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14/12/2019 10:12 CET | Actualizado 14/12/2019 10:12 CET

Soplar y sorber, no puede ser: las dos almas del PSOE

El partido socialista no puede seguir jugando al despiste, sobre todo en las actuales circunstancias. Es una cuestión de respeto.

POOL New / Reuters
Pedro Sánchez. 

“Soplar y sorber, no puede ser”, dice el refranero popular. Y eso es lo que ha estado queriendo hacer Pedro Sánchez en los últimos dos años. Primero, se apoyó en Podemos y los independentistas para sacar adelante la moción de censura contra Rajoy. Luego, adoptó una imagen moderada y constitucionalista en la campaña para disputarle el centro a Ciudadanos. Ahora, tras la celebración de las segundas elecciones, ha vuelto a sus apoyos de antes. Como si oscilara entre las dos almas del PSOE, eligiendo para cada ocasión la que más le conviene: la moderada y españolista, defensora del marco negociado de convivencia que se refleja en la Constitución, o la más radicalmente izquierdista (llamémoslo “pura” o “auténtica”, como pretenden algunos), cercana a Podemos. Jugando a la ambigüedad, pensó que podría arañar votos de las dos partes. Pero la apuesta terminó en resbalón. Tras los graves sucesos de Cataluña, parece que Pedro Sánchez (y el PSOE) tendrán que decidir por cuál de sus dos almas se inclinan. Porque cada vez es más evidente que no son compatibles.

Es cierto que, adoptando una actitud moderada, consiguió hundir a Ciudadanos. Pero el trasvase de votos no funcionó de acuerdo a lo deseado. Vox, un partido hasta ese momento irrelevante, se convirtió en la tercera fuerza política. Y Pedro Sánchez está donde Rivera quería. Tendrá que formar Gobierno apoyándose en sus socios de la moción de censura.

Algunos piensan que ésa es la solución. Según un buen número de votantes del PSOE, entre los que se cuenta una mayoría de sus “bases” (y algunos buenos amigos míos), los problemas que está teniendo el partido con su electorado se deben a que no ha desarrollado una política suficientemente de izquierdas. Sus tradicionales votantes volverán o apoyarlo cuando vean que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias gobiernan juntos.

Yo no puedo estar de acuerdo con ese diagnóstico. Comparto, obviamente, la idea de que el PSOE tiene problemas. Un partido de izquierdas, que se pasó dos legislaturas en la oposición en lo más crudo de una gravísima crisis socioeconómica, y que no ha sido capaz de beneficiarse del enorme descontento popular generado por las políticas del anterior Gobierno, algo debe haber hecho mal. Su desempeño en las últimas cinco elecciones ha sido decepcionante. Desde el desastre de Zapatero, no ha conseguido despegar. Pero suponer que esa falta de sintonía con sus votantes está motivada por la moderación es absurdo. Los que pensaban que el PSOE debía inclinarse más a la izquierda (y, a la vez, ser más “sensible” con los nacionalismos periféricos), ya tuvieron la oportunidad de irse a Podemos. Son los mismos que antes votaban a Izquierda Unida. Desde que remitió la crisis, su número no ha hecho sino disminuir.

La radicalización de las pasiones nacionalistas solo puede conducir al choque frontal.

Según todos los indicios, el PSOE no ha conseguido despegar por su ambigüedad frente al independentismo catalán. Especifico, para que quede claro, que no me refiero al nacionalismo moderado. La España de las autonomías se configuró, de manera relevante, para integrar en la Constitución la sensibilidad y las aspiraciones de las denominadas “nacionalidades históricas”. Algunos veían con recelo esa solución, por pensar que suponía un ataque a la unidad del país, pero sus temores apenas encontraron eco en el electorado. Cuando se sometió a referéndum, los españoles apoyaron mayoritariamente la nueva Carta Magna.

El nacionalismo moderado no es un problema. No lo es el catalán, como tampoco lo es el vasco. Ni el español. Todos ellos, es inevitable que existan. Yo diría incluso que es bueno que así sea (aclaro que, para mí, la diferencia que suele establecerse entre nacionalismo y patriotismo es ficticia). Una sociedad que careciera de sentimientos nacionalistas, sería como una persona sin pasiones. Una masa inerte. La solución no está en suprimir los nacionalismos (algo que considero tan imposible como eliminar las ideologías), sino en utilizarlos de manera inteligente. Para que sirvan de estímulo, no de rémora. Para que las pasiones en que se asientan se materialicen de una manera positiva, no negativa. 

Del mismo modo que izquierdas y derechas deben renunciar a planteamientos maximalistas para facilitar la convivencia, también deben hacerlo los diferentes nacionalismos que se superponen en nuestro territorio. En eso consiste la voluntad negociadora que asociamos con los sistemas democráticos. En reconocer que el otro, siendo como es, tiene derecho a que se respete su espacio. Para ello, es necesario que todos cedan. Y no son los radicales los más propensos a hacerlo. Nadie puede oponerse a que defiendan sus ideas, por supuesto. Pero cuando mayor protagonismo adquieren, más difícil es pactar acuerdos.

La radicalización de las pasiones nacionalistas solo puede conducir al choque frontal. Del mismo modo que conduciría al choque frontal la radicalización de izquierdas y derechas. En España lo sabemos bien, porque forma una parte consustancial de nuestra historia. Las guerras civiles han menudeado en nuestro suelo durante siglos. Y, como conclusión lógica, los vencedores y los vencidos. En Historia de la vida y reinado de Fernando VII, se refiere Estanislao de Cosca Vayo a las manifestaciones de júbilo que se produjeron a la caída del Trienio Liberal en 1823, y observa con amargura que las salvas, los repiques de campanas y la alegría desenfrenada de unos, solo servían para silenciar el llanto de las cien mil familias proscritas que veían cernirse sobre sus cabezas un negro futuro. La escena, por desgracia, se ha repetido con frecuencia. Represión, cárceles, exilios. Ése ha sido el precio que han tenido que pagar generaciones enteras de españoles por no haber sabido negociar el espacio común. Para que unos griten de júbilo, otros tienen que llorar de desconsuelo.

Esa dinámica fratricida de nuestra historia era precisamente la que pretendía superar la Transición. Menospreciar sus logros supone un error. La “Segunda Transición”, que apadrinaron inicialmente Carod Rovira y otros independentistas en un artículo publicado en el 2004 en El País, ha provocado una radicalización de la vida política española que amenaza con retrotraernos a un terreno que creíamos superado. Pensábamos que ahora iba a ser diferente, pero no. Nos empeñamos en repetir los errores del pasado.

El partido socialista no puede seguir jugando al despiste, sobre todo en las actuales circunstancias. Es una cuestión de respeto.

Cuando el nacionalismo catalán se escoró masivamente hacia la radicalización, defendiendo el independentismo, nuestra democracia confrontó un gravísimo problema. Porque la totalidad de uno de los grupos que negociaron la Constitución, se situó al margen de ella. Lo que implicaba dinamitar las bases en que se asienta la convivencia.

Las consecuencias no se hicieron esperar. Primero surgió Ciudadanos. Sus fundadores no es casual que fueran catalanes. Después, la asociación del PSOE con Podemos y los independentistas para sacar adelante la moción de censura contra Rajoy (manteniéndose en el poder once meses, antes de convocar elecciones), motivó el crecimiento meteórico de un partido de extrema derecha en las antípodas del independentismo. Vox no se propone ya aplicar el 155, sino suprimir las autonomías. Suponer que un Gobierno de Pedro Sánchez con los socios de la moción de censura servirá para neutralizarlo, no tiene sentido. Sucederá más bien lo contrario. 

La amenaza que esto conlleva no podemos tomárnosla a la ligera. La radicalización del nacionalismo catalán ha conseguido desplazar el eje de la política española de lo ideológico a lo identitario. Y toda radicalización, del signo que sea, suele provocar otra de signo contrario. La política española debe abandonar esa senda. Y sobre ese particular, el PSOE tiene una gran responsabilidad. De las dos almas que se lo disputan, una ya tiene quien la represente. La otra, no puede quedar desvalida. El país necesita un partido que aúne un izquierdismo moderado y un nacionalismo español progresista. Solo así conseguirá revertirse la dinámica actual. El PSOE no puede seguir jugando al despiste, sobre todo en las actuales circunstancias. Es una cuestión de respeto. Los electores necesitan tener claro cómo se utilizará su voto.