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30/03/2016 07:01 CEST | Actualizado 30/03/2016 07:01 CEST

Después de haber crecido en una Sarajevo en guerra, no perdono los pecados de Karadzic

radovan karadzicGracias a mi identidad o a parte de ella, no solo cuento con una representación prácticamente nula en los múltiples relatos sobre guerra, sino que también se supone que debo perdonar los crímenes que, aparentemente, se han cometido en mi nombre.

ROBIN VAN LONKHUIJSEN via Getty Images
Bosnian Serb wartime leader Radovan Karadzic sits in the courtroom for the reading of his verdict at the International Criminal Tribunal for Former Yugoslavia (ICTY) in The Hague, on March 24, 2016. The former Bosnian-Serbs leader is indicted for genocide, crimes against humanity, and war crimes. / AFP / POOL / Robin van Lonkhuijsen / Netherlands OUT (Photo credit should read ROBIN VAN LONKHUIJSEN/AFP/Getty Images)

SARAJEVO (Bosnia-Herzegovina) - Hace unos días, el antiguo dirigente de la República independiente Serbia de Bosnia y Herzegovina, Radovan Karadzic -infamemente apodado "el Carnicero de Sarajevo"- fue sentenciado a 40 años de cárcel tras un juicio que ha durado cinco años en el Tribunal Criminal Internacional de la Antigua Yugoslavia. A Karadzic se le imputan dos cargos por genocidio, cinco cargos por crímenes contra la humanidad y cuatro por violar las leyes y usos de la guerra especificados por los Convenios de Ginebra. El presidente del tribunal, el juez O-Gon Kwon, liberó a Karadzic de uno de los cargos de los que se le había acusado y le declaró culpable de la eliminación sistemática de más de 8000 bosnios, entre los que había hombres y niños musulmanes, en el enclave de Srebrenica en 1995. Fue absuelto del cargo de genocidio en otras siete ciudades bosnias.

Durante el juicio, Karadzic, que hacía las veces de su propio abogado defensor, "se describía a sí mismo como un hombre de paz únicamente motivado por su deseo de proteger a los serbios". Como hija de un matrimonio mixto entre un hombre serbio y una mujer bosnia -una niña que creció en una Sarajevo en guerra-, me ofende la idea de que Karadzic actuara como un guardián de los serbios que perpetró una horrible campaña de disparos y bombardeos que aterrorizó a la capital bosnia durante 1395 días. ¿O es que esos serbios que optaron por quedarse en Sarajevo durante el asedio más largo de la historia moderna no eran lo suficientemente serbios?

Me ofende la idea de que Karadzic actuara como un guardián de los serbios que perpetró una horrible campaña de disparos y bombardeos que aterrorizó a la capital bosnia durante 1395 días. ¿O es que esos serbios que optaron por quedarse en Sarajevo durante el asedio más largo de la historia moderna no eran lo suficientemente serbios?

Contra el telón de fondo de la guerra, me esforzaba por descubrir dónde encajaba. Tenía unos diez u once años por aquel entonces y no me sentía representada por personas como Karadzic, pero también dejé constancia de mi otredad en periódicos, en televisión, en discursos políticos y en conversaciones cotidianas. 20 años después no han cambiado muchas cosas. El otro día en el trabajo -quería irme rápido a casa para oír la sentencia en directo- una estudiante me preguntó, bromeando, "¿tú con quién vas?". Su pregunta no tenía ni pizca de gracia. De hecho, era muy ofensiva. Lo que, cuando menos, demuestra que los recuerdos de la guerra -así como volver a relatarla- no tienen que ver con la división entre las personas ajenas al conflicto y las personas que han formado parte de él. Sino que también tienen que ver con la autenticidad de los que se han visto envueltos en el conflicto, aquellos cuyas voces se escuchan entre las de los muchos que sufrieron y aquellos cuyas voces son ahora silenciadas. Por lo que parece, no tengo derecho a apenarme o a enfurecerme por la guerra ni a hablar sobre ella.

Mientras estaba redactando este artículo, la televisión estatal bosnia retransmitía un especial de dos horas sobre la importancia de la reconciliación a raíz de la condena a Karadzic. La premisa general es bastante directa: los serbios deben reconocer y aceptar la responsabilidad de manera colectiva por estos crímenes en grupo para que el país pueda salir adelante y sacar el máximo partido a las reformas sociales y económicas pensadas para llevar al país a ser miembro de la Unión Europea. Gracias a mi identidad o a parte de ella, no solo cuento con una representación prácticamente nula en los múltiples relatos sobre guerra que saturan las bibliotecas, las librerías, los debates de televisión y los programas de radio, sino que también se supone que debo perdonar los crímenes que, aparentemente, se han cometido en mi nombre.

Es completamente cierto que mi experiencia con la guerra no puede compararse con las experiencias de aquellos -en su mayoría, bosnios- que presenciaron la violencia con sus propios ojos o que vieron morir a sus familias. Pero aun así mi experiencia es real. Es la experiencia de vivir con miedo y hambre a diario durante casi cuatro años. De ver cómo disparaban a mis compañeros de clase delante de mis narices. Así que la idea de reconciliación tal y como la proponen aquellos que piensan en grupos étnicos homogéneos, claramente divididos -y aparentemente enemigos- es ofensiva. Y ya está muy trillada.

Gracias a mi identidad o a parte de ella, no solo cuento con una representación prácticamente nula en los múltiples relatos sobre guerra, sino que también se supone que debo perdonar los crímenes que, aparentemente, se han cometido en mi nombre.

Esta idea evoca al discurso del "antiguo odio étnico" que, como apunta el escritor Tom Gallagher, habla de "episodios de guerras tribales... concebidas como guerras determinadas por la cultura y recurrentes a lo largo de la historia y, por lo tanto, sin solución posible". La idea que propuso el autor Michael Sells de que estamos "predestinados, por la historia o por la genética, a matarnos los unos a los otros" fue, como explica Gallagher, apoyada no solo por Karadzic, sino también por personajes como David Owen, el mediador internacional clave de la guerra que duró desde 1992 hasta 1995, y que, en la introducción de su libro Balkan Odyssey, argumentaba: "La Historia responde a la tradición [...] de estar dispuesto a solucionar las disputas por medio de las armas [...] responde a una cultura de la violencia". Gallagher demuestra que una retórica similar se hizo evidente en 1994 cuando el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton hablaba de un conflicto que llevaba en pie "cientos de años". "La verdad es", afirmaba Clinton, "que la gente sigue matándose entre sí".

Este discurso de odio no solo justificaba la tardía intervención en Bosnia -que los líderes extranjeros llevaron a cabo cuatro años y 110.000 muertos después de que empezara el conflicto- sino que también preparó el camino para ese grupo de expertos que ahora piden la reconciliación, pero no tienen en cuenta la diversidad y la complejidad de las experiencias que dan forma a las historias personales de la gente con la guerra. Estas narrativas añaden más problemas al dilema de la división entre personas que han formado parte del conflicto y personas ajenas a él y, aunque no puedo hablar por mis compatriotas ni afirmo comprender cómo se sienten los que han vivido otras experiencias, sé que la idea de perdonar los crímenes de los que Karadzic es culpable me da escalofríos y me hace sentir tan alienada como hace 20 años, como la hija de un matrimonio mixto que crecía en una Sarajevo en guerra.

Este post fue publicado originalmente en 'The World Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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