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03/06/2019 21:09 CEST | Actualizado 03/06/2019 21:39 CEST

Sánchez se pliega

El PSN pone a Sánchez frente al espejo de sus propias contradicciones.

REUTERS

El artífice del “no es no”, el que dimitió para no facilitar un Gobierno de la derecha, el autor del Manual de Resistencia, el hombre que presume de no plegarse ante nada ni nadie… El mismo Pedro Sánchez. Esta vez ha echado el freno y ha sucumbido a la presión política y mediática. El PSN no gobernará Navarra. Lo más seguro es que lo haga la derecha con Navarra Suma, una coalición electoral formada por UPN, PP y Ciudadanos. Todo para evitar que la derecha política y mediática, además de acusar al presidente del Gobierno en funciones de echarse en manos del independentismo le añada el mantra de que también ha vendido Navarra a los “amigos de los terroristas”.

Así andamos. Con una política que, ante la falta de liderazgos sólidos, la dictan los medios. Y aunque el mensaje que se traslade es que un país que, en buena lógica, debería superar tensiones pasadas y cumplir con la máxima de que se puede hacer política desde las instituciones en ausencia de terrorismo, cumplir con la Ley de Partidos tampoco es garantía de nada. No olviden tampoco que Sánchez llegó a la Presidencia del Gobierno, tras una moción de censura que contó con los votos de Bildu.

El PSN ha puesto a Sánchez frente al espejo de sus propias contradicciones. Porque los votos de Bildu sirvieron para auparle a La Moncloa, pero no ahora para que María Chivite sea presidenta de Navarra. Y eso que con su abstención bastaba. La instrucción de Ferraz ha sido nítida. Ha podido más la preocupación, la campaña mediática contra Sánchez que el avance electoral de los socialistas navarros y la preocupación de que Bildu fuera decisiva durante toda la Legislatura.

La decisión de Ferraz puede tener también consecuencias en la investidura de Sánchez


La del PSN es una historia que se repite. Hoy ha pasado de ser la quinta fuerza política con 7 diputados a convertirse en segunda con 11 escaños. Si Chivite suma el apoyo de Geroa Bai (9), Podemos (2) e Izquierda-Ezquerra (1) le bastaba con la abstención de los 7 diputados de Bildu para formar Gobierno. La alternativa es Navarra Suma, que tiene 20 escaños, seis menos de la mayoría absoluta. Pero, la misma instrucción que ha recibido Chivite ahora desde Ferraz la dictó en 2007 Zapatero para impedir que los socialistas navarros alcanzaran un pacto de gobierno con Nafarroa Bai. El desencuentro se saldó con la dimisión del entonces secretario general, Fernando Puras y con un Gobierno en minoría de UPN, que no se constituyó hasta el mes de agosto, tres meses después de las elecciones forales.

El socialismo navarro pagó la factura durante años porque a aquella le sucedió otra crisis en 2014 cuando la Ejecutiva federal obligó también a Roberto Jiménez a renunciar a una moción de censura contra Yolanda Barcina por un caso de corrupción que más tarde sería archivado por el Supremo. Entonces, como ahora, eran necesarios los votos de Bildu y, aunque Jiménez se comprometió a convocar elecciones de inmediato, la operación fue cortada de raíz desde Ferraz.


La decisión de Ferraz puede tener también consecuencias en la investidura de Sánchez, ya que el PNV ha amenazado con no apoyarla si finalmente se mantiene el veto en Navarra. El PSOE contaría con 10 votos menos de los que sumaba hasta ahora -4 de Bildu y 6 del nacionalismo vasco-. Así que, salvo que los socialistas hayan tomado la decisión como última esperanza de que Ciudadanos cambie el tercio -que no parece en ningún caso dispuesto a hacerlo-, España entrará en julio sin fecha aproximada para una investidura. Y es que, pese a la presión interna y externa, Rivera ha decidido, con su estrategia de priorizar los acuerdos con el PP, ejercer de subalterno de un partido que pretendía sustituir. Una estrategia que, a juicio de los socialistas, no aguanta el más mínimo análisis estratégico, ya que le ciega la oportunidad de hacerse con un poder local que hoy no tiene y que le permitiría ensanchar implantación territorial de la que carece y que ha lastrado sus expectativas de sorpasso a la derecha tradicional.

Si en este último reparto de papeles, los protagonistas de la escena no esconden ninguna carta, esta España pluripartidista podría enfrentarse a una nueva situación de bloqueo institucional. Y como consecuencia de ello a un profundo cuestionamiento del liderazgo de los de la nueva política que ya asoman costuras más ajadas que los de la vieja. ¿Acaso creen Rivera e Iglesias que sobrevivirían a ese nuevo trance? El segundo por proyectar con su insistencia en ser ministro la peor imagen de la política y de sí mismo. Y el otro por carecer, que diría Francesc de Carreras, de humildad y generosidad para pasar página. Ya anda la derecha de siempre con invocaciones y movimientos subterráneos para la reconstrucción del viejo bipartidismo. ¿Escuchan?