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03/02/2018 11:40 CET | Actualizado 03/02/2018 11:40 CET

La calle de la verdad

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En la calle de la verdad sucede algo extraordinario. Una vez al año, su centro cultural Lázaro Carreter ofrece al público madrileño la posibilidad de asistir a la proyección de las mejores películas españolas, una tarea que comparte con gusto (y por necesidad) con otro centro cultural, el de San Francisco La Prensa. Hace ahora más de tres décadas, un grupo de estudiantes culturalmente inquietos -admítanme el pleonasmo-, decidieron que nuestro cine tenía mucho que revelar, inaugurando la Semana del Cine Español de Carabanchel, una cita inexcusable para cualquier cinéfilo que este año ha celebrado su 36ª edición.

Explicar por qué este nutrido festival de cine es necesario me resultaría imposible, es algo que excede la mera formalidad y que se adentra, cuando menos, en el inasible terreno de lo emocional. La Semana del Cine Español de Carabanchel hay que vivirla. Jamás, y esto puedo confesarlo con total honestidad, he asistido a una proyección cinematográfica tan intensa, tan apasionada, tan lúdica y tan emocionante.

En cada una de las siete jornadas que componen la muestra, se exhiben un corto y un largometraje, ambos seguidos de un coloquio con creadores, intérpretes o expertos en la materia. Pero no es un coloquio al uso, más frío que social, ni tampoco una estricta formalidad. A los asistentes del festival les gusta el cine y, por ello, no tienen ningún reparo a la hora de preguntar, mostrar desagrado respecto a algún aspecto narrativo o técnico, y no tener intención alguna, porque no deben tenerla, de rendir pleitesía o hacer rendibú a nadie.

Así, con este espíritu netamente cinéfago, mujeres y hombres de todas las edades se acercan a la gran pantalla a disfrutar del cine como debe ser, con la mente abierta y el sentido crítico activado. El bar (Álex de la Iglesia), Júlia ist (Elena Martín), Verano 1993 (Carla Simón), Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón); Tadeo Jones 2 (Enrique Gato), Es por tu bien (Carlos Therón) o La llamada (Javier Ambrossi, Javier Calvo) fueron los títulos escogidos este año, todos ellos junto con La librería, de Isabel Coixet.

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Precisamente fui invitada a participar en el coloquio de esta última, en compañía de Teresa Montoro, periodista de RNE, presentadora de Hora América y de De Cine en Radio 5. Juntas recorrimos los entresijos de la librería de Emily Mortimer, nos deleitamos con los ejemplares de Fahrenheit 451 y de Lolita, reflexionamos acerca de la narrativa, la composición, el ritmo, la interpretación y la soberbia dirección de The Bookshop, y hasta pudimos recomendar algunas otras joyas de la filmografía de Isabel Coixet.

Sin embargo, y esto es lo novedoso y también lo genial, en ningún momento nos encontramos solas. En ocasiones, sobre todo cuando se imparte una conferencia, se da una charla o se participa en un coloquio, es fácil sentir desconectado al público, máxime cuando se muestra apático o poco participativo. Afortunadamente, retomo, esto es imposible en la Semana del Cine Español de Carabanchel, ya que el nivel de conocimiento y de interés son tan altos, que suponen un estimulante desafío para cualquier ponente.

Este es el público que necesitamos, no les quepa ninguna duda; un público crítico, comprometido y bien formado. Un público examinador y discrepante, que oponga resistencia, que desee conocer y no que se le convenza. Porque un público con capacidad crítica representa una ciudadanía democráticamente higiénica y saludable.

Mientras asistía a la proyección, pensaba con asombro lo inmensamente afortunada que me sentía por poder vivir una experiencia semejante. El público opinaba, se ofendía, participaba; la sala se convirtió en un ágora reflexiva, con unos espectadores que dejaron atrás el apelativo de homo videns para adentrarse en la pura reflexión social. Qué orgulloso se sentiría Giovanni Sartori al verlo, pensé en aquel momento, él que hace años me confesó su preocupación por una sociedad crecientemente adormecida.

Desconozco si esta es la tónica general o si fue una epifanía sobrevenida en un estado de completa gracia, no sabría decirles. Lo único que puedo confesarles es que, acostumbrada a flemáticos pases de prensa y a proyecciones templadas, formar parte de ese instante de total comunión me hizo trascender la simple experiencia cinematográfica. Sin duda fue un momento de revelación que no podría haber acontecido en ninguna otra calle más que en la de la verdad.

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