Teddy Bautista: el niño bajo el piano

Con la misma ilusión del artista primerizo, Teddy Bautista aguarda la publicación de Ciclos 4.0, la obra que ha sido su “tabla de salvación” durante la década más dura de su vida.
Teddy Bautista, en una imagen de archivo.
Paco Junquera via Cover/Getty Images
Teddy Bautista, en una imagen de archivo.

Al terminar de ver King Creole, Teddy Bautista (Eduardo Bautista García, Las Palmas 1943) supo que el rock siempre formaría parte de su vida. Había crecido escuchando música. Carmen, la madre, tocaba el piano con virtuosismo en los ratos libres que le dejaba la crianza de seis hijos. Eduardo, el padre, un hombre culto y con fama de excéntrico en la isla, según ha contado Juancho Armas Marcelo, no solo no puso reparos, sino que alentó la vocación del hijo.

“Mi madre hubiera querido que fuera director de orquesta o algo así pero cuando comprobaron que no era un capricho ni algo pasajero y que mostraba un cierto talento para componer no me faltó el apoyo familiar”, me cuenta Teddy desde su casa en Madrid.

Casi tres años después de su estreno en EEUU, en la primavera de 1961, llega a los cines españoles El barrio contra mí, aunque aquí todo el mundo prefirió el título original, King Creole. Impresionados, Teddy y sus amigos, Germán, Rafa y Tato, deciden adoptar la estética de Elvis y crean un grupo que primero bautizan como Los Diablos del Rock y más tarde Los Ídolos.

“Hasta ese momento, yo estaba entusiasmado por la tonalidad inglesa del rock. Tenía una bisabuela escocesa y la empresa familiar se dedicaba a la exportación tomates y plátanos a Inglaterra. Mi tío Enrique, que vivía en Londres porque vendía la zafra, me traía discos de Tommy Steele, un cantante estupendo que se ha difuminado con el paso del tiempo y que estaba más cerca de los pioneros del género, como Ritchie Valens o Eddy Cochran.”

Los aires sureños, la influencia del godspell, que Elvis imprime a los temas que interpreta en la banda sonora marcan las primeras presentaciones del grupo de Teddy en los locales de moda, en las que procuran incluir alguna versión arriesgada de éxitos de Little Richard, B.B. King y Chuck Berry. Los Ídolos no tardan en convertiste en teloneros de todas las estrellas que pasan por la isla, desde el Dúo Dinámico, Raphael o Cliff Richard, que en esa época, además, rueda una película en la isla.

“Tocamos juntos varios meses. Aparecimos con él en fotografías que se publicaron revistas musicales de España e Inglaterra. Nos empezaron a llamar de otros lugares, aunque sólo podíamos tocar fuera de Canarias en las vacaciones porque estábamos estudiando. En Sevilla, mientras actuábamos hotel María Cristina, un empresario norteamericano que se alojaba allí, Duddley Cooper, nos ofreció un contrato para hacer una gira por Estados Unidos. Fue como si le preguntaran a cualquiera si quiere que le toque el gordo de la lotería. Aceptamos, cómo no.”

Al cabo de dos meses llegaron las esperadas noticias de Mr. Cooper que en un sobre muy abultado les envió los contratos y la documentación para instalarse en Estados Unidos durante tres meses, aunque luego la estancia se prolongaría.

“Allí fue donde nacieron realmente Los Canarios, donde hicimos nuestras primeras grabaciones serias para la RCA. Luego vino la segunda revelación de mi vida: el descubrimiento del soul en el Apolo de Harlem. El encuentro con James Brown me pareció la sublimación del rock, algo místico. También me casé e hice todos los planes para quedarme allí.”

La dictadura los despertó del sueño americano. En España, el ejército les recordaba la obligación de servir a la patria. Si no se presentaban serían declarados prófugos y durante años no podrían regresar al país. Mientras se tramitaba la prórroga especial que solicitaron, emprendieron una gira por diversos países europeos. Camino de Suecia, hacen una escala en Madrid y el periodista Rafael Revert les propone acudir a El Gran Musical, el mítico programa de la Cadena SER. Al término de la actuación se les acerca un ejecutivo que habla con un marcado acento francés: «Son ustedes muy buenos. ¿Qué planes tienen?», les pregunta. Acababan de conocer a Alain Milhaud, el productor que había convertido Black is black en un éxito internacional.

A partir de ese momento, bajo la dirección de Milhaud, Los Canarios se convierten en un icono de lo moderno dentro y fuera de nuestro país. Actúan con éxito en la BBC, tienen el apoyo del propietario de Radio Caroline, la primera emisora pirata de Europa, tocan con The Animals Su música suena en la película Peepermint frappé de Carlos Saura y desafían a la censura franquista con Get on your knees (Ponte de rodillas), que se tararea y baila sin cesar en aquel mítico mes de mayo que los estudiantes tomaron las calles de París. Mientras cumple el aplazado servicio militar, Teddy compone Libérate.

Nos censuraron varios temas, pero dijimos si nuestros discos no pueden oírse en España, allá ellos. No nos pareció demasiado importante porque empezábamos a tener demanda en Francia e Italia. Aquella era la España carpetovetónica. Nunca como en esos momentos nos sentimos tan pioneros, aunque tampoco éramos conscientes de que estábamos rompiendo un techo de cristal. Visto con la distancia del tiempo, fuimos una revolución. Hacíamos un sonido con ritmos jazzísticos, en la onda de lo que entonces se llamaba rock progresivo. Era el resultado una evolución lógica, natural, no impuesta. Había gente, claro está, que no entendía aquella bitonalidad, las resonancias. Fue un movimiento que cristalizó después con grupos como Smash, Máquina, Conexión, Pop-Tops.”

Junto a otros creadores, Los Canarios, cuya composición va cambiando con el paso del tiempo, suponen una alternativa a la cultura vigilada que promueve el régimen.

“Teníamos que convivir con los cantautores, que en cierta forma eran la voz de la resistencia. A ellos los censuraron más. Bueno, a ellos por unas cosas y a nosotros por otras. Sin embargo, enseguida todos nos hicimos amigos. Aunque no lo exhibieran, Serrat, Víctor Manuel o Pi de la Serra tenían un cierto flirteo con el rock. Quizás no lo hacían reconocible pero sí apetecible. Terminamos por compartir público. Actuábamos antes o después de Mari Trini, de Joan Manuel. Hoy eso sería más difícil.”

En 1973, Teddy recompone Los Canarios para afrontar el reto de llevar Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi al territorio del rock sinfónico. La obra resultante, Ciclos, será considerada por algunos críticos como uno de los discos españoles más importantes del último medio siglo. En su promoción y distribución, la editora, Ariola, tira la casa por la ventana y consigue que se publique en multitud de países. Veinte años después, estando ya al frente de la SGAE, Bautista estará más de una hora firmando ejemplares de la reedición de la obra en un centro comercial de Tokyo. Para muchos, hoy en día sigue siendo una obra de culto.

A partir de ahí, el trabajo del compositor se diversifica. Se convierte en arreglador de artistas como Rosa León o Camilo Sesto, compone para Ana Belén, Tara o Taburiente, produce discos de Aute, Triana, Iceberg e Iman, interpreta el papel de Judas en la versión española de Jesucristo Superstar e incluso crea una versión electrónica, y sin letra, de La Internacional que el PSOE utilizará en las primeras elecciones democráticas de 1977.

“En realidad, siempre he sido un productor de rock –agrega–. Yo hice ese trabajo con Miguel Ríos, Leño, Cucharada, Topo, con toda la movida del rock periférico, no el de la movida pija, el que acuñaron esos grupos como un sonido del foro.”

En 1983 fue nombrado vicepresidente de la SGAE. Su relación con la entidad acabó abruptamente en 2011 en mitad de titulares y denuncias que la justicia ha ido resolviendo. En esa etapa “de muerte civil”, la más dura de su vida, Teddy Bautista encontró su “tabla de salvación” en la música. Se tomó dos años sabáticos, alejado de partituras e instrumentos. Luego empezó por ejercitar las muñecas y se reencontró con los teclados. La búsqueda de una paleta sónica le ayudó a aislarse del ruido exterior que envolvía su figura. Fruto de esa tarea, que se acrecentó en los días de la pandemia, es una nueva versión, la 4.0, de Ciclos, que se editará este año en vinilos de 200 gramos capaces de recoger toda su profundidad sonora. No se trata de una mera reelaboración del trabajo que realizó hace medio siglo sino de una profunda búsqueda interior a través de la sabiduría oriental. Los textos están escritos en sánscrito. El compositor no oculta la impaciencia por ponerla al alcance del público como colofón a una carrera de más de sesenta años.

“Soy un anciano –me dice al despedirse– al que afortunadamente la vida ha respetado la memoria y el amor a la música. En realidad, la música nació conmigo. Cuando yo era un bebé, gateaba hasta colocarme debajo del piano de cola en el que mi madre ensayaba. Todavía me parece escucharla…”