'Trilogía Crónicas Ibéricas' o mi querida España, esta España mía, esta España nuestra

"Existe la leyenda de una España negra. La de un país bruto, pícaro, maleducado".
'Trilogía Crónicas Ibéricas' o mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.
Teatro Español
'Trilogía Crónicas Ibéricas' o mi querida España, esta España mía, esta España nuestra.

Existe la leyenda de una España negra. La de un país bruto, pícaro, maleducado. En el que el poder hace de su capa un sayo con el beneplácito, la connivencia, y el sufrimiento libremente aceptado, del pueblo llano. Que ve como normal y como fuente de bienes y servicios, y de una posible mala buena vida, al poder y al podercete. Un poder que, a cambio del derecho de pernada, el respeto por delante, el desprecio por detrás y la ausencia de crítica pública, reparte migajas económicas entre una población fundamentalmente empobrecida en lo económico, en lo social y en lo cultural.

Ese es el país en el que suceden las tres obras de Chiqui Carabante y la compañía Club Caníbal que componen Trilogía Crónicas Ibéricas que se han podido ver y reír a mandíbula batiente en las Naves del Español en el Matadero de Madrid. Tres comedias en las que al hilo de muchas risas se le pega un repaso al amor y la defensa de las tradiciones de maltrato animal en Desde aquí se ve sucia la plaza. Al poco respeto que se le procesa a los organismos, instituciones y personas con tal de tener éxito, en Herederos del ocaso. Y al modelo empresarial basado en el comercio, en la venta, que no solo son negocios rentables, sino que imponen un modelo social de comportamiento, de estar y ser en el mundo, en Algún día todo esto será tuyo.

Una España tan negra como la caja escénica en la que se representa. Una caja escénica en la que la luz, en general, es tenue. En la que se pone foco en las escenas concretas para que se vea bien lo que sucede y cómo sucede. Una España que no está despoblada sino poblada por políticos, aristócratas, empresarios y un montón de gente normal y corriente que comparten un modus vivendi y una forma de entender la vida. La forma que les une en los cánticos de “yo soy español, español”.

De todo eso y mucho más se ríe y hace reír Chiqui Carabante. Lo hace con oficio, de tal manera que la gente de toda clase, condición y orientación política se carcajea en la sala a mandíbula batiente. Como reía y puede seguir riendo con las películas de Berlanga, en las que el cineasta no dejaba títere con cabeza. Por tanto, una risa sana, sanísima, porque el público se ríe de sí mismo, consciente de una cultura que conoce muy bien porque la vive en sus pueblos o en sus ciudades de provincia o en sus barrios de gran capital.

Una escena de la función.
Teatro Español
Una escena de la función.

Porque, ¿quién no reconoce a esas vecinas de patio que comentan? ¿O que se agolpan y matan por una ganga en las rebajas de El Corte Inglés? ¿A esas ancianas del lugar que defienden y recuerdan con nostalgia la brutalidad de las fiestas de antaño? ¿A ese señor de toda la vida que con su dinero, un dinero que necesita un pueblo al que mantiene empobrecido y a su servicio, promueve en la sombra ideas de otros tiempos? ¿A esa aristocracia ridícula que vive de soñar con la sucesión al trono y que vive del negocio de las ONG y las buenas causas derrochando campechanía y tontería en revistas del corazón? ¿O la competencia infantil entre empresarios que se ve descaradamente nada más abrir un periódico de economía, más interesados en el yo primero que en el desarrollo del negocio?

Una situación que aprovechan los chupatintas para medrar. Cogerse las migajas más grandes. Situarse en el momento preciso en el lugar adecuado. Pifiarla sin que eso tenga consecuencias en un estado hecho y de derecho. Que oyen y bailan la misma música con la que los gitanos ambulantes que recorren el país hacen, o hacían, bailar a una cabra y mendigar unas perrillas por ello.

Situaciones que a veces se le van de las manos al autor y director por insistencia en su poética, en su forma de hacer, construir el texto y el espectáculo. Pero que, sin embargo, ese irse se nota poco, a no ser que se sea muy crítico, y funcionan por sus actores. Unos guiñoles capaces de asumir cualquier papel que se le encomiende, hasta el de una cabra. Todos, igual de competentes y de nivel. Y uno de ellos, Vito Sanz, con el carisma que tenían los antiguos cómicos, llamado a llenar plateas y romper audiencias por su simple presencia en una obra, película o serie, porque le cae en gracia y hace mucha gracia al público. Cosa que consigue a veces con solo guiñarles el ojo.

Así que aquellos espectadores que han asistido a las tres obras —y si no han asistido a ninguna de las tres hoy domingo todavía están a tiempo de ver Algún día todo esto será tuyo—, han disfrutado como gorrinos en un lodazal.

Metáfora que viene al pelo, pues Chiqui Carabantes no hace otra cosa que remover el barro patrio al que invita a chapotear. Y que al igual que Mary Poppins daba la medicina con un poco de azúcar, él y todo el equipo artístico se entregan a darla con humor. Por lo que a pesar de mostrar una España negra y pícara, lejos de la moderna que se ve en los suplementos dominicales de los periódicos y en las revistas de tendencias, se sale de muy buen humor, habiendo pasado un buen rato.

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