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06/08/2014 07:41 CEST | Actualizado 05/10/2014 11:12 CEST

El crepúsculo de las simias

El tratamiento de las simias es francamente detestable y deplorable. Los machos lo hacen todo; mientras tanto, ellas tal vez se dediquen a hacer reuniones de tupperwares encaramadas en la copa de un árbol no muy alto o quizás van a la peluquería dándose un garbeo.

Este artículo también está disponible en catalán.

Llega un día en que tienes ya la edad adecuada para permitirte alguna veleidad. Total que, aprovechando el relax de agosto, decidí que podía hollar el planeta de las monas y me fui a ver El amanecer del planeta de los simios, de Matt Reeves (EEUU, 2014).

Primera consideración: la película se entiende perfectamente por sí misma aunque no se haya visto ninguna otra de la serie. Segunda consideración: es la primera película subtitulada que, en vez de desanimar, anima; el inglés simiesco es perfectamente comprensible. En un momento de reprobable indulgencia incluso puede hacerte creer que lo dominas.

No descubriré ningún misterio si digo que el film trata, entre otras cosas, de la difícil convivencia entre personas y monas o, lo que es lo mismo, entre el género humano y lo otro, el otro o, incluso si me apuran, la otra. Porque la acción transcurre después de una epidemia de gripe atribuida a los monos que puede leerse como trasunto del sida. O, si vamos a un detalle de la película, trasunto quizás de la población negra. Por ejemplo, de la gente negra protagonista de La cabaña del tío Tom, o de tantos y tantos filmes de Hollywood. En efecto, hay un paraje en el que un mono quiere hacerse simpático a unos hombres y, para que se confíen -sabedor de cómo las gastan y de cómo son, no en vano pasó gran parte de su vida encarcelado y fue torturado por representantes de la humanidad-, no para de hacer «monerías», el comportamiento bobo, naif y tópico que la humanidad espera de las bestias, ya sean monas, delfines o lo que sea.

En todo caso, la capacidad de habla, la sonrisa y las lágrimas hermanan a (algunas) personas y a monas en una película que viene a decir que seres perversos los hay tanto entre las monas como entre la gente. Que se parecen más las monas y las personas malas entre sí (o las buenas entre sí) que homogéneo es el género humano o el género simiesco. Y que es mucho más fácil desencadenar el mal (con una pequeña chispa basta) que el bien. Todo ello trufado con muchas escenas de acción guerrera, para mi gusto demasiado largas, cansadas y cansinas, pero quizá esta opinión se deba a mi ignorancia sobre este determinado género.

Tercera consideración: los tópicos continúan y, a pesar de ser una película de 2014, hay tan sólo una única y sola mujer como representante del género femenino inmersa en el grupito protagonista humano, quizás porque han considerado que no es bueno que el héroe esté solo, o tal vez porque tiene que ganarse la confianza del hijo de su compañero (no se entiende que le cueste tanto teniendo en cuenta que el crío es un trozo de pan). Sabemos solamente un único nombre de mujer; hay una única mujer individualizada.

De todas formas, respecto a las monas, la cosa es mucho peor. Ni un nombre que saque del anonimato al menos a una, que la individualice, que la personalice. El objetivo sólo se fija en la mujer del jefe de la tribu, en César. Quizás porque ha de parir, quizá porque no es bueno que el mono esté solo, quizá porque alguna bestia tiene que enfermar para que así la doctora la pueda curar. Por cierto, hacia el final, el jefe de las monas manifiesta con emoción trascendente que el protagonista humano masculino es un buen hombre; nos quedamos sin saber qué piensa, qué siente respecto a la protagonista humana femenina; guionistas y director lo han considerado irrelevante, si no directamente despreciable; ni se la mira.

El tratamiento de las simias es francamente detestable y deplorable. Para que las distingamos de los machos les han plantificado una diadema o tiara que -y perdonen la fácil pero casi obligatoria redundancia- consigue que estén de lo más monas y que, inverosímilmente, no se la quiten ni para parir; curiosamente, parece que lleven velo, que habiten en un harén. Los machos lo hacen todo; mientras tanto, ellas tal vez se dediquen a hacer reuniones de tupperwares encaramadas en la copa de un árbol no muy alto o quizás van a la peluquería dándose un garbeo. Y si no se las ve depilarse debe ser porque a la y a los guionistas no se les pasó por la cabeza esta posibilidad.

En este aspecto, el film sigue el camino abierto por En busca del fuego, del director Jean-Jacques Annaud (Canadá-EEUU-Francia, 1981). Película que, para mi pasmo, se utilizaba en los institutos como recurso didáctico. No es necesario decir que, a pesar del vistoso lenguaje gutural inventado por Anthony Burgess y el lenguaje corporal diseñado y supervisado por el prestigioso Desmond Morris, las homínidas (o humanoides) brillaban por su ausencia, eran prácticamente inexistentes. Hasta aquí les alcanzó el escrúpulo por lo científico y la modernidad. Al comenzar la película, en el pequeño poblado, no se veía a ninguna criatura o bebé, quizá porque las respectivas madres las habían llevado a la guardería. Una única protagonista destacaba en el film, quizás porque era imprescindible para ejemplificar que uno de los avances de la humanidad era pasar a hacer el amor (heterosexual) de frente -cara a cara--y no con el macho desde atrás. ¿Qué necesidad tenían de presentar más de una mujer si, como demuestra gran parte de cómics -desde Asterix a Tintín, pasando por los Pitufos-, todas las homínidas (o las monas, o las mujeres) son iguales y, por tanto, con una sobra?