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09/07/2018 07:32 CEST | Actualizado 09/07/2018 10:46 CEST

¡No paren las máquinas!

Moncloa rebaja la expectativa de la reunión con Torra consciente de que la división del independentismo complica el nuevo marco de diálogo

No paren las máquinas porque de la entrevista entre Pedro Sánchez y Quim Torra no saldrá ningún acuerdo histórico. Aunque en La Moncloa hayan preparado el encuentro como si fuera a ser la conferencia de Yalta, nada más alejado de aquel reparto del territorio que, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, hicieron Churchill, Roosevelt y Stalin.

Las posiciones siguen donde estaban, inamovibles por una y otra parte. Ni el presidente del Gobierno está dispuesto a pactar un referéndum de autodeterminación ni la Generalitat a conformarse con una reedición de la frustrada Operación diálogo que hace dos años ya intentó, por indicación de Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, con todo lo que vino después: un referéndum ilegal, una declaración exprés de independencia, una crisis institucional sin precedentes, la aplicación del 155, la entrada en prisión del Govern, las elecciones catalanas... Y otra mayoría parlamentaria del independentismo.

La cita por tanto es sólo un primer paso, y nada como rebajar expectativas para evitar frustraciones. La Moncloa se da por satisfecha sólo con que la reunión vaya a tener lugar. No es poco, dicen, después de la delicada negociación sobre RTVE, las condiciones que puso el independentismo, el incidente entre Torra y el embajador en Washington y el recurso anunciado por el Gobierno ante el Constitucional de una moción del Parlament antes de recibir al president.

Esto por no hablar de la anunciada querella de Torra contra el ex ministro socialista José Bono por decir, en una entrevista en La Sexta, que el president estaba cerca de "planteamientos nazis" o la insistencia de Roger Torrent ante la Asamblea Parlamentaria de la Francofonía (APF) de que España tiene presos políticos y exiliados.

El Gobierno sabe que, si dependiera de los de Junqueras, la pauta a seguir sería distinta y Sánchez lo tendría más fácil

La previa no ha sido fácil porque, aunque todo es distinto, nada ha cambiado. La única novedad, aunque no menor, es que hoy es Pedro Sánchez, y no Mariano Rajoy, quien preside el Gobierno. Pese a que los dos fueron uno en la respuesta del Estado a la deriva soberanista, el primero está dispuesto a hacer política, y no a dejar exclusivamente en manos de la Justicia la solución al problema catalán. Esto además de la confianza ciega en que el realismo en algún momento tendrá que imponerse al relato y el independentismo abandonará sus posiciones maximalistas.

Que esto ocurra dependerá en buena medida de hasta cuándo y hasta dónde ERC esté dispuesto a apoyar la senda por la que aún transita un Torra condicionado por los movimientos de Puigdemont. El Gobierno sabe que, si dependiera de los de Junqueras, la pauta a seguir sería distinta y Sánchez lo tendría más fácil. Pero esto aun no ha llegado y, en ese escenario, sería precisa también la colaboración de los comunes. Pero los tiempos, como dicen en Podemos, no son amables -el juicio a los líderes del independentismo, el aniversario del 1-O, las próximas elecciones municipales- y si se aceleran las cosas todo puede irse al traste.

Más que dibujar hipotéticos escenarios, el objetivo "moclovita" en el corto pasa por recuperar la normalidad institucional e inaugurar una nueva fase de diálogo entre Gobiernos que sitúe el debate en el terreno de la política a través de media docena de comisiones mixtas en las que se hable de competencias no transferidas, inversiones pendientes o deudas no reconocidas.

Esto, con la certeza de que el problema catalán no se resolverá ni en dos meses ni en dos legislaturas, pero sí pueden construirse los puentes para una nueva relación en la que se visualicen otras formas de comunicación más a allá de las respuestas en los tribunales de Justicia.

Existe la certeza de que el problema catalán no se resolverá ni en dos meses ni en dos legislaturas

Sánchez, que ha requerido documentación a todos los ministerios para que se impliquen en la carpeta catalana, se enfrenta no obstante a dos cuestiones de profundidad ante la visita del "molt honorable". La primera es que Torra no es referente del bloque independentista ni líder del PdeCat, sino más bien la voz en Cataluña de un Puigdemont que mantiene la hoja de ruta para hacer efectiva la república catalana y cumplir el mandato del referéndum del 1 de octubre. Y la segunda, que la división del bloque secesionista —entre republicanos, ex convergentes y cuperos— complicará sin duda el diálogo, y llevará a Torra a mantener el discurso de la reivindicación más pegado a los Comités de Defensa de la República que a la recomendación de Junqueras de anteponer la eficacia a la gestualidad.

Con todo, conviene no olvidar el dominio de Sánchez para el oportunismo astuto, que no es siempre con el que uno da la impresión de haberse aprovechado de una situación en beneficio propio, sino con el que hace creer al resto que él es la oportunidad en sí mismo. Ya se sabe que el éxito de un político en ocasiones depende de tener una razón que explique el por qué de su salto al vacío, y Sánchez podría encontrar en Cataluña la suya propia. No lo descarten, aunque de La Moncloa hoy sea demasiado pronto para anunciar un acuerdo histórico. Pero conviene no olvidar que llegó a La Moncloa con los votos, entre otros, del independentismo; que tiene sólo 85 diputados y que si no quiere convocar elecciones hasta 2020, tendrá que mover ficha.

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