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23/01/2018 07:26 CET | Actualizado 23/01/2018 07:26 CET

Hijos del dios del odio

Getty Images

A veces, sentada frente a esa mole de vida, de historias pasadas, de una Historia que ve cómo un leve viento sur es capaz de limpiar las más negras nubes y la quietud tornar el cielo en un plomizo augurio que explota en rabiosa lluvia o grueso granizo que golpea las realidades en el transcurrir del tiempo que llamamos vida, cuesta remontar el río arriba de la realidad más cruda y volver a la vorágine de una sociedad que parece haber encontrado su espacio en el odio, la víscera, el sentimiento más primitivo.

En 40 años de democracia parece que hemos pasado del espíritu de la transición que pudo entrelazar acuerdos y desacuerdos en un marco de convivencia tejido con mucha generosidad, probablemente debido a los antecedentes del miedo y la falta de libertad y de derechos, a una sociedad que parece haber encallado en una ciénaga de arenas movedizas en las que en el fondo habitan las más bajas pasiones que empujan hacia las profundidades y que impiden avanzar.

El odio no es sino la estación final de un proceso que crece como las zarzas

De ser un país que construyó derechos como si de una cabaña pasiega se tratara, piedra a piedra, derecho a derecho, por cuestas imposibles y sólo gracias a la capacidad de superación de la persona ante las adversidades, a un país que se siente con el derecho a considerar que tras la democracia, la paz, el estado de bienestar o los derechos sociales sólo había una aviesa conspiración de poderes fácticos al más puro malo, malísimo en una peli -mala- de ciencia ficción y que hoy no somos sino la reencarnación del mal.

Hombres que odian y matan a las mujeres, chavales que acosan a las chavalas, deportistas que odian a otros deportistas, políticos cuyo afán sólo es destruir lo del anterior porque, si algo tiene sentimiento de pertenencia es el orgullo propio, patrio y pútrido que, cuando se unen, logran esta sensación de desasosiego ante la involución del género humano.

El odio no es sino la estación final de un proceso que crece como las zarzas, sin que sean invitadas; en cambio, el cainismo se está modulando como una forma de vida inmune a las llamadas de unidad, de pluralidad, de acuerdo y coincidencia. Hasta la política ha dejado de ser el arte de llegar a acuerdos para convertirse en un mercadillo de odios en el que casi nadie parece ocuparse de lo que nos une y hay múltiples voluntarios para socavar azadón en mano brechas imposibles de salvar. Como si de una formula química se tratara, el odio acumulado provoca una ceguera de poder que tiene fecha corta de caducidad y cuya absolescencia no marcará recuerdos imborrables sino anécdotas y lecciones de esas que hay que conocer para no repetir las malas historias. Las tenemos todos demasiado cerca, casi podemos sentir su aliento.

La historia del odio es la historia del dolor, de las ausencias, de las incertidumbres

Y como en casi todo, hasta el odio ha sabido reinventarse y con tachuelas de poder y ambiciones; somos capaces de odiar al compañero, vecino, o lo que sea si su sombra es más alargada que la nuestra o si su hierba es capaz de crecer más y más verde. Odiar la excelencia es el mejor detritus para abonar la mediocridad y la mediocridad es la pescadilla que se muerde la cola en un bucle infinito hacia la nada, o por lo menos hacia nada bueno.

La historia del odio es la historia del dolor, de las ausencias, de las incertidumbres; ese muro invisible que impide avanzar y que es finito porque, cuando se alcanza la meta, no se puede empezar una nueva carrera, simplemente supone el fin de algo, de todo.

Vivimos en un país en el que los promotores del odio sienten un éxtasis superior al que se puede lograr con sustancias estupefacientes, mayor incluso que el que proporciona el sexo o la comida. Es la droga más dura porque los daños nunca son personales, sino colectivos. El odio ha de ser contra alguien, en demasiadas ocasiones contra muchos y, se ha demostrado que es ingobernable. Es altamente contagioso, pero ingobernable.

A lo largo de los años hemos ido comprobando cómo quienes promueven el odio son aquellos que muestran una incapacidad absoluta para poder crecer como personas y adquirir prestigio a través del esfuerzo o el sacrificio, hemos visto que han comprado en el mercado negro una vida que necesariamente tenía que estar podrida, porque nada que promueva del indigno ejercicio de odiar a muchos para intentar crecer sobre la base del propio vertedero moral personal puede aspirar a ser algo más que el mejor "odiador".

En este país los promotores del odio incluso odian a los que a causa del odio yacen en las cunetas porque la mala conciencia es bastante peor que el miedo a la soledad y a un destino indigno para el fin de una vida perdida por buscar la libertad.

Brillemos todos para que una luz cegadora no permita que las serpientes nos impidan brillar

Y, como en casi todas las cosas, hay quienes practican con más pericia el arte de odiar. Y en esta mezcolanza y diversidad de aversiones, hemos hecho callo en las injusticias y el las aberraciones varias que salpican nuestra vida a ritmo de tuit.

Hemos convertido nuestro devenir en un timeline en el que todo corre mucho y nada reposa a la reflexión, una serie de rabias e indignaciones incompatibles con la reflexión y una filosofía de vida nada filosófica que funciona a ritmo del castañeteo de castañuelas inducidas por quienes se sienten muy cómodos ejerciendo de pastores de rebaños dóciles, por muy bravos que parezcan.

Y así, sin ontología ni tiempo para cuidar lo más preciado que tenemos, la dignidad, el respeto, la igualdad de la vida -porque si no, no es vida- tenemos una sociedad que involuciona como si esto que llamamos tiempo se hubiera revuelto, y el atmosférico fuera el homólogo de la vida.

Conviene, eso sí, no confundir a los odiadores con los payasos; esos que con trazos gruesos, palabras absurdas y actos pueriles intentan inclinar balanzas que no son propias, aunque como enseña la fábula del zorro y las uvas, los atajos lleven al más abrupto de los abismos.

Cuenta la leyenda que una serpiente empezó a perseguir a una luciérnaga y, cuando ésta agotada paró, preguntó a la serpiente por qué la perseguía si no pertenecía a su cadena alimenticia. La serpiente respondió que era porque no soportaba verla brillar.

Brillemos, brillemos todos para que una luz cegadora no permita que las serpientes nos impidan brillar.

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