sarajevo

radovan karadzicGracias a mi identidad o a parte de ella, no solo cuento con una representación prácticamente nula en los múltiples relatos sobre guerra, sino que también se supone que debo perdonar los crímenes que, aparentemente, se han cometido en mi nombre.
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Abandonamos la capital bosnia hace algunos días con cientos de imágenes en la retina. Todavía retumba en nuestro oído el canto de los imanes de las mezquitas aderezado con el sonido de las campanas de las iglesias. Es la fiel representación sonora de una mezcla que aún hoy se vive en la ciudad.
Pasear por el cementerio de Lav, o por cualquier otro de Bosnia, enseguida se hace diferente al de hacerlo por cualquier otro cementerio del mundo. Miras una lápida, 1992, otra, 1993, otra, 1994, una más de nuevo, 1992, ahora 1995 y de nuevo 1993. Y así casi eternamente.
En una guerra también existen otras historias. Como la de Slobodan (o Boban) Minic. Un antiguo locutor de Radio Sarajevo que, bajo el oscuro manto de la noche de una Sarajevo asediada, ocupada e inmersa en el horror, intentaba despertar entusiasmo y esperanza en la gente.