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01/02/2014 10:05 CET | Actualizado 03/04/2014 11:12 CEST

Somos como águilas, Jack: aquí arriba somos libres

Brokeback Mountain, solo por llevar un amor homosexual al mundo de la ópera, ya ha hecho historia. Desde el Palco Real, no sé qué pensará la Reina Sofía de todo este mariconeo. Aunque seguro que no piensa nada, porque no irá. ¿O sí?

No siendo yo nada objetivo con todo lo que rodea a Brokeback Mountain, quizá no sea el más indicado para comentar la ópera que se ha estrenado en el Teatro Real de Madrid el 28 de enero de 2014 (recordemos que es un estreno mundial, por una serie de carambolas en las que no me quiero meter, pero que la alcaldesa de Madrid sea hoy Ana Botella, la reina de las peras y las manzanas, no deja de tener cierta gracia poética).

Tampoco es que sea un experto en música (ni en nada, sinceramente), pero es verdad que siempre he tenido un especial interés por la música del siglo XX, y no me refiero a Hombres G sino que desde joven he sido más de escuchar a Luigi Nono o Pierre Henry que a los Celtas Cortos. Si no se está acostumbrado a la música atonal, al dodecafonismo a oír a Alban Berg, Anton Webern o Arnold Schönberg, o incluso Benjamin Britten, si lo más musical que se ha visto es Hoy no me puedo levantar, se tendrá la sensación de que Brokeback Mountain es lo más parecido a dejarle un xilófono a un niño loco. Charles Wuorinen, autor de la música, es un hombre de su tiempo y compone música de su tiempo. Quizá por eso, a algunos, entre los que me encuentro, la partitura de Brokeback Mountain nos ha parecido mucho más convencional de lo que esperábamos. (Por cierto, y saliéndonos del tema, Wuorinen se casó hace poco con Howard Stokar, su compañero de toda la vida).

El libreto de Annie Prouxl, que recordemos fue la autora del relato original del que salió todo esto, es, sin embargo, muy parecido (incluso con frases exactas) a las que todos recordarán de la excelente película de Ang Lee: Ennis del Mar, esa isla de carne que se niega a abrirse al amor y que sin embargo es capaz de darlo: la pelea a puñetazos, el beso a escondidas después de cuatro años... Jack Twist es mucho más cercano, mucho más práctico, idealista e irresponsable, pero cómo no caer rendido ante la manera como sueña delante de la hoguera. Jack Twist es puro amor. Y las montañas, la belleza y la libertad (y la dureza) de las montañas frente a la opresión doméstica (quizá sea lo bonito de esta historia: generalmente los amores homosexuales han sido sórdidos. Aquí la sordidez es heterosexual).

La escenografía es la esperable: montañas y ovejas en la primera parte frente a la oscuridad y la cutrez doméstica a lo Hopper de la segunda: difícilmente se olvida la escena de Ennis acuclillado contra la lavadora al lado del cesto de la ropa sucia, quizá una de las más deprimentes de la historia de la ópera. Daniel Okulitch, está espléndido como Ennis del Mar. A pesar de los tiempos en los que estamos hay que ser valiente para interpretar un papel así. Pero él ya salió desnudo en un escenario en The Fly (busquen luego en youtube, no dejo el enlace para que no se me despisten). Lo tiene todo superado. Y absolutamente entrañable, optimista y simpático es Jack Twist, interpretado por Tom Randle.

Así, si el texto, la escenografía e incluso la interpretación son comparables a los de la película de Ang Lee (si es que una ópera y una película se pueden comparar), desde luego la música no lo es. La música (como el arte, como las matemáticas) es un lenguaje que es preciso comprender. Para un neófito, oír Brokeback Mountain en el Teatro Real es como leer un libro en polaco sin saber polaco. Si la música de Santaolalla se dirigía directamente al corazón del espectador, Wuorinen se dirige al cerebro, y el cerebro no es un músculo.

Por lo demás, Brokeback Mountain es una obra maestra. Sería inacabable recordar cada uno de los momentos de sublime belleza (si es que esas dos palabras pueden ir juntas después de Kant) que alcanza la partitura de Wuorinen. Los cinco (magistrales) primeros minutos nos introducen en un mundo sórdido y opresivo del que saldremos en escasas ocasiones durante las dos horas: el rascar de una paleta en la sartén, una llamada de teléfono, los golpes de Jack contra la puerta de Ennis. Belleza difícil como ya dije, belleza sin concesiones al sentimentalismo. Pero la belleza fácil no vale la pena.

Ojalá su recorrido (que acaba de empezar) sea muy largo. Pero quizá la trascendencia sea mucho más por su avance social que musical: solo por llevar un amor homosexual al mundo de la ópera ya ha hecho historia (tema que no es nuevo, pero los americanos son así, parece que lo descubren todo ellos). Desde el Palco Real, no sé qué pensará la Reina Sofía de todo este mariconeo. Aunque seguro que no piensa nada, porque no irá. ¿O sí?

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