INTERNACIONAL
20/08/2018 21:57 CEST | Actualizado 20/08/2018 21:57 CEST

Así se ha sufrido (y se sufre) el desgaste del rescate a Grecia

El país heleno pone fin hoy a ocho años de servidumbre de la Troika, pero la soberanía se conquista sobre una tierra ya muy cansada.

Este lunes, 20 de agosto, ha expirado el tercer programa de rescate a Grecia. Eso supone que Atenas se desliga de la Troika y se ve obligada a caminar sin muletas, a autofinanciarse nuevamente, después de haber recibido durante ocho años créditos internacionales para evitar la bancarrota. La alegría por la prueba superada se entremezcla con la incertidumbre: hay buenos números, la curva ascendente es innegable, pero el desgaste ha sido tan brutal que los ciudadanos no tienen fuerzas para cantar victoria ni saben cuándo les vendrán, de nuevo, mal dadas. No se fían, así que mejor no celebrar.

Los ingresos se han reducido un cuarto en los hogares griegos, el paro ha llegado a cotas del 25% en estos años, las pensiones se han rebajado una quincena de veces, unos 400.000 jóvenes talentos se han marchado en busca de un futuro mejor... Sobre tierra arrasada toca recomponerse.

Cómo están ahora las cosas

Las esperanzas en Grecia son tímidas, pero esperanzas son, al fin y al cabo. Se han sucedido tres rescates desde 2010 y, 289.000 millones de euros después, ya no hay que pedir más dinero a los acreedores (la santísima trinidad compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). Casi todo el dinero recibido ha ido destinado a pagar deuda, pero aún queda un pequeño colchón de 24.100 millones de liquidez en el que el gobierno del primer ministro Alexis Tsipras (Syriza) confía para poder avanzar sin sobresaltos. Ese margen de caja es el equivalente a lo que necesita el país en 22 meses.

Atenas ha recuperado su soberanía económica, aunque no deje de atender las recomendaciones de Bruselas y los compromisos firmados para poder caminar libre, que no son pocos. Entre las servidumbres, están las de someterse cuatro veces al año a los controles de la Troika -para confirmar que las reformas pactadas no se relajan-, lograr un superávit primario (antes de pagar la deuda) del 3,5% hasta 2022 y del 2% hasta 2060, y culminar reformas esenciales como la de las pensiones, la administración, las privatizaciones de empresas públicas y la lucha contra la economía sumergida.

Lo que la crisis se llevó

El nuevo tiempo post-rescate arranca sobre una base inestable, la de un país al límite de sus fuerzas, donde la clase trabajadora nuevamente ha sido la más perjudicada por las decisiones políticas. Para empezar, la población ha envejecido notablemente, debido al éxodo de jóvenes que han buscado fuera las oportunidades que su tierra les negaba. La fuga de cerebros desde 2010 se calcula entre las 350.000 y las 400.000 personas. La cifra es escandalosa en un país que no llega a los 11 millones de habitantes, un 3% largo, casi todo jóvenes y con formación superior.

La tasa de desempleo llegó a rozar el 28% en 2013, el año más brutal de la crisis, aunque ahora, por primera vez, ha bajado de la barrera del 20%, hasta el 19,5%. Un millón de parados dejó el desastre. Ahora, los empleos que se generan están lejos de ser los de antaño: son de baja calidad y escaso salario, de corta duración y se localizan en el sector servicios; el turismo, recuperado, que augura un 2018 de récord, es el que sigue salvando la estadística. Como ocurre en España, el desempleo juvenil es un problema gigantesco: el paro en la horquilla de edad entre los 20 y los 35 años prácticamente duplica la media nacional.

Las pensiones han bajado también un promedio de un 40%, con una quincena de devaluaciones, en una tendencia que no se detiene: ya está pactada hasta la bajada del año que viene. Ese dinero ha sido esencial para mantener a las familias, a los jóvenes con cargas (hijos, hipotecas) a las que hacer frente.

Un tercio de la población se encuentra oficialmente por debajo del umbral de la pobreza tras estos ocho años de rescate. En 2007 un griego tenía el mismo poder adquisitivo que un español, pero hoy tiene un 40% menos de capacidad económica que alguien en nuestro país. Su comparación ahora hay que hacerla en la cola de la lista: sólo Rumanía y Bulgaria están en peor situación, según datos de Eurostat. La tasa de préstamos fallidos se acerca al 23%, se han multiplicado por ocho en la última década.

El Gobierno tiene que lidiar con todo ello sabiendo que, a día hoy, cuenta con una deuda del 180% del producto interior bruto (PIB) nacional. Un lastre para varias generaciones, como coincide en señalar la prensa local. Al menos, ese PIB suma cinco trimestres consecutivos al alza y se espera que esté por encima de la media de crecimiento de la zona euro a finales de 2019. Por ahora crece a un ritmo del 2,3% (dato del primer trimestre de 2018), y los cálculos de la Comisión Europea son que mantenga al menos un 1,9% en todo el año y un 2% en 2019, añade el FMI.

No son vaticinios que auguren el desastre, pero como en la calle no acaban de verse los brotes verdes, es complicado que cunda la euforia. Lo que ven los griegos es una presión fiscal insólita que sobre todo aplasta los hombros de la clase media (empleados, autónomos, pequeños empresarios) y que no se va a levantar en breve, empleos con derechos desvaídos que vienen para quedarse, abuelos que ya no pueden comprar más que para sí mismos y nietos que llaman por Skype, pero ni sueñan con regresar.

"Ni un regalo para mis nietos"

Los sufridores griegos tienen el cielo ganado en estos años: sube el IVA, baja la pensión, recortan el salario del funcionario, congelan sueldos, "ajustan" la sanidad pública y los servicios de transporte... Durante años, se han manifestado en la calle contra la tijera de Europa y, luego, contra la tijera de su propio Ejecutivo, que no pudo hacer otra cosa sino claudicar ante las exigencias de los acreedores. Ya no toman las calles, la famosa Plaza Sintagma de la capital ateniense, pero el enfado sigue, rumiado, de puertas para adentro.

La BBC, por ejemplo, ha hablado con Tassos Smetopoulos, un voluntario que comanda un comedor social en el centro de Atenas. Reconoce que la estadística del país mejora, pero a su entender "el rescate puede que acabe sobre el papel, pero no en la realidad". Lo ve cada día, con casos como el de una mujer de 54 años identificada como Fotini que lleva tres años sin empleo. "No veo que la crisis llegue a su fin (...). Estamos estresados y enfadados porque no tenemos trabajo. Me da vergüenza no poder comprarles un regalo a mis nietos. Sólo queremos vivir cómodamente en nuestros propios hogares y así poder mirar a nuestros niños a los ojos", señala.

Yorgos Vagelakos, un obrero jubilado de 75 años, ha explicado a la agencia Reuters que antes de los rescates llevaba a casa una pensión de 1.250 euros. Hoy recibe 685 euros al mes y sus deudas están creciendo. Ya no puede mantener a las familias de sus dos hijos, como hacía en estos años, y apenas puede cubrir las necesidades de su hogar, suyas y de su esposa. "Me levanto cada mañana en una pesadilla", dice. "¿Cómo administraré mis finanzas y mis responsabilidades? Ese es el pensamiento que me ronda cada día", se duele.

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Yorgos Karahalis / Reuters
Yorgos Vagelakos lee el periódico mientras su esposa Anna lava los platos, en su casa del distrito de Keratsini, en Atenas.

"Grecia sale de los rescates pero los jubilados nos quedamos. Las pensiones sufrirán un nuevo tijeretazo y el impuesto sobre la renta aumentará. Todo eso me da miedo. No creo que el Gobierno pueda hacer algo para evitar el recorte. Tiene las manos atadas", señala, por su parte, Damianós Manóloglu, un jubilado de 81 años que regentó durante décadas un restaurante en Atenas, en declaraciones a la agencia EFE.

Una bofetada

Matina Tetsiou, separada y madre de dos chicos, perdió su trabajo como empleada de una estación de servicio en 2014, relata a AFP. Entonces tuvo que recurrir a la ayuda financiera de su padre, empleado de una gran empresa. "El seguro de desempleo era modesto y pude cuidar de la familia gracias a la tienda comunitaria de mi barrio", confiesa. Matina parece cansada, pero se considera "afortunada" de haber conseguido a fines de 2016 un contrato a tiempo parcial en otra gasolinera, aunque sólo le da para "alimentar a sus hijos".

Sigue viviendo en casa de su madre y no puede pagar sus deudas ni la seguridad social, ni un préstamo bancario suscrito en 2005 -en plena euforia financiera- para emprender su propia empresa de venta de muebles de cocina, que cerró tres años después.

"La crisis fue como una bofetada: habíamos crecido con la ventaja de vivir en un país europeo y de pronto todo se hundió", añade Panagiota Kalliakmani, una joven entrevistada por la misma agencia, que aspiraba a trabajar como química, para lo que estudió, pero que, como muchos griegos, tuvo que adaptarse a la austeridad y ahora es cocinera.

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AFP/Getty Images
Panagiota Kalliakmani, retratada en Atenas.

Después de graduarse en 2010 en la Universidad de Tesalónica, Panagiota quería ser investigadora, pero todos los programas de investigación se fueron reduciendo. Entonces se planteó estudiar medicina legal. Pero los locales de la policía de Tesalónica dedicados a esta materia también cerraron debido a los recortes. Tampoco logró entrar en una empresa farmacéutica, pues todos los laboratorios se trasladaron a Bulgaria. Así fue como le quedó la opción de dar clases particulares a los alumnos de secundaria, "aunque la gente cada vez paga menos". Tras un contrato de un año en una escuela, en 2015 Panagiota fue despedida. Ahora se siente realmente "rezagada", sobre todo luego de que una de sus amigas se fue a Irlanda para trabajar de moza y que su hermano economista encontró trabajo en Bruselas, "de donde ya no quiere volver".

Vasilis Giselis, un camarero de 20 años cuya historia ha difundido EFE, cree que en Grecia nada puede cambiar si no cambian los propios ciudadanos, y que el mal que sufre el país no es un problema de los últimos años, sino de errores acumulados (como el clientelismo) durante al menos cuatro décadas, con los Gobiernos de PASOK y Nueva Democracia. "Yo aprendí a resolver mis problemas solo, a buscar trabajo y a ganarme la vida... No espero ayuda de Syriza. Creo que para que cambie el país, primero tenemos que cambiar nosotros, ayudarnos unos a otros y no esperar que vayamos a obtener algo sin antes ofrecer", sostiene este joven. No obstante, su intención, dice, es quedarse en su país.

¿Y cómo queda Tsipras?

Alexis Tsipras encandiló a la Europa progresista, con su llegada al poder en Grecia, en septiembre de 2015, para atajar los desastres previos de los conservadores. Su ascenso supuso una explosión de alegría y de confianza, pero con el paso de los meses, hasta a él mismo se le fueron acabando las promesas, se le fueron borrando las sonrisas. La realidad era la que era. "Te tapas la nariz y lo asumes... Sabes que no hay alternativa", decía en una entrevista a The Guardian. Estaba claro: rescate o rescate. A quienes le acusaban de haber mentido al pueblo griego, les responde: "Se nos puede acusar de habernos engañado a nosotros mismos".

Hoy, con el fin del rescate, puede lucir los galones, sobre todo, de superviviente. Hasta ha cumplido con su promesa de ponerse corbata para festejar el momento. Le ha durado un rato. No está para muchos gestos teatrales. Como explica María Antonia Sánchez-Vallejo en El País, "los recortes, las críticas y los errores" dibujan una "amarga realidad aplastante" y lo convierten en "alguien replegado sobre sí mismo, equidistante del fervor que desató en su día".

Los enormes fuegos sufridos en las últimas semanas de julio, con más de 90 muertos y un importante escándalo por fallos en cadena en su gestión, han acabado de dañar su imagen, más allá del desgaste generado por las deudas y los rescates. Ni siquiera las palmadas en el hombro procedentes de la UE y los mastodontes de la economía mundial le mejoran la popularidad, baja como nunca.

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AFP/Getty Images
Alexis Tsipras, durante un discurso a su grupo parlamentario, con corbata por el fin del rescate.

Según los sondeos más recientes, los conservadores de Nueva Democracia sacarían hoy entre cinco y diez puntos más que el Syriza del primer ministro. Las elecciones deben celebrarse el año que viene. Y no hablamos de un partido limpio, que pueda erigirse en renovador y salvador de patrias, no, porque Nueva Democracia, con Andonis Samarás (2012-2015), fue uno de los que no pudo controlar la economía nacional.

La prensa local anuncia que en el discurso de Tsipras para dar por cerrado el rescate se podrán escuchar compromisos de futuro importantes y que es incluso posible que se produzca una crisis de gobierno para airear su gabinete e introducir nuevos rostros que ilusionen a la ciudadanía. Por ahora se descarta un adelanto electoral, porque entre otras cosas hay una revisión constitucional pendiente.

Como explica a la BBC el profesor Kevin Featherstone, director del Observatorio Helénico de la London School of Economics, "Grecia ha ayudado a salvaguardar el futuro de la eurozona al aceptar los términos del programa de rescate y esa es una herencia valiosa" en términos políticos. Tsipras "ha mantenido una sociedad en funcionamiento, una democracia en marcha, es un testimonio de la solidez de Grecia como un estado moderno (...) Grecia ha salvado el euro, eso vale algo", concluye.

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