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03/06/2013 08:14 CEST | Actualizado 02/08/2013 11:12 CEST

Jordi Évole, la revolución del periodismo televisivo

Los españoles no se suelen fiar de los periodistas pero sí se creen a Jordi, al que asocian con la independencia, la decencia, el afán por bucear en las injusticias y en el lado más oscuro del poder y, básicamente, con la búsqueda obsesiva de la verdad.

Málaga, 28 de mayo. Hoy comparto una charla con Jordi Évole en Palabras mayores, un ciclo de conversaciones con personalidades de la vida española organizado por la Diputación Provincial que preside Elías Bendodo. El ciclo tiene un subtítulo muy explícito: "¿Qué nos está pasando?". Su objetivo es arrojar un poco de luz sobre el peligroso momento que vivimos. Jordi es el cuarto invitado, tras Fernando Savater, Emilio Ontiveros y Antón Reixa.

Comemos en el Mesón Mariano. Jordi viene con un encanto de mujer, Ester Delgado, su pareja y la madre de su hijo Diego. Ester es fotógrafa. La comida ya no puede comenzar mejor: Jordi me cuenta que esa mañana, en la Universidad de Málaga, han asistido a la entrega del Premio a la Libertad de Prensa a nuestro Gervasio Sánchez, uno de los periodistas que él más respeta.

La charla está convocada a las 8.30 en el Auditorio Edgar Neville de la Térmica y antes, a las siete, hay convocada una rueda de prensa. En las semanas previas, Virginia Quero, alma de la Térmica, y Salomón Castiel, director general de Cultura de la Diputación, me advertían de la expectación que había desatado la presencia de Jordi. Pero la realidad rompe cualquier expectativa. Desde las cuatro hay una cola enorme en el Auditorio y, en la rueda de prensa, nos encontramos a más de 40 personas. El Auditorio tiene un aforo de 400 butacas y se queda muy pequeño para acoger a las más de 1.200 personas que se acercan. Pero muchos de los que se quedan fuera no son de los que se resignan. La charla se retransmite en directo en la red pero les da igual. Exigen ver a Jordi y, muy furiosos, aporrean las cristaleras del Auditorio. Me tengo que recordar que lo que se celebra es la charla con un periodista, no el concierto de una estrella del rock. Jordi, muy incómodo, quiere hacer lo imposible para que nadie pierda la tarde. Decide dar la cara, salir a la calle, saludar a los que no han podido entrar e improvisar una solución insólita: celebrar dos sesiones. Entre la rueda de prensa y las dos charlas Jordi habla, casi sin parar, durante cuatro horas y media, en un ambiente muy caliente. Entre cientos de cosas Jordi dice que, antes de recortar en educación o sanidad, él apostaría por suprimir instituciones como las diputaciones provinciales, un comentario que no deja de tener su aquel: esta charla está organizada por la diputación de Málaga. A las 23.30 el público le despide con una ovación espectacular. Yo nunca había percibido tanta excitación popular alrededor de un periodista.

Jordi Évole es uno de los españoles más admirados y despierta un tipo de pasiones de hondo calado sociológico. Su programa Salvados ha revolucionado el periodismo español. Ese espacio nació en 2008, casi a la vez que se declaró la crisis, y, desde entonces, se ha convertido en un espejo formidable de nuestra época y, especialmente, de nuestras miserias. Jordi ha hurgado en la trastienda de las cosas que más nos inquietan con un estilo inolvidable, provocando que el espectador aprenda al mismo tiempo que parece que lo hace él. Jordi se acerca a los temas y a las personas con una mezcla de inteligencia, perplejidad, gracia, coraje y desparpajo mental que encandila a millones de españoles. El público mantiene con él una identificación brutal y eso explica parte de la adoración. Pero la gente también le venera porque Jordi representa lo que extraña en casi todos los demás. Hace poco una encuesta del CIS revelaba que la profesión de periodista, junto a la de juez, era la menos valorada por los españoles. Los que desprecian a los periodistas lo hacen porque abominan de la basura informativa y porque no soportan que los medios de comunicación prioricen sus intereses ideológicos y económicos- o sus filias y fobias-, por delante de su auténtico sentido: contar la verdad y no abandonarse a la manipulación y a las interpretaciones retorcidas de la realidad. Los españoles no se suelen fiar de los periodistas pero sí se creen a Jordi, al que asocian con la independencia, la decencia, el afán por bucear en las injusticias y en el lado más oscuro del poder y, básicamente, con la búsqueda obsesiva de la verdad.

Billy Wilder dijo: "Si vas a decir la verdad, sé divertido o te matarán", unas palabras que a Jordi y al Gran Wyoming les sientan como un guante. Jordi ha sacado los colores y ha puesto contra las cuerdas a muchos representantes del poder y de las élites que nos manejan como a muñecos y ha brindado claves esenciales para entender cómo y por qué hemos podido hundirnos en este fango. Su Salvados es un documento imprescindible de la descomunal estafa, de la histórica tomadura de pelo de la que somos víctimas. Por eso la gente, harta de la humillación y la desfachatez, idolatra a quien se ocupa de desenmascarar, y a menudo ridiculizar, a los responsables. Jordi es su héroe. Pero que Jordi sea implacable con el poder no significa que sea complaciente con la gente. Él insinúa que los ciudadanos no somos mejores. Salvados también es un testimonio de nuestra infinita capacidad para meter la pata. Jordi sostiene que casi todos hemos sido culpables y cómplices del desastre y que, para salir de él, es preciso que cambiemos radicalmente nuestra actitud, que nos reseteemos con urgencia.

Jordi nació en 1974 en Cornellá de Llobregat y es hijo de una andaluza y un extremeño que le pegó su amor por el periodismo. Tenía diez años cuando el Barça perdió la final de la Copa de Europa ante el Steaua. Jordi lloró y su madre le pegó: "Si lloras, que sea por algo". A los 14 años ya apuntaba maneras: cogió una grabadora de su tía Trini, le colocó una pegatina de Radio Catalunya y, con un amigo, se escapó a Tarragona, el día que llegaba la Vuelta a España, y se puso a entrevistar a Perico Delgado y otros ciclistas. Al volver a casa su padre le echó una bronca tremenda y, al tratar de escuchar la cinta, borró las entrevistas. Luego llegó la Facultad, Radio Barcelona, el Terrat, Buenafuente, el Follonero y la gloria. En 2013 muchos jóvenes españoles quieren estudiar Periodismo porque aspiran a ser como Jordi Évole. Ese es un piropo insuperable.

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