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24/03/2013 10:11 CET | Actualizado 23/05/2013 11:12 CEST

Paz en Colombia: el fin del comienzo

En 50 años las acciones de las guerrilla no han resuelto nada y, por el contrario, han servido como pretexto para estigmatizar todo pensamiento diferente de la ideología tradicional de la derecha liberal y conservadora, que ha imperado en el país todo este tiempo.

GTRES

En agosto del año pasado, al final de una entrevista que le hice al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, para un programa de televisión, le pregunté cómo resumiría en una frase sus dos primeros años de Gobierno. Sin dudarlo mucho, el mandatario respondió: "Lo mejor está por venir".

Pocos días después, el Gobierno anunció el inicio de diálogos con los líderes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), para poner fin al conflicto que ha azotado a Colombia durante medio siglo. Esta decisión del Gobierno se produjo para salirles al paso a los rumores, cada vez más recurrentes, sobre una negociación que ha indignado a la derecha radical de este país y que se siente traicionada por Santos, de quien ellos esperaban que continuara la guerra emprendida por su antecesor, Álvaro Uribe Vélez.

El rechazo de muchos pesimistas y de no pocos halcones de la guerra a estas negociaciones tiene sus raíces en el escepticismo que durante tres años sembró en el país el fallido proceso de paz de Andrés Pastrana, que condujo a un estado generalizado de frustración que, paradójicamente, fue la principal munición de campaña de la candidatura presidencial de Álvaro Uribe, quien en 2002 se presentaba como el adalid de la autoridad, con su lema de mano firme y corazón grande.

Sin embargo, esos temores son infundados, si se tiene en cuenta que las negociaciones emprendidas por Pastrana y por Santos son radicalmente distintas. A diferencia del proceso anterior, y desde las conversaciones preliminares, en esta oportunidad los acercamientos se han llevado a cabo con absoluta discreción, situación que contrasta mucho con los diálogos entre reflectores, micrófonos y cámaras de la Administración Pastrana, iniciados aun antes de que este fuera elegido presidente.

En segundo lugar, Pastrana no sólo pactó un alto el fuego bilateral con la guerrilla, sino que además desmilitarizó una vasta zona del sur del país -equivalente a la superficie de Suiza-, donde supuestamente se iban a concentrar los insurgentes y se iban a desarrollar los diálogos. Craso error: las FARC convirtieron la zona de distensión en un santuario al cual trasladaban secuestrados y vehículos robados, y en la que, con la anuncia o la complicidad de la guerrilla, el negocio del narcotráfico profundizó sus raíces.

Esta vez, el Gobierno y las FARC han resuelto negociar fuera del país -en La Habana, específicamente-; Santos no ha desmilitarizado ni un milímetro del territorio nacional y las conversaciones se están desarrollando en medio del conflicto. Esto último significa que ni la guerrilla ha cesado en sus ataques contra las fuerzas militares, ni contra objetivos civiles del país; ni el Ejército ha menguado sus operaciones contra la guerrilla.

Los enemigos del proceso alegan que la seguridad se le ha salido de las manos al presidente Santos y que la tranquilidad en el país ha disminuido. Y aunque razón no les falta, esta situación no es producto de los diálogos Gobierno-FARC, sino que tiene otros componentes, muchos de ellos relacionados con el irregular proceso de paz llevado a cabo por Uribe con los grupos paramilitares, que dejó a muchos excombatientes sin jefes y sin dinero, pero con sus armas y sus estructuras de violencia y narcotráfico casi intactas. [Lejos de desmovilizarse, las tropas de los paramilitares siguieron actuando, pero fueron rebautizadas en el Gobierno de Uribe como Bacrim (bandas criminales), pero ese merecería un análisis aparte].

En fin, lo cierto es que luego de varios meses de ires y venires entre Bogotá y La Habana, tanto el Gobierno como la guerrilla se muestran optimistas por los avances obtenidos, aunque aún no han trascendido los términos de los mismos. Y, a poco más de un año de las elecciones parlamentarias y presidenciales, será difícil desligar la negociación con las FARC de dichos procesos electorales. Muchos creen que una eventual reelección de Santos dependería del éxito o del fracaso del diálogo con la guerrilla.

Pero la cosa no es tan simple, pues si Santos firma una paz mal negociada, si se deja manipular por las FARC, o si peca por ingenuo, sólo con fines electorales, es muy probable que su reelección no se produzca.

Pero, si por el contrario, no ve avances significativos, o si las FARC se levantan de la mesa, Santos podría garantizar una nueva elección al declarar una guerra frontal y sin concesiones contra las FARC. Al fin y al cabo, no sólo como ministro de Defensa, sino también como presidente, Santos ha dirigido y ordenado los más duros golpes que ese grupo guerrillero ha recibido en su historia.

En todo caso, lo deseable es que se firme la paz con esta guerrilla, pues este conflicto sólo ha servido para desviar los esfuerzos, los recursos y sobre todo la atención, de los temas de fondo que aquejan a Colombia.

En 50 años las acciones de las guerrilla no han resuelto nada y, por el contrario, han servido como pretexto para estigmatizar todo pensamiento diferente de la ideología tradicional de la derecha liberal y conservadora, que ha imperado en el país todo este tiempo. Además, sus actuaciones les han servido como cortina de humo a los Gobiernos para justificar su ineptitud en la solución de nuestros problemas de fondo, como la desigualdad, la falta de acceso a la educación, a la tecnología o a la salud, la deficiencia en la infraestructura, la inseguridad, la corrupción, etcétera.

Lo mejor de que se firmara una paz con las FARC sería que nuestros dirigentes se quedarían sin pretextos para sacar al país de ese hueco negro donde lo han mantenido por los siglos de los siglos...

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