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09/05/2018 23:30 CEST | Actualizado 12/05/2018 08:34 CEST

Mary Shelley, Prometeo era mujer

Pixabay

Estos días nos han recordado que un tal Karl Marx nació hace doscientos años en un lugar llamado Tréveris. Los chinos han puesto la guinda del pastel de cumpleaños, regalando a la ciudad alemana una impresionante estatua del filósofo de más de cuatro metros de altura y que pesa más de dos mil kilos.

Es verdad que la conmemoración merece los cientos de actos que, tan sólo en su ciudad natal, se han organizado. No en vano recordamos al pensador que un día nos advirtió que Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Las transformaciones que aquella reflexión produjo, han llegado hasta nuestros días con consecuencias positivas y negativas de todo tipo.

Mucha menos repercusión ha tenido otra noticia que, sin embargo, me parece también muy importante. Se cumple también el bicentenario de aquella modesta edición de 500 ejemplares del libro Frankenstein o el moderno Prometeo. Curiosamente no llevaba firma y, no pocos, sospecharon la autoría de Percy B. Shelley. Sin embargo, la segunda edición, publicada tres años después, despeja el nombre del autor, que resulta ser autora, Mary Shelley.

¿De dónde sacó aquella jovencita de menos de veinte años una historia tan terrible, que aún representa un horror universal, un terror que nos perturba, doscientos años después de que viera la luz por primera vez?

Es bien conocida la historia de aquellos cuatro personajes reunidos en la Villa Diodati, junto al Lago Lemán, cerca de Ginebra, donde Lord Byron, su médico personal Polidori, el poeta Shelley y su pareja Mary Wollstonecraft Godwin, quien más tarde se casará con el poeta y tomará el apellido del esposo.

¿De dónde sacó aquella jovencita de menos de veinte años una historia tan terrible, que aún representa un horror universal, un terror que nos perturba, doscientos años después de que viera la luz por primera vez? Aquella jovencita que había huido de su padre para unirse a uno de sus alumnos, Percy B. Shelley, era hija de Mary Wollstonekraft, una de las primeras feministas que lucharon por la igualdad. Una mujer que, contra todo pronóstico y corriente, vivió de su escritura. De su mano salieron relatos, novelas, ensayos, libros de viajes, o para la infancia. Murió al poco de nacer su hija, pero el peso de su obra y de su vida, no murieron con ella.

Pero es que además, el padre de Mary era William Godwin, que ha pasado a la historia como filósofo, precursor y difusor de las ideas anarquistas, pero sobre todo por haber sido esposo y padre de estas dos mujeres llamadas Mary. Con estos antecedentes, con estos progenitores, no es extraño que Mary se adentrase en la narrativa, el ensayo, el teatro, la filosofía, la historia, o la biografía.

La ciencia frente a sus límites éticos y morales. La racionalidad, la razón, frente al terror que provoca el propio ser humano

No en vano Mary creció, de la mano de su padre, escuchando a todo tipo de pensadores, filósofos, científicos, políticos, escritores. Unamos todos estos ingredientes en la coctelera del Lago de Ginebra, en aquel año sin verano, causado por el invierno volcánico que trajo consigo la erupción del Tambora, en la lejana Indonesia, que produjo cambio climático, pérdida de las cosechas, muerte de los animales y hambre generalizada en el hemisferio Norte.

La soberbia humana, la ciencia, la razón, enfrentadas al desencadenamiento descontrolado de las fuerzas de la naturaleza. El ser humano desafiante frente a un Dios que, lejos de morir, se convierte en espejo que nos devuelve la imagen del miedo que nos invade al comprobar las consecuencias monstruosas de nuestros actos. La ciencia frente a sus límites éticos y morales. La racionalidad, la razón, frente al terror que provoca el propio ser humano.

Aquella joven, que acudía al encuentro ginebrino con un hijo muerto y otro vivo, parecía llevar dentro de sí todas las preguntas que nos formularíamos mucho después, sobre el terror que puede emanar en un mundo de ciencia sin límites. El miedo que nos invade y atenaza en nuestros días, se encontraba ya en aquel primer libro de ciencia ficción.

No fue fácil la vida de Mary, como si también el monstruo que creó, la persiguiese

No fue fácil la vida de Mary, como si también el monstruo que creó, la persiguiese. Tres de sus cuatro hijos murieron. Su esposo, el poeta Percy B. Shelley murió joven, ahogado, al naufragar su velero en el golfo de La Spezia. Desde entonces dedicó su vida a difundir la obra de Percy, educar a su hijo y a escribir, escribir, escribir, aunque hasta fechas recientes sólo haya sido reconocida por su Frankenstein. Murió también joven, tras vivir sus últimos años aquejada por una larga enfermedad provocada por un tumor cerebral.

Supongo que si las fuerzas de la razón desencadenadas para transformar el mundo, se hubieran visto acompañadas desde el principio por el impulso de la libertad, la necesidad de la cooperación y ese valor de la compasión que Mary Shelley admiraba en las mujeres de su tiempo, nunca hubiéramos dado vida a los monstruos que nos han devorado durante todo el siglo XX y que, con renovada fuerza, atormentan nuestros sueños en el siglo presente.

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