Viva la televisión (II): Una comedia rabiosamente feminista

Murphy Brown es un personaje de ficción que se enfrentó a la derecha americana.
La protagonista de la serie 'Murphy Brown'. 
La protagonista de la serie 'Murphy Brown'. 

Este fin de semana se han batido récords de consumo televisivo, los programas en directo se cancelan a raudales, las plataformas nos recuerdan como nunca que están ahí para nosotros… Y no dejamos de hacer vídeos, de consumir audiovisual.

Y tras la primera historia de Viva la televisión, que quiere contar, mientras duren estos tiempos raros, solo las cosas buenas del medio más importante del mundo mundial, aquí va la segunda. Pasó en EEUU (cuya televisión fue pionera en tantas cosas) hace tres décadas y mi moraleja al usarla es: sin cadenas que apuestan, sin creadores que se empeñan, seríamos más pacatos, menos audaces, menos capaces.

“No voy a cambiar el guión”: el personaje de ficción que se enfrentó a la derecha americana

En 1987 solo dos de las 22 nuevas series que se emitieron en EEUU en horario de máxima audiencia tenían por protagonista a una mujer adulta. Pero las mujeres creadoras estaban ahí, agazapadas. Por eso, en otoño de 1988 se estrenaron, con dos semanas de diferencia, dos de las comedias más rabiosamente feministas que se han emitido nunca en prime time: Murphy Brown y Roseanne. Las dos dominaron la tele de la década siguiente, cambiaron “nuestra visión de los valores familiares y suscitaron una controversia sin precedentes”, tal y como apunta la periodista Joy Press en su libro Dueñas del show, libro que os recomiendo que os compréis cuando podamos volver a las librerías.

“Sin cadenas que apuestan, sin creadores que se empeñan, seríamos más pacatos, menos audaces, menos capaces.”

Murphy, recordemos, era una mujer soltera que solo pensaba en su carrera profesional, “una hosca periodista de televisión de cuarenta años que vivía como un hombre y no se avergonzada”, tal como decía la creadora de la serie Diane English. “Iba en el coche un día y la idea le vino a la mente perfectamente formada. Llegué a la CBS, a un despacho lleno de hombres y expuse la idea: una telecomedia sobre Murphy, una mujer que volvía al trabajo tras pasar una temporada en una clínica de desintoxicación. Se interesaron enseguida, pero enseguida también me pidieron cambios”, apunta la creadora.

—¿Podría ser un spa donde habría ido a desestresarse del trabajo en lugar de a una clínica de desintoxicación? —le preguntaron.

—No—respondió English, sin dar opción a réplicas—. O así, o nada.

Se puso a escribir el guion tal y como lo había concebido. Pintó sobre el papel y frente a las cámaras a una mujer que con los años iba a ser también madre soltera (y que incluso llegó a pensar en el aborto). Aquello la llevó a enfrentarse al sector más conservador de EEUU, cuyo presidente era Ronald Reagan. Atacaron a la serie, a la creadora y a la protagonista, fuerzas vivas americanas, la derecha religiosa… Algunos anunciantes retiraron la publicidad cuando se anunció que tendría un hijo sola, por decisión propia. El vicepresidente del Gobierno, Dan Quayle, la atacó en público por ser madre soltera, por su libertad, por su modo de vida… Sí, un vicepresidente atacaba a un personaje de ficción. La creadora English le respondió en los informativos de la CBS, que por cierto respaldó la serie con firmeza, sin cambiar una coma: “Si el vicepresidente del Gobierno cree que es una desgracia que una mujer soltera tenga un hijo y que sin un padre no puede criarlo debidamente, más le vale garantizar que el aborto sea seguro y legal”.

En septiembre de 1992, el capítulo donde Murphy era madre fue visto por 70 millones de americanos (unas dos terceras partes de los espectadores de televisión estadounidense). Fue la tercera serie más vista del año. Poco tiempo después, en varios estados se aprobaron nuevas leyes contra el aborto.

“Algunos anunciantes retiraron la publicidad cuando se anunció que tendría un hijo sola, por decisión propia.”

Tres meses más tarde la serie ganó tres premios Emmy a la mejor serie cómica, a mejor actriz y a mejor dirección. En toda su historia logró 18 Emmys y 62 nominaciones. Probablemente sin Murphy, (y sin la actriz que la encarnaba, Candice Bergen), sin su creadora, que lideraron un fenómeno más allá del puramente televisivo, a la tele le habría costado más arrancar y darle a las mujeres el lugar que les correspondía. “La serie varió el statu quo de la televisión y anticipó un futuro en el que una serie de mujeres valientes y poderosas se hicieron dueñas de la pantalla y llevaron la batuta”, dice Press.

Ese mismo otoño, el presidente Bush y el propio Quayle perdieron las elecciones americanas, que ganó Bill Clinton.

Epílogo

En 1975, Gloria Steinem escribió: “Si vinieran extraterrestres para hacerse una idea de cómo son las mujeres americanas, y solo pudieran saberlo a través de la tele o del cine, las verían como una clase marginada de siervas que duermen con pestañas postizas y muy maquilladas” (podríamos ir aquí a un momento concreto de La maravillosa señora Maisel, que también recomiendo, donde cuenta esto tal cual).

Pero apenas diez años después llego la creadora de Murphy que les dijo a los ejecutivos, “no voy a ponerla en un spa”. Después llegarían muchas otras y las reglas televisivas cambiaron y el medio se pobló de personajes femeninos poderosos. Dejaron de ser simples obstáculos o dinamizadoras de los avances del héroe.

La frase, para acabar, de Hombres fuera de serie:

“Podían ser corruptas, despiadadas, insensatas e incluso seres humanos heroicos por sí mismas. Eran implacables desde el punto de vista narrativo, no tenían clemencia con los que podrían ser los personajes favoritos de la audiencia, ofreciendo pocas catarsis o resoluciones sencillas”.

Y aquí estamos, extraterrestres.