'Si volvemos a vernos'

Relatos a la sombra: los cuentos de Abraham García.
'Si volvemos a vernos'.
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'Si volvemos a vernos'.

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana

a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida

a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte

(Federico García Lorca)

El torero se acerca a las tablas para brindar la muerte del animal, un novillo escurrido, casi famélico, pequeño como la plazuela en que ha conseguido cuajar una faena que él cree memorable; una faena que ha borrado de su mente el hambre, los disparos y las explosiones durante unos minutos; una faena que ha logrado difuminar la imagen de su padre y su hermano, cadáveres constantemente soñados. No necesita gritar para que se le escuche claramente en toda la plaza y en la presidencia, ocupada por dos mandos del ejército, dos falangistas de alto rango y un sacerdote viejo, obeso y lampiño, cuya calva cadavérica brilla con indecencia en la polvorienta tarde.

-Reverendo padre, mi coronel, mi capitán, camaradas: quiero brindar la muerte de este toro a todos los caídos por Dios y por España y a nuestro invicto Caudillo, al que la providencia ha puesto al frente de nuestro glorioso Movimiento Nacional. ¡Arriba España!

La montera revolotea como un pájaro siniestro antes de caer en el barriludo regazo del cura, y una talanquera de brazos alzados ensombrece la plaza.

Gastaban sus últimos duros en chatos de Navalcarnero peleón, girando los vasos sobre la barra, hartos ya de dar vueltas a la peonza de sus ideas en la cabeza.

-Yo me paso, Daniel. Esto se va a la mierda y no va a haber capotazo que nos salve.

-¿Para qué? ¿Para luchar por los señoritos? ¿Para que cuando te peguemos un tiro te den una limosna y una estampita?

-No me jodas, Daniel. A mi hermano el cura, ¿te acuerdas de él?, lo han apuntillado, y mis padres, por cuatro fanegas que tienen, han tenido que escapar a toda hostia. ¿Con quién quieres que esté? Además, quisimos ser toreros y nos quedamos en cuadrilla. Vamos a ir toda nuestra puta vida detrás del señorito. Y más vale ir detrás de los señoritos que ganan. Porque estos ganan. Hazme caso.

Daniel había tomado parte en el asalto al Cuartel de la Montaña. Había sentido la humillación de ser ametrallado después de que una bandera blanca (unos soldados que habían decidido rendirse al margen de las órdenes) hubiera ondeado en un lateral del edificio, y había sentido la furia que cegó a la multitud tras aquella felonía. Nada pudo detenerlos. Cuando entraron, hicieron del patio un matadero en el que se amontonaban los cadáveres; ni siquiera los encerrados en los calabozos por no querer sumarse a la sedición pudieron escapar de aquella ceguera sanguinolenta. Daniel lo encontró tirado en un pasillo, maltrecho, olvidado por los asaltantes bajo un costal de patadas y pisotones. Sintió que despertaba de un trance brutal y lujurioso. De inmediato, quitó a Fermín la chaqueta, lo incorporó y le susurró en el oído:

-Fermín, soy yo, Daniel. No digas nada, que voy a sacarte de aquí.

Se encaminó hacia la puerta del cuartel mientras gritaba constantemente:

-¡Abrid paso, compañeros! ¡Llevo a un camarada herido por los fascistas! ¡Abrid paso!

Habían transcurrido dos semanas desde aquello. Madrid adivinaba ya la sangría a la que iba a ser sometida, y en cada café y cada rellano de escalera se agazapaba un rumor dispuesto para la emboscada.

-¡Cállate, joder, que todavía nos pasean por tus gilipolleces! Litri se ha presentado en la calle Piamonte exigiendo a los socialistas armas para la Agrupación de Toreros. Vamos a formar una columna. Esto se termina en cuatro días. Va a ser un ojeo de fascistas, y si queda alguno, será porque corra hasta Portugal más rápido que las balas. Quédate a este lado, Fermín. No me toques los huevos.

Fermín no respondió. No era, desde luego, el mejor momento para hablar. Sentía que el aviso de Daniel había sido de lo más oportuno, que de sus palabras sólo podía salir un paredón. Pagaron los vinos y salieron a la calle. El sol aún embestía con furia contra el empedrado, prolongando las cien asfixias a las que estaba sometida la ciudad. Daniel hizo un gesto de despedida como si pidiera un cambio de tercio.

-Te he salvado de esta cornada, pero no esperes otro quite si volvemos a vernos.

Al quedarse solo, Fermín se palpó los bolsillos. Comprobó que llevaba dinero, la cédula y tabaco suficiente. Echó a andar y horas más tarde recorría las sombrías trochas de El Pardo.

El sargento se asoma al calabozo con una expresión que oscila entre el asco y el cansancio. Los desgraciados que han sobrevivido a la batida se han tirado por el suelo, gimiendo unos de dolor, otros llorando a causa del miedo y alguno maldiciendo su mala estrella entre dientes. Uno de los rostros despierta en él un recuerdo que se le antoja insensato y peligroso; un recuerdo que carga sobre sus espaldas, repentina y terriblemente, un peso de vergüenza del que no puede zafarse. Desea marcharse, no volver a hurgar en ese cuarto oscuro y pestilente que, al fin y al cabo, volverá a estar desierto en tres o cuatro días. Pero, en vez de darse media vuelta y salir, encaja el rostro entre los barrotes y boquea, como un pez a punto de asfixiarse, un nombre que le provoca dolor.

-Daniel, Daniel.

No hay respuesta del maqui al que se dirige, un hombre al que se adivina vacío bajo la ropa mugrienta.

-Daniel, soy yo, Fermín.

Como un muñeco de ventrílocuo, blando y deslavazado, el hombre recostado contra el muro verdinoso gira la cabeza hacia la voz que lo reclama. El sargento desea haberse equivocado de hombre, que los años transcurridos y la miseria en que andan los maquis lo hayan empujado al error.

-¿Fermín? ¿Eres tú?

Daniel, se pone en pie y se acerca al ventanuco. En ninguno de los dos rostros se atisba nada parecido a una expresión.

-Te daba por muerto, Daniel.

-Pues ya ves que no; aquerenciado en tablas, pero vivito y coleando hasta que… suene el clarín.

-Mira que te avisé: éste es un pregonao. Ni cruzarte ni hostias. Métele la espada y alívialo. Pero tú tenías que lucirte: que le habías visto mucho juego, que era noble, que sabía embestir… ya me dirás que se te había perdido en aquella plaza de tercera con los tendidos llenos de borrachos que sólo querían sangre y chirigota. Casi llegué a creer que ibas a liar la mundial cuando empezaste con la mano zurda. Qué largo iba el puñetero, y cómo repetía sin que hiciera falta citarlo. Y tú quieto, en el centro, girando sobre el talón. Pero cuando fuiste a cerrar la tanda lo vi. Fui el único. Ni siquiera tú te diste cuenta, pero aquel pitón tenía ya tu muslo enganchado antes de que el bicho se arrancara.

Luego “El Gaita”, aquel picador gallego que nunca supimos de dónde había salido, diciéndote que no había sido más que un puntazo seco, y tú gritando: “¡Joder con el puntazo seco! ¡El corbatín! ¡Atadme el corbatín que me desangro!”, y pidiendo el botijo entre blasfemias. Al día siguiente nos reíamos del jodido gallego y de la jodida plaza. Hasta del toro…

-No hay mucho para reír ahora.

Fermín saca la petaca y la pasa a través de la reja. Daniel se echa el tabaco a la mano, arranca un papel del librillo y empieza a liar el cigarro con la torpeza del frío, el hambre y los golpes recibidos. Al fondo del calabozo están el resto de la partida heridos y exhaustos. Ellos mismos han retrocedido hasta chocar con la pared para no escuchar una conversación de cuyo asunto, su próxima muerte, preferirían no saber. Fermín saca un cigarrillo del bolsillo pechero de su guerrera. La cerilla ilumina por un momento las tres barras doradas del galón. Cuando encienden, del cigarro de Daniel surge el humo bronco y acre del cuarterón. El cigarrillo de Fermín huele a Maderas de Oriente y a manos limpias.

-Más de una figura me ofreció ir de picador con ella —se enchiqueró un instante antes de proseguir—. No se lo acepté. Sabes que me cuesta humillar— y escupió sobre el albero del patio—. Además, qué coño, percibí en sus ofrecimientos más compasión que generosidad. Claro que, si bien lo pienso, podría haberme comido el orgullo, como esos toros bragados, que, antes de claudicar, aguantan firmes tragándose la sangre. Esgrimí que para barrenar ahí arriba me faltaba trapío.

“Podrías volver a estar en la cima”, me espetó Cagancho sin sorna. “Sí, en lo alto del jamelgo”.

-En la Brigada de los Toreros, el hazmerreír de los rojos. Qué poca guerra disteis en Teruel. Había menos peligro estando frente a vosotros que paseando por Burgos.

-Lo que tú digas, Fermín. Es verdad que hasta los nuestros nos silbaban pasodobles cuando pasábamos, pero te puedo asegurar que todos los tiros que di en tres años fueron hacia donde tenían que ir, y bien apuntados. Ni una vez hice un aliño. Nunca fui como Albeiro, ¿te acuerdas?, aquel portugués que banderilleaba siempre a toro pasado. Desde el culo del bicho, vamos…

Han pasado varios días, y la conversación entre ambos, cada uno a su lado de la puerta, se ha convertido en una rutina que los compañeros de celda ignoran. Unos y otros saben que en nada cambiará lo que está dispuesto.

-Qué bajo has caído.

-Y más bajo que voy a caer. Para ser exactos, al suelo.

-Mi padre no sobrevivió. Lo cazaron y le metieron dos tiros. Cuando acabó la guerra me enteré de que a mi hermano, el cura, lo habían colgado de un árbol con un cíngulo y que tenía dos lenguas en la boca.

-¿Se la llenaron de hostias?

-Su propia polla. Se la cortaron y se la embutieron en la boca para que terminara de ahogarlo.

-Y los tuyos, santos inocentes. ¿Es lo que me quieres decir?

-No me jodas. Ya sé que los nacionales nos hemos ganado el infierno a pulso. Lo que te quiero decir es que mi madre va a morir de consunción más pronto que tarde y mi hermana está encerrada en Ciempozuelos sin remedio. Lo que te quiero decir es que no pienso pedirte perdón por lo que te ocurra. Me salvaste en La Montaña, pero eso no basta para tanto odio como os tengo a los de tu ralea. También a ti.

- Vamos, que yo mismo me condené a muerte. Podría colgarme como un galgo, pero no. Que hagan los tuyos su trabajo. Eso sí, el descabello tiene que ser cosa tuya.

Bajó el pulgar remedando el gesto romano de la condena.

-Sabes que el reglamento dice que ha de ser el oficial.

-Venga, dame tú la puntilla. Y si ves que sangro mucho —sonrió—, ponme el corbatín.

Los anuncia un petardeo lejano y un ruido asmático de fatigado motor en marcha. Son dos camiones y un automóvil. En uno de los camiones viajan los reos escoltados por cuatro soldados; en el otro, el pelotón. En el automóvil, el teniente fuma sin parar e intenta amordazar con el pañuelo una tos astillada.

- Pues sí que la ha pillado buena, interviene el páter.

- Mejor estaría usted en la piltra, apostilla Fermín.

Los pocos vecinos que aún no se han recogido a esa hora esquivan el paso de los vehículos, tuercen por el primer callejón o se embozan en la sombra de los zaguanes.

El aliento del teniente huele a coñac y tabaco. Antes de salir ha bebido un largo trago a gollete y ahora fuma encendiendo cada cigarrillo con la colilla del anterior. “Me han dicho que usted toreó en Biarritz, sargento”.

-Así fue, mi teniente. En una de las corridas que organizaban para los oficiales alemanes. Estuve digno, pero los rubios no se enteraban de nada; no hacían más que gritar “olé” a destiempo. Ni una plaza de toros parecía, tan llena de banderas alemanas y uniformes entallados. Hasta el presidente era un comandante de tanques asesorado por un gendarme francés que vino de Nimes.

-¿De qué ganadería eran los toros?

-Ni idea, mi teniente. La única divisa que se distinguía allí era la esvástica.

Y la risa del teniente se ahogó en estornudos.

Uno de los soldados del pelotón tiembla ostensiblemente. Sus compañeros se burlan de él.

-Ni que fuera la primera vez, joder. Sólo hay que tirar del gatillo.

-Es que en la saca del martes hubo un rebote de bala y alcanzó a uno en el brazo.

-Tranquilo, que ya se fusila al aire libre, hombre. ¿No ves que la tapia del cementerio era de adobe?

Han muerto bajo una lluvia feroz y helada, tras rechazar las importunas cruces del páter. En silencio, pero con el puño en alto.

Incluso en la oscuridad se adivina el color aceitunado del rostro del teniente, que sigue estornudando bajo su capote, con la mano derecha agarrotada sobre la funda de la pistolera.

-A sus órdenes, mi teniente.

-Dígame, Fermín.

-Ya sé que es su deber, pero la noche está perra y me da que tendrá usted incluso fiebre, que está usted a punto de enfermar, vamos. Con su permiso, puedo rematarlos yo mientras usted se resguarda de esta puta aguanieve en el auto.

El teniente duda un instante, pero asiente con alivio y entrega a la noche y al rostro de Fermín una vaharada nociva.

-Tiene usted razón; me encuentro febril y no me viene bien este frío. Pero el reglamento…

-No se preocupe por eso, mi teniente. Mando a los soldados de vuelta y nos quedamos aquí usted, el páter y yo. Nadie se va a enterar.

-Pues proceda, sargento. Y gracias. Lo iluminaremos con los faros.

-No es necesario, mi teniente. Con esta reluz me basta. A sus órdenes.

Uno tras otro reciben un disparo en la sien. Cuando llega al cadáver de Daniel, Fermín extrae del bolsillo la montera que ha traído consigo y se la coloca al muerto en la cabeza. Gira para comprobar que ni el teniente ni el cura lo espían y se cuadra ante el cuerpo acribillado.

-¡Que se abra el portón!

La bala llega al corazón detenido de Daniel.

Ha sido un puntazo seco.

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