TENDENCIAS
22/04/2018 17:04 CEST | Actualizado 23/04/2018 13:48 CEST

Juan José Millás: "La crisis era un estafa"

El autor cuestiona en esta entrevista la sociedad actual, machista, obsesionada con la apariencia y el control: "Los algoritmos determinan nuestras vidas".

CARLOS PINA
El escritor Juan José Millás, en su estudio de Madrid.

Juan José Millás (Valencia, 1946) no sabe cuántos libros hay en su casa, pero admite que debería ir deshaciéndose de algunos ejemplares porque, de lo contrario, se lo acabarán comiendo. Damos fe de que no exagera.

Así, entre montañas de libros, el escritor recibe a El HuffPost en su casa de la zona este de Madrid, cuyo ático hace las veces de estudio. Y allí se explaya para hablar de espejos, de cuerpos, de ansiedad —de realidad— con el trasfondo de su última novela, Que nadie duerma (Alfaguara).

El escritor, que trabajó durante más de 20 años en Iberia, dice no haberse arrepentido nunca de dejar ese puesto fijo para dedicarse a escribir a tiempo completo, pese a pertenecer a "una generación que tenía inyectado en vena el asunto del trabajo fijo". Por suerte para sus lectores —y aunque "Iberia era una especie de útero materno donde tenía cubiertas todas las necesidades"—, Millás sintió que si se quedaba ahí "era como mostrar miedo a no crecer".

Ahora, el autor de El desorden de tu nombre se muestra "ilusionado" porque su última novela va muy bien y "alegre" porque está saliendo de un fuerte catarro, del que espera estar totalmente recuperado para la próxima Feria del Libro de Madrid, que comienza en apenas un mes y a la que no piensa faltar.

Que nadie duerma comienza con la frase "Al verse en el espejo, Lucía dijo: Esa gorda soy yo". Cuando se mira usted en el espejo, ¿qué ve?

Me produce cierta extrañeza, porque veo a un señor. Cuando se llega a ciertas edades, se produce una especie de disparidad, de desajuste, entre la apariencia física y el sentimiento interno. Hay días que uno se levanta con la sensación de que es un chico, pero esa sensación interna se rompe en mil pedazos de repente cuando pasas por delante de un espejo. Lo que veo es un señor con cuya imagen exterior no siempre estoy de acuerdo.

La protagonista, que es taxista, también dice que es una falsa delgada. ¿Cómo es una falsa delgada?

Curiosamente, muchas mujeres me han dicho que ellas son falsas delgadas después de leer la novela. Eso introduce algo que atraviesa toda la novela y toda mi obra, que es la dicotomía apariencia-realidad. Normalmente vemos la apariencia de las cosas, pero el escritor tiene la obligación de ver la realidad. Y la realidad y la apariencia no siempre coinciden. Es más, casi nunca coinciden.

El machismo es el engrudo o la atmósfera dentro de la cual nos relacionamos"

Como sociedad, ¿estamos obsesionados con la apariencia, en general, y con la delgadez, en particular?

Sí. Es contradictorio, porque el mundo está lleno de obesos, por lo menos el mundo occidental. La obesidad, la sobrealimentación, está empezando a ser un problema. Y, sin embargo, estamos obsesionados con la delgadez.

En ocasiones le halagan por crear personajes femeninos complejos y centrales para la historia. ¿Cómo se lo toma? ¿Debe considerarse esto como un mérito o un logro?

Cuando me preguntan cómo he conseguido crear un personaje femenino tan complejo, lo que estoy escuchando por detrás es "cómo has conseguido describir a una marciana sin ser marciano". Pero, claro, las mujeres no son marcianas, son seres humanos y tienen mucho más puntos en contacto que diferencias con los hombres. Sin embargo, a ninguna mujer que cree un personaje femenino se le pregunta lo contrario. ¿Por qué? Porque se considera que lo normal es crear personajes masculinos. Y eso tiene que ver con ese engrudo en el que vivimos atrapados hombres y mujeres y que se llama machismo. El machismo no está solamente en los hombres o en las mujeres, o en las instituciones; el machismo es el engrudo o la atmósfera dentro de la cual nos relacionamos. Por eso sorprende que un hombre cree personajes femeninos, pero no sorprende que una mujer cree personajes masculinos. Y, evidentemente, no debería ser así.

Hay locos cuyo estatus intelectual es muy superior al nuestro"

Al principio de la novela, la protagonista dice que siente ansiedad cuando escucha ópera. ¿Qué le produce a usted ansiedad?

No es tanto ansiedad, sino que le pone nerviosa a menos que la escuche a través de un tabique. Yo, si supiera qué es lo que me pone ansioso, lo corregiría. Soy ansioso por naturaleza y siempre tengo un cierto grado de ansiedad, un cierto grado de estrés que, por fortuna, no alcanza niveles patológicos. Pienso que tanto la ansiedad como el estrés en un grado no patológico es bueno. A mí me va bien. He tenido épocas en mi vida en las que esa ansiedad o ese estrés han alcanzado grados insoportables y los he tenido que combatir.

CARLOS PINA
Juan José Millás.

¿Considera que la ansiedad o la depresión, en definitiva, la salud mental, es un tema tabú o un estigma?

Sin duda. Una vez que a alguien se le pone la etiqueta de loco, deja de tener sentido todo lo que dice. Y eso es muy cómodo, porque aunque digas las cosas más razonables del mundo, si tienes colgada esa etiqueta, da igual. Lo que se hace es recluirlos en guetos. El loco no está integrado cuando podría estarlo perfectamente; entre otras cosas, porque no está muy clara la frontera entre la locura y la cordura. Pero preferimos separarlos, reducirlos, y cuando nos acercamos a ellos lo hacemos un poco como un fenómeno de feria, sin darle un estatus intelectual semejante al nuestro. Y hay locos cuyo estatus intelectual es muy superior al de cualquiera de nosotros.

Y, pese a eso, una gran parte de la población sufre problemas mentales.

Es que en la enfermedad mental hay grados. No es lo mismo necesitar ayuda psicológica para una neurosis que para una psicosis. Normalmente, lo que más abunda es la neurosis y con ella se puede vivir si no alcanza grados insoportables, incluso puede ser muy creativa.

El día que uno deja de decirse que algo va a suceder, se mete en la cama y empieza a morirse. Es imposible vivir sin deseo"

¿Y a usted también le ocurre lo que a la protagonista de la novela, lo de tener el presentimiento de que "algo va a suceder"?

Creo que eso nos ocurre a todos, aunque no lo formulemos de ese modo. Cuando nos levantamos los lunes, pensamos que esa semana nos va a suceder algo o cuando despedimos el año, lo hacemos con buenos deseos para el año siguiente. Incluso hacemos ritos para atraer a esa buena suerte. El día que uno deja de decirse que algo va a suceder, se mete en la cama y empieza a morirse. Es imposible vivir sin deseo. Lo que pasa es que el objeto de deseo va cambiando a lo largo de la vida, en parte porque el deseo no tiene objeto, como decía Lacan. Cuando alcanzamos algo que deseábamos mucho, cuando logramos un éxito, lo normal es sufrir una pequeña depresión. Porque en realidad no era eso lo que deseábamos, sino lo que eso representaba, que es un misterio. Cuando lo alcanzamos, de forma inconsciente, nos decimos: "No era esto". Y ponemos el deseo en otro objeto. Y así vamos viviendo hasta que alcanzamos la llama que nos mata, del mismo modo que la mariposa muere al alcanzar la luz, que era su deseo. La muerte colma todos los deseos. Hasta entonces, todos los objetos de deseo son provisionales.

Y si le pregunto, por ejemplo, por el caso Cifuentes... ¿Qué cree que va a suceder ahí?

No tengo ni idea, porque la capacidad de resistencia de esta mujer para la infelicidad es tremenda. Me imagino que debe ser tremendamente infeliz con esto. Pero, vamos, tiene todo el aspecto de que es cuestión de tiempo y que, en cualquier caso, su carrera política se ha terminado. Pero yo me he equivocado tantas veces... En su día, cuando llegó la democracia, yo pensaba que Fraga era un cadáver político y fíjate el juego que dio...

La capacidad de resistencia de [Cristina Cifuentes] para la infelicidad es tremenda"

¿Y con la situación política en España, en general?

No soy politólogo, pero en líneas generales la situación es mala, porque no se percibe un horizonte de cambio a mejor. Es más, la impresión es que cada día tenemos menos futuro como individuos y como sociedad.

Se cumplen 10 años de la llegada de la crisis y, supuestamente, ya la hemos superado.

Es que la crisis no era una crisis, es mentira. Lo que llamamos crisis fue un cambio de modelo, que ahora se está perfeccionando y que nos lleva a convertirnos en una sociedad latinoamericana. Se trata de crear una sociedad con unos pocos ricos muy ricos, con una clase media pequeñísima y enflaquecida, y luego una legión de pobres. Por eso la clase media está siendo expulsada hacia los márgenes y la clase obrera, hacia la indigencia directamente. Eso no es una crisis, es un modelo. Y ese es el cambio de modelo que todos están perfeccionando. Lo está llevando a cabo el PP, que es el que gobierna, pero con cero oposición.

¿Se puede decir que la crisis es una posverdad?

Sí, porque la crisis era un estafa. Se supone que de una crisis se sale, pero aquí no solamente no hemos salido, sino que se afianza el modelo. Pero mientras nombremos esta estafa como crisis, nos queda en el subconsciente que tarde o temprano saldremos. Eso es una posverdad. Está claro que es una mentira, pero ¿por qué hemos necesitado nombrarla con otra palabra? Porque con la palabra mentira no alcanzábamos. Del mismo modo que de Antonio López decimos que es un pintor hiperrealista. ¿Por qué no decimos que es realista? Porque lo que hace va más allá del realismo. Una posverdad es una mentira que tiene la capacidad de convertirse en una verdad alternativa.

La clase media está siendo expulsada hacia los márgenes y la clase obrera, hacia la indigencia"

"Hay cabezas-muro y cabezas-puente, pero parece que van ganando las primeras", escribe en una columna en El País Semanal. ¿Cómo explica esto? ¿Me podría dar un ejemplo de cada?

Trump es una cabeza-muro. Está pensando todo el rato en el muro que va a poner entre México y Estados Unidos. La política está dominada por cabezas-muro; Europa entera se está convirtiendo en una fortaleza frente a los movimientos migratorios. Hay muy pocas cabezas, si las hay, que piensen en construir puentes en lugar de muros.

¿También en España?

También. En España tenemos un muro en la frontera con África lleno de alambradas. Un muro lo construye cualquiera, pero un puente, no. El propio Calatrava, que es un gran arquitecto, se equivoca con mucha frecuencia.

CARLOS PINA

Después de leer un reportaje suyo sobre el aparato digestivo en El País Semanal y la novela Que nadie duerma, parece que usted siente una atracción especial por los intestinos y las entrañas. ¿Se debe a algo?

La atracción es por el cuerpo en general. Todas las revistas llevan un cuerpo en portada, la industria de la cosmética o la de la alimentación mueven miles de millones de euros... El cuerpo tiene una importancia en nuestro mundo. Pero tengo la impresión de que tratamos al cuerpo como si fuera una adquisición reciente. Como si hubiera habido una época en la que no hubiéramos tenido cuerpo, y entonces estamos muy orgullosos de esta adquisición, del mismo modo que a quien le falta un brazo y acaba de adquirir una prótesis alemana de titanio, te la enseña. De este modo tratamos nosotros al cuerpo. Eso me sugiere la idea fantástica, que me gusta, de que hubo una época en la que no tuvimos cuerpo y que el cuerpo vino a suplir una amputación de la que no tenemos memoria. Y por eso estamos tan contentos con él. El cuerpo me produce mucha extrañeza.

También le llama la atención el mercado en dos de sus acepciones: el mercado financiero —de Rodrigo Rato y su "es el mercado, amigo"— y el mercado al uso, el tradicional, el de Mercamadrid. ¿Tienen estos algo en común?

No, porque la economía financiera no tiene nada que ver con la economía real. La economía financiera es un delirio en el que estamos instalados todos. De hecho, nosotros venimos de una época en que el dinero estaba respaldado por algo, venimos del patrón oro. Antes podías ir con un billete de mil pesetas al Banco de España y te lo daban en oro. Ahora el dinero no tiene otro respaldo que el de la confianza y eso es un delirio. Si mañana la gente deja de creer en el dólar, el dólar se viene abajo. La cantidad inimaginable de dólares que circulan por el mundo no están respaldados absolutamente por nada más que la confianza que pones en eso. Si pierdes la confianza, el dólar se va al carajo en menos de 48 horas. Vivimos dentro de un delirio, pero ahí vamos tirando.

Los algoritmos determinan absolutamente nuestras vidas.

¿Y cuál es su relación con los algoritmos, de los que habla en Que nadie duerma?

Desde hace tiempo me llaman la atención, porque antes era una palabra que pertenecía a la jerga aritmética o matemática, no estaba instalada en la vida cotidiana. Y, de repente, dio un salto. Todo el mundo empezó a hablar de algoritmos sin saber muy bien de qué se hablaba. Entonces empecé a tratar de comprenderlos. Es un asunto que nos debería preocupar a todos porque ahora mismo los algoritmos determinan toda nuestra existencia. Si vas a pedir un préstamo, un algoritmo es el que decide si te lo dan o no. Vas a pedir un trabajo, y lo mismo. Los algoritmos, como dice la autora de Armas de destrucción matemática [Cathy O´Neil], no sólo representan la realidad, sino que la empeoran. Crean bucles. Si un tipo de Estados Unidos va a pedir trabajo, el algoritmo dice: es negro, vive en tal distrito que es pobre, de adolescente estuvo una semana en el calabozo por robar... Entonces el algoritmo decide que no le dan el préstamo, lo cual lo manda más a la marginalidad. De un lado, representan la realidad, pero, de otro, la empeoran. En este momento, los algoritmos determinan absolutamente nuestras vidas.

Y no se puede hacer nada contra eso...

El problema de los algoritmos es su falta de transparencia. A ti te rechazan en un trabajo porque lo ha decidido un algoritmo, pero tú no tienes acceso a él. Y quien ha creado ese algoritmo ha proyectado todos sus prejuicios en él. Por eso empeoran la realidad generalmente. Y no, no se puede hacer nada. Uno de los grandes negocios actualmente es el big data, el tráfico de datos. Ahí tenemos un par de escándalos no hace mucho.

Por último, ¿le da miedo que, en algún momento, las escenas de sexo de sus novelas se acaben cuestionando como Lolita, de Nabokov, últimamente muy polémica e incluso descrita como apología de la violación?

No, entre otras cosas, porque ni siquiera pienso en la posteridad. Los libros nacen y mueren a una velocidad de vértigo. Han entrado en el sistema de rotación de los electrodomésticos, que hay que cambiarlos cada cierto tiempo. Ni se me pasa por la cabeza.