Stephanie Gengotti for HuffPost
INTERNACIONAL
17/06/2019 10:19 CEST

Cómo una mujer trans desafió a la mafia para convertirse en la mayor activista LGTB de Italia

“Muchas mujeres trans se ven obligadas a entrar en la prostitución porque no tienen otra oportunidad. Y el trabajo es la clave para la autodeterminación”.

Fotografías de Stephanie Gengotti

NÁPOLES, Italia — Para el hijo mayor de un temido jefe de la Camorra en el sur de Italia, la expectativa filial era cruel pero clara: acabar dirigiendo el negocio familiar.

Pero Daniela Lourdes Falanga ha desafiado las expectativas desde pequeña.

En lugar de conformarse con lo que daba su padre por hecho y entrar en el mundo de la intimidación, la violencia y el asesinato, Daniela se convirtió en la primera mujer trans en ser elegida presidenta de una sección de Arcigay, la asociación por los derechos LGTBQI más antigua de Italia.

“Cincuenta años después de los disturbios de Stonewall, tenemos que defender los derechos por los que luchamos y gritar lo que pedimos”, sostiene.

Daniela también es trabajadora social que asesora a presos LGTBQ en la cárcel Poggioreale de Nápoles, defendiendo a los que han vivido “las experiencias más marginales”, como trabajos sexuales y detenciones, entre otros.

Este es el trabajo que la llevó de vuelta a su padre después de 25 años separados.

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Daniela, de 41 años, se crió en los 80 en Torre Annunziata, cerca de Nápoles. Su padre dejó a la familia poco después del nacimiento de Daniela para estar con otra mujer, con la que tuvo cuatro hijas. Aunque había formado una nueva familia, el padre seguía teniendo planes para Daniela, siendo “el único heredero hombre” para seguir sus pasos como líder del clan de la Camorra.

En el mundo de las familias del crimen napolitanas no se puede discutir fácilmente las estructuras patriarcales, de sexualidad o identidad. Daniela explica que su madre reaccionaba mal cada vez que ella expresaba cualquier interés o emoción que pudiera considerarse femenina. “Mi madre me aterrorizaba”, recuerda. Para su padre, “era como un objeto inanimado”, señala Daniela. “Ni siquiera me miraba”.

 

En la escuela y en las calles, otros niños se burlaban de ella por ser “raro” o “el hijo del jefe”, y Daniela se planteó varias veces el suicidio.

Una noche, la actriz y cantante transgénero Eva Robin’s actuaba en televisión. A Daniela le pareció una epifanía. En un flash, vio “la vida que me habían negado hasta entonces”. Al poco tiempo, Daniela empezó a ir a la escuela vestida con ropa de chica, aunque su familia intentó pararla.

Daniela se sometió a una cirugía de confirmación de sexo antes de cumplir los 30 en el hospital San Camilo de Roma, y pudo cambiar legalmente su nombre, bautizándose como Daniela Lourdes Falanga, un nombre que invoca a los santos y está inspirado en su fe en Dios, cuenta.

Su operación también marcó el principio de su activismo para apoyar a los trabajadores sexuales trans. “Nápoles tiene una de las cifras más altas de mujeres transexuales del mundo y nos cuesta encontrar trabajo”, reconoce. “Muchas se ven obligadas a entrar en la prostitución porque no tienen otra oportunidad. Y el trabajo es la clave para la autodeterminación”.

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Su padre fue detenido a mediados de los 80 y, aunque actualmente está cumpliendo cadena perpetua en la cárcel de Rebibbia en Roma, Daniela prefiere que no vinculen el nombre de su padre a su historia. Las violentas peleas entre familias napolitanas proyectan una larga sombra y algunas todavía pueden buscar venganza.  

Su activismo le hizo retomar el contacto con su padre en un encuentro casual, después de 25 años sin verse.

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Ambos habían sido invitados a un evento antiviolencia en Nápoles: ella como presidenta de Arcigay Napoli y él como actor en una obra con otros presos sobre discriminación y violencia.

No se sabe bien si el padre de Daniela ha renunciado a su pasado criminal, pero el hecho de haber aceptado —aunque tarde— la identidad de su hija les ayudó a arreglar su relación. Según cuenta Daniela, los dos se reconocieron y finalmente se abrazaron.

Desde entonces ha visto a su padre una vez más, y siente que “por fin me ha reconocido como mujer”.

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La familia ha significado muchas cosas diferentes para Daniela con los años y a día de hoy es sinónimo de esperanza en el futuro. Su pareja, Ilario, de 24 años, es un hombre transgénero. A la pareja le gustaría tener un hijo, e Ilario no tiene en mente someterse a una cirugía de confirmación de sexo.

Daniela lo apoya. Ella está en contra de cualquier cambio que se haga “en nombre de una concepción binaria de los cuerpos, cosa que se ha incorporado inconscientemente hasta en la gente trans. Somos hombres y mujeres trans con distintas peculiaridades… y posibilidades extraordinarias”.

Traducción del inglés de Marina Velasco Serrano