Monedas aladas

Monedas aladas

"A partir de aquel momento, Benito siempre caminaba mirando al suelo, convencido de la repetición del milagro".

Monedas aladasCARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

Buena idea tuvo la madrina con lo de regalarle a Benito una hucha de cerdito comprada al alfarero, puro barro cocido sin pintar ni esmaltar. Cualquiera iba a aguantar ahora al niño pidiendo monedas, sobre todo, después de que la madrina le explicase que era como los cerdos de verdad.

-Igual que alimentamos al guarro para sacarle luego tocino, chorizo y morcillas, si tú das de comer a este moneditas por la ranura, el día de mañana podrá regalarte lo que quieras.

-¿La bici?

-Si ahorras mucho, la bici. Y para que no tenga el estómago vacío, toma este duro- dobló el billete y lo metió en la alcancía- que tu madrina te regala.

Y Benito, que no alcanzaba a imaginar la magnitud de dos pesetas, se sintió mareado al saber que dentro de aquel animal de mentira había cinco, y lo agarró y lo hundió en su regazo y entrecerró los ojos; ya oía el chirrido de la cadena y el aviso impertinente del timbre.

-Tú no sabes lo que has hecho, hermana- reprochó la medre de Benito- con lo maniático que es este, ya no va a estar en otra cosa.

-Pues no te gusta a ti exagerar ni nada. Y nunca es malo que los niños aprendan a ahorrar y a quitarse de caprichos para conseguir algo.

-¿Caprichos?- la madre levantó la vista que se estaba dejando en limpiar las lentejas- ya me dirás tú qué caprichos tenemos los pobres en medio de este secarral.

Pronto quedó claro que la madre conocía a su hijo mucho mejor que la madrina. Coño, ¿acaso no lo había criado ella? Y fue preciso explicarle a Benito que no podía llevarse la hucha al barracón que hacía de escuela ni a la era cuando iban todos a dar patadas a un balón de telas enrolladas ni a la besana si le encargaban llevar la petaca olvidada a su padre. Con esfuerzo, amenazas y mimos, consiguió la madre que el cerdito quedara aposentado en la repisa del cocedero, entre los tarros mal restañados que guardaban la sal, el pimentón y el azúcar. Desde luego, más seguro que allí no podía estar en ningún lado; ya sabía Benito lo que su madre reservaba para cualquiera que pretendiera echar mano del azucarero; ya llevaba él buena ración de coscorrones solo por rondarlo.

Quiso la fortuna que el chaval se encontrara una perra chica a la vuelta del colegio, pocos días después de convertirse en ahorrador. Y fue fortuna, y de la buena, porque raro era que en aquella aldea pobretona se le cayera a alguien un céntimo de la faltriquera, y más raro aún que no se quebrara la espalda y el alma buscando la huidiza pieza de níquel hasta encontrarla o maldecir a toda la creación. A partir de aquel momento, Benito siempre caminaba mirando al suelo, convencido de la repetición del milagro y abstraído de todo lo que no fuera un brillo sospechoso entre los cantos del empedrado.

-Al menos -se consolaba la madre- no se tropezará y se rasgará los pantalones.

Era año de descorchar los alcornoques, y la cuadrilla de extremeños campaba por la dehesa tirando de hacha, acarreando las placas en los pollinos y machacando en el lebrillo el gazpacho de ajo, pan y huevo frito con el que se quitaban el mareo a mediodía. Todos los niños zascandileaban entre ellos en cuanto quedaban libres del maestro, porque nunca faltaba un mandado por parte de los errabundos, ya fuera volver con la bota de vino llena, un cuarterón de picadura o un cacho de tocino para engañar a las patatas. Los recaderos, por supuesto, se quedaban con la calderilla y, si a nadie se le ofrecía nada, siempre podían recoger los recortes que caían de cada carga y aceptar las perras que el corchero quisiera darles. Hasta algún billetito podían regalar si el trasiego de corcho era bueno. Y Benito, carrera tras carrera, alimentaba al cerdito de barro, y con él, sus ansias de pedalear y darle en los morros al Tosigo, el hijo del guarda forestal, que a veces se chuleaba subido a la de su padre.

A Benito no lo vio la turronera durante la verbena de la fiesta, ni el buhonero que les vendía las peonzas sin desbastar o las canicas melladas. La hucha sonaba ya como una maraca bien cebada y la madre la miraba entre la admiración por el tesón de su hijo y la envidia que le producía lo ahorrado. Y qué puñetas iba a ahorrar ella; bastante que era capaz de tenerlos a todos comidos, limpios y vestidos.

-Y tú, Joaquín, ya podías aprender de tu hermano. Que, por no guardar, no guardas ni las distancias con la Eufemia, que te piensas que yo me chupo el dedo.

Joaquín era el hermano mayor de Benito y, por supuesto, su pesadilla; una pesadilla que tan pronto lo empujaba a la poza vestido o le largaba una colleja sin venir a cuento, como se pegaba con cuatro de su tamaño para defenderlo de un insulto o compartía con él la última lasca de queso.

Había dejado el colegio sin más bagaje, como todos, que las cuatro reglas cogidas por los pelos y las letras suficientes para leer el periódico a tirones y anotar los haces de centeno. Ya apuntaba barba y se sentía imbuido de la autoridad secreta que le concediera su padre la tarde en que le pasó la bota de tinto y un pitillo.

-Toma, que ya tienes edad, pero no le digas nada a tu madre, que todavía se cree que no te has destetado.

Y lo de Eufemia… pues era cierto. La hija de Damián, el guarda, hermana por tanto del imbécil del Tosigo, se había puesto en un solo invierno poderosa y galana; ambos se habían gustado, se habían hecho los encontradizos en la fuente y habían dado sus paseos por el camino de Espinoso, un poco apartados de la escasa docena de patizambos que eran toda la juventud del pueblo y que les amenizaban el encuentro con chascarrillos y marchas nupciales mal tarareadas.

Llegó la camioneta del cine, como todos los veranos, a montar su tenderete de historias fingidas en la plaza, proyectadas contra el muro lateral de la iglesia. Después de visto el primer rollo, el peliculero pasaría la caja en que todos los presentes debían depositar su peseta, so pena de no concluir la sesión si alguno intentaba ahorrarse el pago.

Así que Joaquín necesitaba dos pesetas; una para él y otra para Eufemia, a la que había invitado en un arranque no sabía muy bien si de pasión o de chulería. A él, la película le importaba un bledo; ya se la contaría el Hilario cuando sacaran los rebaños, con ese arte que se gastaba para la narración y con el que mejoraba cualquier historia. Lo que le apetecía era mostrarse con Eufemia, para que supieran los vecinos el pedazo de hombre que ya era y que aquello iba en serio y para siempre.

Pero en el bolsillo del pantalón solo guardaba unas migas del trozo de pan que había almorzado.

Y Benito no se iba a dar cuenta, con todas las monedas que había reunido ya, de tan mísera merma. Bastaba con poner la hucha boca abajo y hurgar con un cuchillo para que las perras encontraran el camino de salida. Llegó casi a alcanzar el billete, que asomaba su punta como una lengua burlona, y como una lengua burlona se escondía cuando los dedos intentaban pinzarlo.

-Lo que pasa es que esta ranura es muy estrecha.

El filo del cuchillo mordió el barro y ensanchó un poco la abertura, apenas lo suficiente para que salieran a regañadientes las pesetas pretendidas, y aquella noche Joaquín y Eufemia se ennoviaron, sin que el padrino tuviera la más mínima idea de que había pagado la ceremonia.

Y como quiera que los novios siempre apetecían de golosinas, de broches para el pelo y de refrescos de naranja, la ranura del guarro fue ensanchándose hasta el punto de llamar la atención de Benito.

-Me da a mí que este cerdo tiene cada día la boca más grande.

-Eso -le explicaba su hermano- es porque le das poco de comer y tiene hambre.

Cuando el arriero abrió su furgoneta y colocó las borriquetas y las tablas que serían su mostrador durante unas pocas horas, los niños se quedaron maravillados por la visión de una de las navajas que traía, de hoja sevillana con brillos de damasco, cachas nacaradas en gris y cierre de palanquilla. No era como las que apañaba el herrero de Robledillo aprovechando el metal de hoces melladas o de herraduras perdidas, hojas bastas y sin luz, aunque eficaces como pocas. A esta se la veía respirar; era un puro destello y podía sentirse como su filo haría sangrar al aire.

Era guapísima.

-Mi padre tiene una igual- mintió el fantasma del Tosigo- y con ella en la mano se atreve hasta con el lobo.

Benito ni siquiera lo pensó.

-Pues esa va a ser mía.

Ya no había bicicletas en el mundo, tan solo esa hoja con la que se veía ya cortando los espárragos, tallando silbatos de caña, fabricando orzuelos de chopo para atrapar perdices, o, tal vez, para esgrimirla con orgullo ante el resto de los chavales.

No se dio cuenta de que, por primera vez, alcanzaba la repisa sin necesidad de auparse a un taburete. Con alegría, arrojó la hucha al suelo.

Su madre, desde el patio en que tendía la colada, escuchó el chasquido de la loza al romperse, el grito de Benito y, a continuación, sus sollozos. Echó a correr pensando en cualquier accidente, “¿a que se ha volcado el puchero encima este zaragardero?”. Pero ni sangre ni quemaduras encontró; tan solo al niño de rodillas, llorando.

-¿Qué te ha pasado, hijo mío?

-Mis monedas -alcanzó a decir entre hipidos- se han comido los billetes que tenía y luego se han ido volando.

Y la madre de Benito alcanzó a ver las mariposas que revoloteaban por el cocedero y en el suelo, entre esquirlas de barro cocido, las hilachas de los papeles de los que se habían alimentado cuando eran gusanos.

​A CUENTO DE QUÉ

Si ya en los dos veranos anteriores les brindé una sombrilla de cuentos (no todos refrescantes), reincido en este con la confianza de que alguno mitigará la soledad de la tumbona.

Para ustedes he convocado a magos provincianos, pobres de pedir, una yegua imbatible, una hábil timadora, una cajera despistada, una baraja de fotos escandalosas…

En todos ellos intenté convocar a las Musas, pero estas habían cambiado sus vacaciones para ir a votar.

MOSTRAR BIOGRAFíA

He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”