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07/03/2019 07:20 CET | Actualizado 07/03/2019 07:20 CET

Tiempo de movilización

Tiempo de movilización

En la medida en que se aproxima el 26-M -fecha de las próximas elecciones europeas-, se intensifica la acuciante necesidad de explicar hasta la extenuación el hecho que mejor resume el déficit de comunicación de la construcción europea: la urna en la que elegimos el Parlamento Europeo (PE) -en simultaneidad, esta vez, a las elecciones locales, insulares en Canarias y Baleares, y autonómicas en doce CC AA- no solo no es menos importante que ninguna otra, sino que es más importante que nunca antes en la historia.

El PE es el motor democrático de la integración europea: la única institución directamente electiva, la única legitimada por el sufragio directo y universal de 500 millones de ciudadanas y ciudadanos europeos. No conoce ningún "déficit" de legitimación -lo elige la ciudadanía europea- ni de funcionalidad: inviste al Presidente/a de la Comisión de acuerdo con el resultado de las elecciones europeas; controla a la Comisión; aprueba el Marco Financiero Plurianual (determinante a su vez del "techo de gasto" en los respectivos presupuestos de los Estados Miembros, EE MM), establece el Presupuesto anual de la UE; legisla sobre una enormidad de ámbitos competenciales, incluidos los derechos de la ciudadanía, la legislación penal, las libertades constitutivas de la UE, la cooperación judicial y la seguridad contra la criminalidad transnacional en la UE. Y es la última palabra en los Tratados y Acuerdos internacionales de la UE, incluidos los de comercio exterior.

Decididamente, no: el PE no conoce "déficit" como institución representativa y legislativa. Su único déficit reconocible es de comunicación con la ciudadanía a la que representa, en la que inciden la ausencia de una genuina y real "opinión pública europea" y su conexión con la ausencia de verdaderos medios de comunicación europeos, lo que dificulta, si es que no impide, la conformación progresiva de un cuerpo político sólido -un "demos" paneuropeo- por encima de las identidades de los EE MM.

Y, sin embargo, con todo, nunca ha sido el PE tan determinante como lo es ahora para la corrección de los extensos males que afligen a las atribuladas sociedades democráticas -y, por ende, abiertas y conflictivas- de los EE MM de la UE. Nunca antes como ahora había sido tan decisiva la composición del PE para preservar lo alcanzado y para relanzar el proyecto.

Siendo esto así, no obstante, es una irónica obviedad que el esfuerzo explicativo acerca de lo que está en juego en la inminente campaña para el 26 M será, en esta ocasión, singularmente arduo.

Esa antiEuropa se mueve desde hace tiempo al rebufo de un retorno al egoísmo insolidario de los prejuicios cruzados, las desconfianzas mutuas y el negacionismo.

Para empezar, lo será precisamente por la acumulación de urnas y opciones electorales que en España nos disponemos a votar en los dos próximos meses. 28 A, dos urnas -Congreso y Senado- en elecciones generales; tres -Cortes Valencianas, en la Comunidad Valenciana-; apenas 4 semanas después, en simultáneo y paralelo, serán 3, 4 o 5 urnas (en la Comunidad Canaria) las que acometeremos el 26 M. Por lo que crece aún más, si cabe, la importancia de advertir la obligada narrativa que haga posible elegir, y hacerlo en cada escalón de nuestra representación y de ciudadanía, de acuerdo con lo que está en juego.

La secuencia de elecciones sucesivas e inminentes -empezando, claro está, por las elecciones generales del 28 A, que eligen las Cortes Generales, y, a través de estas, el próximo Gobierno de España- resulta en sí una metáfora de la articulación compleja de los círculos concéntricos de espacios de ciudadanía -y de otros tantos gobiernos-, interrelacionados e interdependiente, en que consiste a estas alturas ser vecino de una villa, ciudadano autonómico, nacional y europeo, y serlo todo al mismo tiempo.

Nuestra ciudadanía describe, sí, vínculos concéntricos. Así debe ser porque así lo hemos querido; y así queremos que sea quienes abogamos y combatimos por una integración más fuerte y mejor para nuestra UE. Haciendo frente a la eurofobia que se relame con fruición ante la perspectiva de un deterioro imparable de la voluntad de Europa y un repliegue a las casillas de salida nacionales. Esa antiEuropa se mueve desde hace tiempo al rebufo de un retorno al egoísmo insolidario de los prejuicios cruzados, las desconfianzas mutuas y el negacionismo a la escala supranacional de los retos que tenemos ya a la vista: demográficos, climáticos, energéticos, tecnológicos... existenciales, sin más.

Aprender de las lecciones de los duros episodios que marcan el relato de estos años va a exigir como nunca la activación y activismo de los europeístas. Movilización, en suma.

Por eso, entre otras razones, es urgente lanzarse con todas las fuerzas a la campaña europea no sólo para perfilar este trasfondo de alcance supranacional a las cuitas y desafíos que simultáneamente vamos a ventilar en las demás urnas en juego, sino para cargar la conciencia de acertar a la hora de apostar por una nueva dirección política -y una mayoría- para esa Europa mejor que la actualmente cuestionada. No hay un segundo que perder.

Pero, en tanto, es también cierto que el PE es, además, un Parlamento continuo, ininterrumpido en el tiempo de su actual mandato, 5 años que duran hasta el último minuto. Con Plenos hasta el último día. El Pleno de marzo de Estrasburgo carga su orden del día con informes y debates dominados por el Brexit de nunca acabar, con muchos puntos estresados por los embates de esas fuerzas eurófobas a las que hay que derrotar el 26 M. Aprender de las lecciones de los duros episodios que marcan el relato de estos años va a exigir como nunca la activación y activismo de los europeístas. Movilización, en suma. Una movilización que bien merece el abanico de urnas a punto de desplegarse ante la ciudadanía en España.

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