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04/12/2018 06:57 CET | Actualizado 04/12/2018 06:57 CET

Enterrando filósofos

Getty Images
Un estatua de Rousseau.

Resulta cuando menos paradójico que ahora, cuando hemos recuperado la Filosofía infamemente desterrada de la lista de saberes obligatorios por la no menos infame reforma educativa de Wert, a quien Dios confunda, nos estemos dedicando a enterrar filósofos, a borrar de un plumazo las doctrinas que, durante muchos años, han sustentado la democracia y la marcha razonable del mundo.

No es que sea cosa de los últimos días, que esto viene de atrás. Paro ahora, más. Siempre un paso más lejos, con el impagable apoyo de la tecnología, llámese correo electrónico, sofisticados elementos de espionaje o el más popular "guasap", que ha puesto de manifiesto que Montesquieu no es que sea Historia, sino Prehistoria, con el reparto de jueces que se han traído unos y otros.

No sé si se seguirá estudiando eso del reparto de poderes, como algo exótico que sucedió hace mucho tiempo, o si definitivamente se habrá eliminado el capítulo del libro, y ya no se explicará en las aulas eso de Ejecutivo, Legislativo y Judicial, como pilares del Estado. Lo Dicho, un filósofo al baúl de los recuerdos.

Paro hay más, y cada uno en su medida, pone negro sobre blanco el hecho de que todo lo que habíamos creado como solución se convierte en problema. Los partidos no se acercan a los ciudadanos, los sindicatos, no los defienden, los bancos no prestan y se quedan con nuestro dinero; los jueces tienen apellido, según se inclinen a uno u otro lado. Hasta la Iglesia, a la que muchos acuden como consuelo en estos tiempos del cólera se ve sacudida por mil y un escándalos.

Hay que traer de vuelta a los filósofos que con sus luces y sus sombras intentaron demostrar que el mundo podía ser justo y solidario.

¿Dónde andará Rousseau? Sí, el del Contrato Social. El que nos contó que el hombre construye sociedades para beneficiarse mutuamente, para asistirse. Que abandona su yo individual y se somete a las leyes y a las normas a cambio de algo. Traduciendo, que paga impuestos para tener pensiones, y seguridad social para ser atendido en la enfermedad. Y Educación para avanzar. Y crea estructuras para asegurarse que la sociedad funciona y le sirve. Con más o menos acierto. Pero tiempo ha que lo han cancelado unilateralmente. Que ya es papel mojado.

No es cuestión de dimitir el mundo, de rescindir el contrato y echarse al monte, pero se impone el momento de revisar las cláusulas, que no dejar que nos sigan tomando el pelo, que esto se parece cada vez más a esa parodia de la parte contratante de la primera parte de Groucho Marx que, a su manera, también fue filósofo.

Hay que traer de vuelta a los filósofos que con sus luces y sus sombras intentaron demostrar que el mundo podía ser justo y solidario. A los que redactaron un contrato no perfecto, que ya sabemos que la parte contratante siempre lleva la primera parte, pero sí moderadamente humano, tratando de evitar sentencias injustas o escalofriantes informes sobre pobreza y desigualdad creciente.

Hay que resucitar la división de poderes y el contrato social. Y más enseñanzas de la Filosofía de las que hablaré en otro momento.

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