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07/04/2020 10:49 CEST | Actualizado 08/04/2020 19:25 CEST

Una reconstrucción europea

Lo más parecido a lo que estamos viviendo fue lo que vivieron nuestros padres y abuelos en la II Guerra Mundial.

Oleksandr Siedov via Getty Images

El Covid-19 aún cabalga desbocado por Europa, el continente tantas veces devastado por guerras, hambrunas y pestes. Todos los países saldrán malheridos de la cruenta batalla que se está librando en riguroso y continuo directo contra un enemigo invisible. Unas naciones lo sufrirán más, y otras menos. Pero ni una sola escapará a sus consecuencias. Europa retrocedería cien años si las naciones más afectadas en esta guerra no le compraran sus productos a las menos afectadas. 

Ni Holanda, ni Alemania, ni los escandinavos… tienen ya futuro sin los demás. Reino Unido sufrirá las consecuencias del Brexit. No contaba con que el canal inglés no lo protegería de este coronavirus, y ahora, a la factura que le pasará su altivo abandono del club, tendrá que añadir la de abordar en solitario el coste de la recuperación. 

También los países del este se despertarán con una nueva realidad. Los tics autoritarios (todo se pega; estuvieron mucho tiempo sometidos a la URSS) de algunos de estos miembros llegados de la órbita del Kremlin no les ayudará nada para disfrutar de una Europa que retorne a un pasado cercano y feliz, a la seguridad que daba la fortaleza de las instituciones, el estado de bienestar que nos garantizaba la vejez y el futuro de nuestros hijos y nietos… el desarrollo, el progreso, las libertades… Esta vuelta al ayer, a su vez, tendría que hacerse con una mentalidad nueva, con la experiencia de que los recortes sociales abusivos e irresponsables son criaderos de populismos y fanatismos.  

La paralización de la actividad económica ha tenido gravísimas consecuencias en el tejido económico. Pronto Europa, la pobre, la mediana y la rica,  tendrá millones de nuevos parados. 

Lo más parecido a lo que estamos viviendo fue lo que vivieron nuestros padres y abuelos en la II Guerra Mundial. Tras la batalla, el Plan Marshall, y sobre todo la creación de la Comunidad Económica Europea, es decir, el nacimiento del europeísmo político e ideológico, y la creación  de la OTAN, fueron el secreto menos secreto para gozar del periodo de paz más amplio de la historia del Viejo Continente, y de mayor progreso. 

Lo más parecido a lo que estamos viviendo fue lo que vivieron nuestros padres y abuelos en la II Guerra Mundial.

Europa dejó de ser un ajedrez continuo, donde se practicaba el Gran Juego (por cierto, Inglaterra siempre jugó a dividir, ya lo dijo el premier Lord Palmerston, a caballo entre los siglos XVIII y XIX: “Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes, tiene intereses permanentes”), para pasar a ser un proyecto de unidad con vocación de pasar de ser mero actor subordinado a intereses ajenos a protagonista influyente en el escenario internacional. 

No parece probable que la recuperación y la normalización comience ipso facto nada más controlado el Covid-19. Hará falta tiempo, mucha sensatez y mucho sacrificio para salir del hoyo sin daños devastadores, como en la Gran Recesión que aún coleaba ‘ayer’.

Vivimos en una especie de economía circular de flujo continuo. España no se repondrá del frenazo turístico hasta que los trabajadores alemanes, ingleses, italianos, nórdicos… etcétera vuelvan a hacer vida normal y los que los perdieron recuperen sus empleos y la capacidad adquisitiva; y los españoles no podrán adquirir coches alemanes, franceses, italianos, ni otros productos de esos y otros países hasta que no recuperen sus trabajos perdidos y  su nivel de vida. O todos ganan, o todos pierden. Las naciones ricas del norte, los contribuyentes netos, tienen que aceptar de una vez que sin la clase turista no son viables las compañías aéreas, ni los trenes…

Ojalá, por su propio interés, Alemania escuchara las sabias advertencias del canciller Helmut Schimdt, cuando advirtió en 2010 en el Congreso del SPD en Berlín que Alemania perdería más que lo que ganaría si no afrontaba la crisis con solidaridad hacia los que más la estaban sufriendo. Pedir perdón por cosas de hace 70 u 80 años es muy moral y edificante; pero a veces es igual de importante pedirlas por lo que se hizo mal hace ocho, diez o doce años, que está en el origen de la propagación de ese otro virus que es el nacionalismo y la extrema derecha, siempre parásitos de las crisis.

Por eso es clave, para la estabilidad europea y para el europeísmo de progreso que la UE actúe con sentido tanto filosófico e ideológico como pragmático. Los ‘coronabonos’ son una medida inteligente para la reconstrucción. Y a partir de ahí, los complementos de solidaridad que se quieran. 

Hay que reflexionar sobre el ‘milagro europeo’ tras la Segunda Guerra Mundial y el camino recorrido, siempre hacia adelante. Ahora hay que aplicar este modelo; pero a su vez, los países, y es el caso de España, tienen que ‘implementar’ este libreto adaptado a los equilibrios nacionales. España tiene la experiencia de los Pactos de la Moncloa (1977) y del famoso Consenso de la Transición, un trato para posibilitar la Constitución en un momento en que las fuerzas oscuras, la extrema derecha y el terrorismo etarra y la extrema izquierda, trataban de torpedear la alternativa democrática. Las cosas han cambiado, pero el temor sigue, porque los fantasmas siempre quieren volver.

Hace años, desde aquellas ‘mareas’ que visibilizaron el malestar transversal de la clase media y los trabajadores por el manejo cruel y despiadado de la crisis, ya se hablaba de la necesidad de un gran consenso nacional, que nunca fue tenido en cuenta por el Gobierno Rajoy. 

Después, tras la moción de censura las voces favorables a un gran Pacto de Estado entre todas las fuerzas políticas arreciaron. Cuando Sánchez ocupó La Moncloa, éste fue un lugar común en casi todos los editoriales, pero como en el refrán de la burra de no sé quiénes “entre todos la mataron y ella sola se murió”. Ningún líder político dio un paso en esa dirección. Al contrario, todos se convirtieron en francotiradores, con nulo interés en solucionar las cosas de esa manera que había probado su eficacia en Europa y en España. 

Los ‘coronabonos’ son una medida inteligente para la reconstrucción. Y a partir de ahí, los complementos de solidaridad que se quieran.

Aznar volvió a coger las riendas del PP con Pablo Casado, que se radicalizó tras algunos ejercicios espirituales impartidos por FAES en modo rencoroso; ¿darle un éxito a Sánchez? Probablemente se resistirá con el método de la cortina de humo de un buen ataque. La aparición de Vox, salido de las entretelas del PP, atrajo al extremo a los populares, que creyeron, ingenuamente, que compartiendo el programa, o parte de él, y el discurso autoritario, iban a repescar a esa franja del electorado. Albert Rivera cayó asimismo en ese hechizo; no imitó a Ulises cuando se amarró al palo de la nave para no sucumbir a los encantos de las sirenas. Sucumbió y llevó el barco hacia los arrecifes, donde lo recogió Inés Arrimadas que tiene ahora la ocasión de seguir siendo liberal, de centro y socialdemócrata a ratos. 

A Pablo Iglesias ese consenso le tiene que poner de los nervios. ¿Apuntalar su odiado ‘régimen del 78’? Antes muerto que sencillo. Tampoco Pedro Sánchez ha tenido voluntad para convertir las palabras en hechos. Ha actuado con excesiva pomposidad y distanciamiento de la oposición. Que Rajoy lo hiciera no es razón de peso; en todo caso debería de ser un semáforo en ámbar. 

Después de la aprobación del primer Real Decreto sobre el Estado de Alarma era la ocasión más oportuna para mantener un contacto fluido con toda la oposición. Negociando previamente, comentando las dificultades que se van planteando, conciliando posturas, con una política informativa aglutinadora… quizás un paso previo para crear las condiciones oportunas en la opinión pública para que ella misma demande el Gran Acuerdo.

Pedro Sánchez, aunque eso le horripile a Casado, y no solo a él, claro, ganó las elecciones y formó Gobierno según la Constitución. A él le corresponde la iniciativa de buscar la unidad de la nación en unos momentos de  emergencia como la buscó Suárez en otra coyuntura decisiva. Los ‘Pactos bis de La Moncloa’ darán la medida de la responsabilidad, la honestidad y el patriotismo de la clase política española, de la patronal, de los sindicatos, y de las fuerzas vivas de la sociedad.