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08/02/2018 07:32 CET | Actualizado 08/02/2018 07:32 CET

No firmaré la prisión permanente revisable

EFE

No voy ni a firmar ni a compartir la petición que hace el padre de Diana Quer de la prisión permanente revisable. Ver a Rajoy usar la muerte de Diana para justificar su pasión por el recorte de libertades no hizo sino ratificarme en mi posición.

Cómo no voy a entender su dolor. Perfectamente. Y su rabia. Pero no quiero que la derecha cercene derechos en nombre de un feminismo en el que ha demostrado sobradamente que no cree.

No voy a firmar la prisión permanente revisable porque estoy hasta el mismísimo moño de que el PP haga política de baja estopa con las desgracias ajenas.

No, no voy a firmar ni apoyar que la derecha cercene derechos, que cercene más derechos

No, no voy a firmar la prisión permanente revisable para satisfacer la estrategia del partido que robaba a manos llenas los recursos de la educación en valores e igualdad, de la sanidad que permite advertir de los síntomas de maltrato, del sistema de Dependencia que apoya a las mujeres discapacitadas maltratadas o de aquellos mayores que están haciéndose cargo de los huérfanos de la violencia machista, los recursos de la policía y de una justicia más rápida.

No, no voy a firmar ni apoyar que la derecha cercene derechos, que cercene más derechos, porque son expertos en hacer de lacerantes heridas del alma su hábitat, porque necesitan del dolor ajeno como bálsamo para las consecuencias de su ideología.

Soy madre de hijas que, en este detritus que estamos convirtiendo esta sociedad, pueden ser víctimas de eso que algunas manadas consideran como el nuevo deporte nacional, la violación en sus distintas disciplinas: con drogas, en grupo, televisadas o compartidas, hijas que pueden padecer la desigualdad y brecha salarial solo por el hecho de ser mujeres.

Sé que no está en mis manos proteger a mis hijas totalmente de personas como las que asesinaron a Diana Quer, a Marta del Castillo o a otras tantas

Desde que tienen uso de razón las he enseñado a compatibilizar su fortaleza personal y su empoderamiento con la empatía y, sobre todo, el respeto hacia los demás, a que las injusticias se denuncian y se combaten y que la fuerza sin control es ingobernable.

Y aun así, sé que no está en mis manos protegerlas totalmente de personas como las que asesinaron a Diana Quer, a Marta del Castillo o a otras tantas.

Ojalá una sola cosa fuera la panacea que evitara más desgracias como las que nos laceran cada día, pero quienes hoy alientan la prisión permanente revisable pretenden acallar los gritos de una sociedad que pide medios para poner fin al peor de los terrorismos que ha padecido nuestro país, el terrorismo machista.

Quienes promueven ampliar las condenas son los mismos que se niegan sistemáticamente a sustituir una educación basada en preceptos religiosos de discriminación a la mujer a una que promueva la igualdad desde los estadios más tempranos de la educación. Prefieren confiarse a vírgenes o arcángeles a la capacidad de una sociedad educada en los valores del respeto y la igualdad.

Quienes hoy alientan la prisión permanente revisable son los que robaban con la mano derecha el dinero de todos

Aspiro a que si alguna de mis hijas, o tus hijas, son maltratadas no tenga que llorarlas en una tumba porque un malnacido se saltó la orden de protección y solo tuvo que asaltar esa débil valla de la indefensión y la soledad del miedo y tengan la misma protección que tuvieron ellos cuando quien amenazaba era ETA.

Pero para eso hace falta dinero, y para la derecha cercenadora de derechos somos las destinatarias del resto de las divisiones y el resultado de multiplicar por 0, somos el truco del prestidigitador para hacer ver que les importamos algo, pero que cuando baja el telón, la ilusión se esfuma quedando la nada.

Quienes hoy alientan la prisión permanente revisable son los que robaban con la mano derecha el dinero de todos mientras y su mano izquierda negaba el pan y la sal a los huérfanos de las mujeres asesinadas por violencia machista.

Más de 900 mujeres asesinadas contabilizadas desde que los medios de comunicación se hicieron eco del asesinato de Ana Orantes y los gobiernos de la derecha han tenido siempre la tentación de aplicar la demagogia populista en el código penal agravando la pena en función de los minutos de televisión que mereciera el caso o la víctima de una violencia que es común en esta lacra: la machista.

No tienen empacho en intentar destilar el dolor de las tragedias en su propio combustible electoral, siempre sucio, siempre dopado. No quedan tan lejos las maniobras de las armas de destrucción masiva, alimentar los fantasmas del terrorismo de ETA y, ahora, nuestro dolor.

En este país hay miles de padres y madres que lloran la muerte de sus hijas, hay miles de hijos que lloran la ausencia de sus madres y, por supuesto, hay miles de madres e hijos que lloran a diario el miedo de no volver a despertar al día siguiente o que su vida se torne negra como los hematomas de un golpe, incluso que se paralice en una silla de ruedas por haber intentado que una caída al vacío de 20 metros duela menos que sentir los golpes en un cuerpo excesivamente golpeado. Pero para ellos no hay nada, los que hoy cerrarían los calabozos de determinados asesinos para siempre, son los mismos que esperan a que la negra efigie de la guadaña del más negro de los destinos use el frío filo para tener algo que llorar.

Permítanme que no llore a las mías por los minutos de televisión que ocupan sus desgracias en los medios de comunicación, permítanme también que sienta en mis carnes los golpes de todas las que son maltratadas y el miedo que sienten. Permítanme que desprecie a quienes nos desprecian. Lo único que nos queda es la dignidad y la intacta capacidad de lucha para hacerlo por las mujeres, por las compañeras de lucha que apenas tienen un hilo de voz e incluso aquellas a las que segaron la posibilidad de luchar con nosotras.

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