BLOGS
12/03/2018 07:32 CET | Actualizado 12/03/2018 07:32 CET

Perdí a mi madre durante mi primer embarazo

Original illustration by Healthline

Me lo volvió a preguntar: "¿Cómo murió tu mamá?"

Y volví a contarle a mi hijo que su abuela tuvo cáncer, pero esta vez pareció no bastarle y siguió haciendo preguntas:

"¿Cuánto hace de eso?"

"¿Llegó a conocerme?"

"Recuerdo a tu papá, pero ¿por qué no recuerdo a tu mamá?"

No sé si voy a poder seguir esquivando su curiosidad por mucho más tiempo. Al fin y al cabo, Ben ya tiene 9 años y es muy curioso y atento.

Le digo la verdad: Nunca llegó a conocerle.

Espero que sea suficiente por ahora. Sus ojos se llenan de tristeza y se acerca para abrazarme. Me doy cuenta de que quiere más información, pero todavía no estoy preparada para dársela. No puedo decirle que murió cuando llevaba tres meses embarazada de él.

Todo fue muy inoportuno

El día de mi 21 cumpleaños, mi madre me contó que, cuando yo tenía 3 años, le di un golpe tan fuerte que le hice un moratón en el pecho. Después de varias semanas de dolor, acudió al doctor. Le hicieron una radiografía y otras pruebas, que acabaron revelando que tenía cáncer de mama en estadio 3.

Ella tenía 35 años, la misma edad que tenía su madre cuando le diagnosticaron cáncer de pecho, y la misma edad a la que, algunos años después, también se lo diagnosticarían a su hermana pequeña. A mi madre le tuvieron que hacer una mastectomía doble, participó en un ensayo clínico y superó varias recaídas durante los 26 años posteriores.

Pocas horas después de enterarme de que estaba embarazada por primera vez, nos informaron de que el cáncer de mi madre se había expandido. Durante dos meses, le prometí a mi madre que viviría el tiempo suficiente para conocer a mi hijo. "Ya has superado el cáncer otras veces, sé que puedes volver a hacerlo", le decía.

Sin embargo, conforme el cáncer progresaba, me iba quedando cada vez más claro que moriría antes de que naciera el bebé. Me sentí egoísta por esperar que siguiera luchando para que pudiera ser testigo de cómo crecía mi barriga y estuviera conmigo en el paritorio, y que me ayudara con la maternidad. Entonces, de repente, todo mi egoísmo se transformó en compasión. Lo único que quería era que desapareciera su dolor.

Cuando empecé a notar los síntomas del tercer mes de mi embarazo, fui a hablar con mi madre muy ilusionada para contárselo, pero también tenía miedo. Cuando se lo dije, me miró con una mezcla de alivio y angustia. "Es maravilloso", dijo. Ambas sabíamos lo que de verdad quería decir: "Me tengo que ir".

Falleció pocos días después.

Encontrar motivos por los que estar feliz pese al sufrimiento

Mi embarazo fue como una montaña rusa, estuvo lleno de altibajos. Quería conocer a mi hijo y a la vez me sentía muy triste por la muerte de mi madre. Estaba agradecida a mi marido, familia y amigos por su apoyo. Incluso me ayudó el hecho de vivir en una ciudad tan dinámica como es Chicago, pues me permitía moverme, pensar en otras cosas y dejar de lado la autocompasión. Podía pensar en cosas tristes en privado, pero no me sentía aislada.

Cuando alcancé los seis meses de embarazo, mi marido y yo fuimos a nuestro sitio favorito: el club de la comedia de Zanies. Fue la primera vez que me percaté del fuerte vínculo que tenía con mi bebé. Todos los comediantes eran muy divertidos, y yo me reía a carcajadas. Al final de la noche, me reí tanto que mi bebé se dio cuenta. Cada vez que me reía, daba una patadita. Cuanto más intensa era mi risa, más intensa eran sus patadas. Al final del espectáculo parecía que nos estuviéramos riendo al unísono.

Aquella noche me fui a casa con la certeza de que mi hijo y yo estábamos conectados de un modo que solo entienden las madres y los hijos. Me moría de ganas de conocerle.

Lo único que puedo darles es mis recuerdos

A lo largo de mi último trimestre de embarazo, los planes para la llegada del bebé me agotaron. Y antes de que pudiera darme cuenta, Ben ya estaba aquí.

No recuerdo bien cómo mi marido y yo pasamos aquellos primeros meses. Mi suegra y mi hermana fueron de gran ayuda, y mi padre siempre estaba dispuesto a escucharme para que me desahogara. Con el tiempo fuimos aprendiendo, como todos los padres primerizos.

Pasados algunos años, tanto Ben como mi hija comenzaron a preguntarme por mis padres (mi padre falleció cuando Ben tenía tres años y Cayla uno). Les di algunos detalles: que mi padre era muy divertido y mi madre muy amable. Pero acabé aceptando el hecho de que nunca iban a llegar a conocerles de verdad. Tendrían que conformarse con mis recuerdos.

No quiero hablar sobre cuándo y cómo murió, quiero que mis hijos sepan que vivió.

Conforme se aproximaba el décimo aniversario de la muerte de mi madre, empecé a darle muchas vueltas a la cabeza sobre cómo actuar. En lugar de esconderme en mi habitación todo el día, que era lo que de verdad quería hacer, decidí ser positiva, como ella había sido siempre.

Les mostré a mis hijos mis fotos favoritas de ella y algunos vídeos divertidos de mi infancia. Les cociné la receta de pizza casera de mi madre, algo que echo mucho de menos. Lo mejor de todo fue explicarles que había ciertas cualidades de su abuela que se veían reflejadas en ellos. Ben tiene su compasión innata por los demás, y Cayla ha sacado de ella esos preciosos ojos azules. Se les iluminaron los ojos al saber que ella formaba parte de ellos pese a su ausencia.

Cuando Ben comenzó a hacer preguntas, respondí de la mejor manera que pude. Pero me guardé para mí la fecha de su muerte, algo que no paraba de preguntar. No quiero hablar sobre cuándo y cómo murió, quiero que mis hijos sepan que vivió.

Puede que algún día les cuente la historia completa. Quizá cuando cumplan 21 años, a la misma edad en la que mi madre me lo dijo a mí.

Este artículo fue publicado originalmente en Healthline, posteriormente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

NOTICIA PATROCINADA