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28/08/2018 07:09 CEST | Actualizado 28/08/2018 07:09 CEST

Mikio Naruse o el drama de lo cotidiano

El pasado 20 de agosto habría cumplido ciento veintitrés años el cineasta Mikio Naruse, director que elevó el día a día a la categoría de arte y que, desventuradamente, se labró una fama siempre a la sombra de deidades como Ozu, Mizoguchi o Kurosawa.

Si les gusta el cine clásico japonés, o han tenido contacto con él, sabrán que sus historias tienden a abordar, las más de las veces, aspectos de la vida diaria que afectan a la gente corriente. Nada hay más extraordinario que el conflicto de lo cotidiano, un mantra que se constituyó en norma y que acabó instaurando el género shōshimin-eiga, más conocido en occidente como shomin-geki (shomingeki). Por supuesto, dentro de la cotidianeidad hay cabida para todo tipo de experiencias y, del mismo modo, este género es permeable a distintos enfoques, desde los más cómicos hasta los más trágicos o melodramáticos. Como la vida misma.

Si bien el gran genio del shomingeki fue Yasujirō Ozu, Mikio Naruse y su El almuerzo (1951) revitalizaron el género, instaurando un estilo definido y reconocible que llegará hasta nuestros días. Este drama familiar que concierne a un sector de la población poco acomodado da la clave para entender la hondura de este cine, en el que la mujer de postguerra es eje y adalid del cambio social, precipitado por la entrada de los Estados Unidos en el país y su occidentalización a marchas forzadas. El protagonismo femenino (que no perspectiva de mujer, no olvidemos que, salvo Tazuko Sakane y Kinuyo Tanaka, la generalidad de los cineastas clásicos son hombres) se verá completamente reflejado en una de las obras maestras de Naruse, Cuando una mujer sube la escalera (1960).

Unos diálogos tajantes y directos, en los que la prostitución, el alcoholismo, los dilemas éticos, el sexo y la infidelidad se turnan para constituir un fresco sin rudimentos ni estridencias

Protagonizada por Hideko Takamine, con quien rodó diecisiete películas, el retrato que realiza de la sociedad no puede ser más brillantemente desolador. Keiko (Takamine) es una mujer que enviuda a temprana edad. Aunque en su entorno es considerada ya madura, apenas frisa los cuarenta años. Como pequeña empresaria regenta un bar, poético eufemismo para designar un local de mujeres que brindan favores íntimos a cambio de dinero. Aunque su seriedad y refinamiento son notorios, los usos de su 'bar' están enclavados en el pasado tradicional de Japón, algo que no parece casar con los nuevos tiempos. Sus chicas, como ella misma, visten kimonos y vistosos obis, algo que choca con las costumbres occidentales de escotes, pintalabios y zapatos de tacón. Por ello Keiko ve a toda su clientela escapar hacia los nuevos bares, especialmente al que ha abierto Yuri (Keiko Awaji), una de sus antiguas trabajadoras.

Con fuertes aprietos económicos, propios y ajenos, y debiendo hacer frente al pago mensual de una exorbitante cantidad de yenes para su conflictivo hermano, el único descanso en el que Keiko se refugia es el amor, un amor siempre disimulado y profundo, que siente por el señor Fujisaki (Masayuki Mori) uno de sus clientes de largo recorrido. Cuando Keiko enferme, las deudas se acrecienten y el director de su local (Tatsuya Nakadai) le declare su amor, la vida de Keiko dará un vuelco del que solo podrá salir con altas dosis de fortaleza.

Onna ga kaidan wo agaru toki no solo es un imprescindible título de Mikio Naruse, sino sobre todo un canto, menos brutal que amargo, a la fuerza interior

Onna ga kaidan wo agaru toki no solo es un imprescindible título de Mikio Naruse, sino sobre todo un canto, menos brutal que amargo, a la fuerza interior. Con resonancias al neorrealismo (la elección de Cabiria como nombre de un local no es en absoluto casual) y al cine europeo de posguerra muestran una permeabilidad total de la cinematografía japonesa, abierta al nuevo orden mundial y a sus influencias. Su lirismo solo epidérmico y la belleza formal de unos encuadres sólidos, casi monumentales, encuentran la condimentación más inesperada en unos diálogos tajantes y directos, en los que la prostitución, el alcoholismo, los dilemas éticos, el sexo y la infidelidad se turnan para constituir un fresco sin rudimentos ni estridencias. El día a día de este local, situado al final de una larga escalera, y las historias mínimas que en él se viven, patentizan la situación de miserabilidad de unas mujeres obligadas a prostituirse para conseguir un mínimo sustento: "Detesto subir las escaleras" confiesa Keiko "pero, una vez estoy arriba, confío en mi buena suerte".

Una película de mujeres, de hombres y de bares, en la que ellos hacen lo que quieren y ellas lo único que se les permite, pueden y saben.

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