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06/04/2018 07:28 CEST | Actualizado 06/04/2018 11:49 CEST

Hawking, un astrofísico filomarxista

Lucas Jackson / Reuters

Se nos ha venido encima la noticia, como algo completamente inesperado. La imagen de Stephen Hawking nos era tan habitual y cotidiana, tan aferrada a una fragilidad perenne, que nos parecía que siempre estaría ahí. Que esa precariedad de su estado físico y la fortaleza de su pensamiento, componían un oxímoron alejado de las miserias del tiempo, lo cual habría de convertirle en un intocable para la muerte.

Pero Hawking se ha marchado, con la serenidad de quien sabía mejor que nadie hasta donde alcanzaban sus fuerzas y de dónde provenía el regalo que le permitía seguir viviendo contra todo pronóstico. Su imponente tarea de divulgación, como físico teórico, cosmólogo, astrofísico, emerge ahora con toda su grandeza y simplicidad.

Somos polvo de estrellas. Tal vez de ahí su insistencia, 'mirad arriba hacia las estrellas y no abajo hacia vuestros pies'

Somos polvo de estrellas. Nada más, pero tampoco menos. Y si fueran verdad sus últimas investigaciones, ese polvo de estrellas, su tiempo y su espacio, la materia, la energía, el movimiento, podrían organizarse en universos paralelos, en eso que los científicos llaman multiversos.

Tal vez de ahí su insistencia, "mirad arriba hacia las estrellas y no abajo hacia vuestros pies". Una de las frases por las que está siendo más recordado en estos días. Hasta el último momento ha desplegado sus líneas de pensamiento, conduciendolas hasta sus últimas consecuencias.

Al reflexionar sobre el futuro de robotización, la inteligencia artificial, la revolución digital, Hawking ha llevado su honestidad hasta formular la idea de que "debemos tener miedo del capitalismo, no de los robots". Y es que el debate sobre el trabajo humano vuelve a adquirir plena actualidad, dos siglos después de la aparición del ludismo como forma de lucha de los artesanos y trabajadores, consistente en destruir las máquinas que arruinaban el empleo y arrojaban a la miseria a buena parte de la clase obrera británica, en los inicios de la revolución industrial.

Ahora, cuando un cierto neoludismo parece abrirse camino, ante los miedos suscitados y las amenazas que se vaticinan, a causa de los imparables y acelerados avances tecnológicos, las posiciones mantenidas por Marx, Engels, o Lafargue, vuelven a encontrar un baluarte sólido en Hawking, bien conectado con las opiniones actuales de investigadores y pensadores europeos y estadounidenses, que coinciden en que el problema, No es la tecnología, es el capitalismo.

Viene de lejos y es tremendamente antiguo y moderno, este debate sobre el desarrollo tecnológico, el futuro del empleo y el reparto de la riqueza generada

Es Carlos Marx quien anunciaba que el desarrollo tecnológico debería desembocar "en la sociedad comunista, en la que nadie tiene una esfera exclusiva de actividad, sino que cada uno puede realizarse en el campo que desee, la sociedad regula la producción general, haciendo cada uno posible el hacer hoy una cosa y mañana otra distinta: Cazar por la mañana, pescar después de comer, criar ganado al atardecer y criticar a la hora de la cena; todo según sus propios deseos y sin necesidad de convertirse nunca ni en cazador, ni en pescador, ni en pastor, ni en crítico".

La verdad es que el yerno santiaguero de Don Carlos, Paul Lafargue, con muchas mayores dotes de publicista, lo expresaba con bastante más gracia, en su ensayo El Derecho a la Pereza, cuando habla de sus compatriotas diciendo que "para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. Hay un proverbio español que dice descansar es salud".

Tal y como el capitalismo iba definiendo el trabajo humano, no es extraño que el propagandista del marxismo lance este reproche a quienes se echaban en brazos de un trabajo degradante, "trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciendoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista".

Viene de lejos y es tremendamente antiguo y moderno, este debate sobre el desarrollo tecnológico, el futuro del empleo y el reparto de la riqueza generada. Actualidad y modernidad de Lafargue cuando replica a los filósofos tempranos del capitalismo, a los que ahora llamaríamos ultraliberales, aunque a ellos les gusta definirse como "anarcocapitalistas" (vivir para ver), "aún no han alcanzado a comprender que la máquina es la redentora de la humanidad, la diosa que rescatará al hombre de las sórdidas artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dará ocios y libertad".

La misma modernidad y sentido equilibrado que aporta Hawking cuando nos dice que "si las máquinas producen todo lo que necesitamos, el resultado dependerá de cómo se distribuyen las cosas. Todo el mundo podrá disfrutar de una vida de lujo ociosa si la riqueza producida por las máquinas es compartida, o la mayoría de la gente puede acabar siendo miserablemente pobre si los propietarios de las máquinas cabildean con éxito contra la redistribución de la riqueza. Hasta ahora, la tendencia parece ser hacia la segunda opción, con la tecnología provocando cada vez mayor desigualdad".

La verdad es que, para haber sido un hombre que miraba las estrellas, Hawking nos ha legado una espléndida manera de otear el horizonte y un soberbio deseo de contemplar sin miedo los atardeceres de un mundo que se marcha cada día bajo el Cielo Protector. Tal vez porque, a la manera de Paul Bowles, siempre supo que, "el cielo aquí es muy extraño. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás".

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