responsables de este espectáculo se rebelan contra estas ideas. Muestran una Safo deseante y deseada, como la que se lee en sus poemas. Una Safo afrodítica, del placer sexual, y, a la vez, enamorada. Una mujer enfrentada a las armaduras que se les imponen con los noviazgos y los matrimonios. Ella, que era contratada para cantar en bodas, y que lo fue para cantar en la de su amante.

Una poeta a la que la contemporaneidad actual, con sus recursos, sus formas de hacer y ver, permite contar y cantar. A la que se puede mostrar, como en este montaje, con toda la sensualidad corporal femenina al servicio del amor espiritual y del deseo carnal. Ya sean vestidas por el figurinista Pier Paolo Álvaro, o desnudas.

Lucía Bocanegra en 'Safo'
Jero Morales/Festival de Mérida
Lucía Bocanegra en 'Safo'

Una reivindicación corporal que suele concretarse en mostrar mucho el pecho. Al estilo de lo que propone Rigoberta Bandini en su tema Ay mamá. Y que pone en riesgo la difusión de imágenes de este espectáculo en las redes sociales.

Unas redes que promueven la difusión de fotografías del torso masculino desnudo, sobre todo si el hombre está cachas. A la vez que prohíben la visión del pecho femenino desnudo. Lo que extraña siendo el pecho femenino el que amamanta el mundo y del que todo el mundo chupa los primeros días de su vida.

Que promueve el torso de los guerreros, frente al pecho del amor. La poesía épica, que llama a la guerra y a la batalla, que celebra la imposición por la fuerza de unas ideas y una cultura al enemigo y, si se tercia, al amigo. Frente a la poesía que convierte a los otros en sujetos de la intención y atención amorosas. ¿Hay suficiente conflicto o no? ¿Qué piensan? ¿Hablamos de teatro o de espectáculo?

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