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16/10/2014 07:01 CEST | Actualizado 15/12/2014 11:12 CET

De astucias, ridículos, comparecencias y paternidad

¿Se imaginan la misma trayectoria que la de Pujol protagonizada por una política? ¿Qué vida privada habría podido tener una mujer en este caso?, ¿cuál habría podido permitirse tamaño exceso en la reproducción? ¿De qué modo sería juzgada una mujer que diera a luz siete veces y no se preocupara más de ello?

Este texto también está disponible en catalán.

Declarar que se procederá con astucia es un oxímoron. Se actúa con astucia. Pregonarla, la invalida. Con el ridículo ocurre lo mismo: mejor esforzarse en evitarlo que manifestar que no incurrirás en él. Sorprende que el gabinete de prensa -o similar- de un presidente, lo roce, y desconozca que la simple enunciación de la astucia tenga la virtud de mandarla al garete. Es difícil imaginar a Ulises advirtiendo a Polifemo (o vanagloriándose) que, como él, Ulises, es más débil, actuará con astucia.

Quizás la astucia sea un patrimonio de Convergencia, aunque en la comparecencia en el Parlament del pasado 26 de septiembre del padre político del presidente Mas, es decir, del señor Pujol, no es fácil averiguar qué papel jugó.

En su primera intervención, el expresidente explicó una larga, adornada y, en cierto sentido, entretenida historieta. Supongo que para una psicoanalista -pero no lo soy- debe ser fácilmente analizable. Consistió en un canto sesgado a su padre, en su transcurso informó que en tiempos de dictadura y autarquía su admirado progenitor había hecho una fortuna con el contrabando de divisas. Incluso se permitió el lujo de recomendar bibliografía, y eso quizás da pistas sobre el tono de su intervención posterior y su no respuesta airada a las, en general, respetuosas y pertinentes preguntas que le dirigieron las y los portavoces de los partidos.

En efecto, no respondió ni una: ni sobre el asunto que él mismo consideraba que podían osar preguntarle (la evadida presunta herencia) ni sobre lo que según decía la carta que le instaba a comparecer era pertinente inquirir (los veintitrés tres años de mandato). Lo vistió de una indignada pataleta impropia de un parlamento. En una actualización del prepotente "ahora no toca" con el que en el pasado evitó dar respuesta a un sinfín de pertinentes cuestiones -simplemente porque le incomodaban- abroncó con rabia y desprecio -a medio camino entre un maestrillo, el Pitufo malhumorado y un abuelo déspota y tronante- a la concurrencia. Paradójicamente la acusó de intoxicación, de no ser gente seria, de poca honestidad, de frivolidad, de infantilismo y, ya en el paroxismo, de carencia no sólo intelectual sino moral. Y sobre todo, sobre todo, la acusó de mentir. Una pista de esta contradictoria andanada la puede brindar el título de una revista que estaba a punto de sacar a la calle una de sus fundaciones: IVA. Idees, Valors, Actituds. Amargo sarcasmo.

También acusó a las diputadas y los diputados que le preguntaban de mezclar cuestiones y perderse en detalles nimios, cuando previamente él había puesto en el mismo saco cuestiones políticas como la LOAPA o el 23-F y las dificultades de una empresa (privada) como Enciclopèdia Catalana; sorprendentemente citó incluso uno de sus diccionarios, el de sánscrito. Amenazó con metáforas de ramas rotas y nidos dañados sin excepción (metaforizaran lo que metaforizaran los nidos). Si era una astuta maniobra para disimular su objetivo de no contestar, el temblor lleno de ira de sus manos demostró que perdió el control. No tuvo suficiente astucia para darse cuenta de que ni el país ni la gente está ya para aguantar regañinas o gritos; ni para comulgar con ruedas de molino como la historieta con la que intento encandilar en su primera intervención (dicho sea de paso, desde el 25 de julio se entiende mucho más la perenne sonrisa de Monnalisa que Fèlix Millet pasea por los juzgados).

Un detalle interesante de la comparecencia fue que Pujol informó de que ya era muy rico antes de dedicarse a la política (aunque esto no excluye que alguien pueda tener la tentación de dedicarse a ella para enriquecerse aún más). Ligado a esto, hubo otro aspecto muy notable. Presentó su dedicación a la política como un sacrificio enorme, como un servicio, como una renuncia (no lo parece, sobre todo teniendo en cuenta que las alternativas que dijo que se le ocurrieron -relativamente joven pero ya rico- eran dedicarse a los negocios, dar vueltas al mundo, coleccionar obras de arte, financiar iniciativas científicas y poco más). En general, no parece que dedicarte a lo que más tienes ganas de hacer, a lo que te pide el cuerpo, sea una renuncia, sobre todo si es lo que más plenamente te satisface. Es difícil mantener que dedicarse a lo que literalmente definió como su "razón de ser" pueda considerarse un sacrificio (me da la impresión de que muchas grandes trayectorias se deben a un puro, útil y sano egoísmo). Debe de añadírsele la recompensa de haber cumplido un deber moral, así como todas las que se derivan si la persona es cristiana.

Esto lleva a otro detalle que tampoco es en absoluto trivial. Muy a la masculina manera, la dedicación no le ocasionó ninguna renuncia: pudo compaginarla con vida privada y personal, así como procrear una numerosa prole y siempre tuvo resueltos los problemas de intendencia. Es un lugar común la anécdota que cuenta que cuando Pujol se declaró a su futura mujer le advirtió que ella sería siempre la segunda, que la primera era Cataluña (planteamiento y frase dignos también de psicoanálisis). Nadie le criticó por dedicarse en cuerpo y alma a su causa. Al contrario, hay quien lo ve muy meritorio. ¿Se imaginan la misma trayectoria protagonizada por una política? ¿Qué vida privada habría podido tener una mujer en este caso?, ¿cuál habría podido permitirse tamaño exceso en la reproducción? ¿De qué modo sería juzgada una mujer que diera a luz siete veces y no se preocupara más de ello?, ¿que ni siquiera supiera a qué se dedica su descendencia?