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28/10/2014 07:05 CET | Actualizado 27/12/2014 11:12 CET

Túnez persiste (afortunadamente) en la senda democrática

No han estado salpicadas por la violencia; no sirven para reforzar la idea estereotipada de que los árabes no están preparados para la democracia. Y por eso apenas ocuparán un espacio secundario en las secciones de internacional de los medios de comunicación. Pero en el caso de Túnez, hay mucho de novedoso e importante.

No han estado salpicadas por la violencia; no han provocado un vuelco espectacular en las preferencias de los votantes; no sirven para reforzar la idea estereotipada de que los árabes no están preparados para la democracia. Y por eso apenas ocuparán un espacio secundario en las secciones de internacional de los medios de comunicación, en una jornada en la que también Brasil, Ucrania y Uruguay celebraban elecciones. Pero en el caso de Túnez, hay mucho de novedoso e importante.

Tras la aprobación de la Constitución, en enero pasado, y de la nueva ley electoral, sancionada en mayo, la jornada ha mostrado, por encima de todo, la madurez política tanto de políticos como de votantes. A diferencia de lo ocurrido en el resto de los países en los que la movilización ciudadana logró derribar al dictador de turno -Egipto, Libia y Yemen-, los políticos tunecinos han logrado gestionar sus diferencias sin recurrir a la violencia y sumando fuerzas para constituir un Gobierno de coalición liderado por el partido islamista Ennahda, con Ettakatol y Congreso para la República como socios (ambos ahora abandonados por los votantes). La presión combinada de una ciudadanía exigente y del FMI (más que de Washington o Bruselas) son los factores principales que explican cómo se lograron superar los momentos más críticos -asesinato de dirigentes políticos, operaciones antiterroristas, auge del salafismo y readmisión en el juego político de figuras ligadas al antiguo régimen-. Por un lado, Enanhda logró evitar la tentación caudillista de sus correligionarios egipcios -incluso dando un paso atrás para permitir la formación de un Gobierno tecnocrático en estos meses pasados -y la pretensión de los salafistas de imponer una agenda islamista radical; por otro, buena parte de los grupos opositores laicos consiguieron aunar posturas hasta confluir en Nida Tunis (La Llamada por Túnez; creada hace apenas dos años).

Por su parte, y a pesar de las dificultades que afectan a la vida de los once millones de tunecinos (resumidas en pérdida de bienestar y creciente inseguridad), los votantes mostraron su decidida voluntad de participación en una nueva cita con las urnas, superando en ocho puntos el nivel registrado en los comicios celebrados en 2011. Se alcanzó así un 60% de participación (contando con que de los 8,2 millones de potenciales votantes, 5,2 se registraron para poder ejercer su derecho). Como resultado de todo ello, los datos provisionales señalan que Nida Tunis -que agrupa a la izquierda moderada, identificada genéricamente con la visión de Habib Bouguiba, aunque mantiene vínculos tanto con los principales representantes del sector privado y los sindicatos, como con figuras del antiguo régimen- encabeza las preferencias de los votantes (con 83 escaños), seguido de cerca por Ennahda (68).

Si se confirma este resultado lo más probable será la conformación de una nueva coalición gubernamental (dado que la suma de ambas fuerzas les permitiría disfrutar de una holgada mayoría en la Asamblea de 217 escaños que debe constituirse a continuación). De hecho, los dirigentes de ambas formaciones han manifestado reiteradamente su voluntad de aunar fuerzas para gestionar los retos más inmediatos de quien cabe identificar como el único proceso positivo de todos los que se engloban en la, por otro lado, inexistente Primavera Árabe.

Unos retos que pasan por mejorar la situación económica, caracterizada por un 17% de paro, una inquietante caída de la inversión extranjera y un retraimiento del turismo, pilar destacado de la economía nacional. Al mismo tiempo, sigue pendiente atender al desafío que plantea el salafismo y, más aún, el terrorismo yihadista (inquieta sobremanera el hecho de que más de 3000 tunecinos se hayan integrado en las filas del Estado Islámico y algunos centenares militen en los grupos violentos que actúan en el país o en sus zonas fronterizas). No menos importante es lograr que tanto jóvenes como mujeres se sientan partícipes de un proceso dominado por Beji Caid Essebsi, líder de Nida Tunis, con 87 años, y por Rachid Ghanuchi, líder de Ennahda, con 73. Los jóvenes se han visto arrinconados en esta nueva etapa -sin que la entrada en juego como tercera fuerza (con 17 escaños) de la Unión Patriótica Libre, encabezada por Slim Riahi (42 años y apodado el "Berlusconi tunecino"), modifique esa realidad-, tras haber sido los más activos en la movilización contra la dictadura. Las mujeres, igualmente muy activas durante las movilizaciones, no se contentan con las listas cremallera electorales, conscientes de que su presencia pública va a quedar muy lejos de la ansiada paridad.

Por último, cabe suponer que tampoco será sencillo gestionar los problemas que planteará la implementación de la ley que ha permitido a antiguos dirigentes de la dictadura volver a integrarse en la vida política nacional (el propio Essebsi fue presidente del parlamento). La siguiente parada en un proceso esperanzador, pero todavía frágil, serán las elecciones presidenciales del próximo 23 de noviembre, a las que no se puede asegurar que se llegue ya con un gobierno constituido (y para las que Ennahda ha desistido de presentar candidato, mientras sí lo han hecho al menos tres exministros de Ben Ali).