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19/06/2012 13:40 CEST | Actualizado 19/08/2012 11:12 CEST

La naranja ya no es mecánica

2012-06-19-eurocopa2.jpg Mencionen el término "fútbol total" y al futbolero medio le vendrá a la cabeza la imagen del Mundial de 1974.

Mencionen el término "fútbol total" y al futbolero medio le vendrá a la cabeza la imagen del Mundial de 1974, el de la "Naranja Mecánica"; el gran Johan Cruyff y todo eso. Desde entonces, a cada nueva generación oranje le toca lidiar con el recuerdo de ese equipo mítico, el más romántico de la historia del fútbol, el único que ha reinado durante una década sin necesidad de haber levantado un trofeo. Y la liturgia es siempre la misma. Holanda se presenta en cada nuevo torneo como una de las grandes favoritas. Sus mejores jugadores vienen de triunfar en las mejores ligas del continente, y su estilo de juego es fiel al ideario de sus mayores. Pero siempre se quedan a un paso de la gloria. Bueno, siempre no, porque los "tulipanes" del Milan convirtieron a su selección en campeona de Europa de 1988, gracias a Gullit y a una volea mítica de Van Basten. No ha habido más títulos, pero sí otra final, la del Mundial de Sudáfrica, que desató un nuevo estado de optimismo y euforia en Holanda. La sensación era que el combinado oranje podía obtener el éxito en la Eurocopa de 2012. Había sonado la hora de Robben, Sneijder, Van Persie y compañía. Llegaban más maduros, más expertos, y avalados por una gran fase de clasificación. Pero la historia sigue siendo la misma. Se lanza la moneda al aire y sale cruz. Solo que esta vez ha sido monumental. Eliminados en la primera fase (hay que remontarse a 1980 para encontrar un caso similar), derrotados en los tres partidos (algo que jamás había sucedido en una fase de grupos de la Eurocopa ni de la Copa del Mundo), y perdidas todas las señas de identidad que alimentan la leyenda holandesa desde 1974. Esa es la fecha clave, la que consagró el mito.

Jongbloed Suurbier Rijsbergen Haan Krol Jansen Neeskens Van Hanegem Rep Cruyff y Rensenbrink. Un once para leer todo seguido, como si fuese un solo ente. En ese equipo, todos los jugadores practicaban el mismo culto al juego ofensivo, sustentado en una capacidad técnica extraordinaria (todos los jugadores se desenvolvían con soltura con el balón en los pies, sus pases y movimientos eran exquisitos) y también en un óptimo estado de forma física, que permitía a los atacantes hacerse cargo de tareas defensivas y a la zaga asumir labores ofensivas cuando las circunstancias lo requerían. Frente a un fútbol marcado por la división de tareas, el combinado oranje -arrimado al árbol del éxito del gran Ajax de Ámsterdam - proponía una presión asfixiante sobre el adversario y una absoluta movilidad de posiciones, construida alrededor de un jugador absoluto, de un líder de excepción como Johan Cruyff, depositario de los principios de esta nueva forma de practicar el balompié. Con todo el talento que tenía detrás y la fortaleza nervuda de Rensenbrink en la puerta de al lado, Cruyff era la guinda del pastel, el mago de la chistera.

Las principales herramientas de los neerlandeses eran la velocidad, la habilidad y la intuición táctica, pero también sabían cuidar de sí mismos. Hay un detalle que la gente no recuerda: que los holandeses eran tipos duros. Si no conseguían avanzar, no tenían empacho en retroceder; Krol, Rijsbergen y Haan eran grandes futbolistas, pero no temían alargar el pie cuando la ocasión lo exigía. Y cuando a estas cualidades colectivas e individuales se añadían el virtuosismo de un Van Hanegem o la potencia rematadora de un Neeskens, las melenudas filas del bando naranja adquirían envergadura de ejército formidable, capaz de derribarlo todo a su paso. Y eso fue lo que hizo en el Mundial de Alemania. Holanda incendió la primera fase del torneo. Luego fue un huracán, todo velocidad, precisión e imaginación, ante la impotencia de Argentina y Brasil. Y el día de la gran final, los oranje apretaron el acelerador desde el primer momento. ¡Un minuto, un gol, de penalti! Pero los alemanes de Franz Beckenbauer, el mejor líbero de todos los tiempos, se transformaron entonces en combatientes, a imagen de sus gloriosos predecesores de 1954. Y arrancaron una porfiada victoria que los neerlandeses habían dado por conquistada antes de tiempo.

Cuatro años después, en Argentina, ya sin Cruyff y Van Hanegem, Holanda fue un rival menos convincente, pero todavía formidable. Se clasificó para su segunda final consecutiva por medio de una extraordinaria serie de balones largos. Volvieron a perder, por desgracia, aunque estuvieron a punto de derrotar al país anfitrión en el tiempo reglamentario, pero en la prórroga se vio arrollada por la energía y empuje de Mario Kempes y compañía. El equipo que había iluminado el fútbol en los setenta, que probablemente hizo más que ningún otro por crear el juego moderno, estaba destinado a terminar la década sin ningún gran galardón. Fue la coda de una ópera formidable: apagada su estrella, la "Naranja Mecánica" desapareció de la escena mundialista durante las dos ediciones siguientes.

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