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23/02/2019 08:21 CET | Actualizado 23/02/2019 08:21 CET

Fuego

Carlos Alejándrez

Hacía tiempo que había dejado de sentir el olor con el que volvía a casa noche tras noche. Sabía que los que se sentaban junto a él en el autobús lo notaban; también los que apuraban su vino en la barra del bar mientras él apagaba, noche tras noche, su hambre con un bocadillo de calamares; también los vecinos con los que se cruzaba en la escalera.

Intuía que hasta las paredes de su casa se resquebrajaban de asco cuando él entraba.

Recordaba incluso aquel caballo de chatarrero que se encabritó cuando se acercó con el radiador que había regalado al gitano.

Pero ya no lo percibía.

Más de una vez pensó, al quitarse la ropa cual penitente indultado, en quemarla, como Catherine Deneuve en Belle de Jour, aquel rostro que había iluminado la madrugada del cuarto en que la cama, la lata de caballa que hacía de cenicero, un calendario porno y un televisor portátil se disputaban tan poco espacio.

Aunque siempre terminaba echándola, con desprecio, con resignación, a la lavadora para que el agua se llevara la sangre y las blandas lascas de cartílago agazapadas en los pliegues.

Más tarde la tendería en el pasillo para que al día siguiente volviera a impregnarse del olor nauseabundo en el corredor de la muerte del matadero.

Tumbado en la cama sin más vestimenta que los calzoncillos, mataba el insomnio y esperaba al sueño viendo películas sin sonido que lo estorbase. ¿Para qué escucharlos, si no quería, en realidad, saber nada de las desdichas de aquellos tipos?

Entonces encendía su cigarrillo, el único de cada día. Trece, a veces las contaba, bocanadas de alivio.

En ningún otro lugar, en ninguna otra circunstancia, había fumado nunca, ni pensaba, a esas alturas, fumar.

También contaba, hasta caer dormido, las gotas que escapaban de aquel grifo con problemas de próstata.

Prefería las películas en blanco y negro, cenizas sobre la ceniza que se deshilachaba en la lata, aunque sabía que las de Liz Taylor, aquellos ojos de violeta y fuego ("de-lirio" pensó) siempre refulgirían en color, como brasas.

Incluso llegó a sentir lástima por los muertos vivientes que pretendían provocar el terror, pero que estaban condenados a arder en una hoguera de despojos.

-¿Cuál es la diferencia? –Preguntó a la pantalla- Nosotros también comemos cualquier cosa y nos pudrimos igual.

También en el matadero acababan con los animales mediante un golpe en la cabeza, asestado con una pistola de bala cautiva que disparaba un émbolo preciso y mortal en la testuz de la bestia encajonada.

Una ejecución limpia, aséptica y barata.

Él apenas había asistido a las sangrías que, años antes, el cuchillo provocaba en la carótida; ritual olvidado en cuanto las mollejas se convirtieron en bocado de lujo.

Alguien le había comentado que en el remoto pasado, cuando Felipe II ocupaba su poltrona de piedra, el carnicero real tenía su maquila, un porcentaje fijo de vísceras de cada res que destazaba.

-¿Qué habría hecho yo con ellas? No tengo amigos ni perro. Y detesto la carne. Incluso la propia -y bajó los ojos somnolientos hasta sus criadillas.

Sí coincidió, y lo recordaba con asco, con aquellos matadores de toros, segundones sin billete para América, que, a cambio de una copa y una barrera para una novillada en San Isidro, conseguían acceder al matadero en las mañanas más gélidas para practicar el descabello: seis, siete, y hasta doce cuchilladas mal dadas que convertían la cerviz del animal en un pantano sanguinolento ("Cómo cabeceaba el hijoputa" dijo justificándose aquel pinchauvas. "¿Y qué piensas, gilipollas, que los Domecq te los van a echar con collarín?")

Él, quizás porque su trabajo consistía en matar y eviscerar, no soportaba la muerte gratuita en un ritual que algunos llamaban "arte".

- ¿Arte? Bonito nombre para el engaño. Los del traje de luces –escupió- me recuerdan a esos pescadores que se creen sensatos y humanitarios porque sueltan la trucha después de haberle arrancado media boca a tirones con un puto anzuelo. No entiendo nada más bajo que matar sin comer. Desde que se lo dije al lila de mi cuñado, dejó de hablarme. Mejor. Un capullo que regala las liebres se merece un perro vegetariano y mi silencio.

Panda de hijos de puta. Peores que los zombis de las películas -y señaló la tele.

A los cerdos, cuestión de eficacia, se los electrocutaba antes de colgarlos por una pata. El raíl del que pendía el gancho los dirigía del electrodo a la piscina de agua hirviendo que limpiaba su piel.

Pero aquella cerda era vieja grande y velluda, y la descarga apenas la había aturdido. Cuando cayó en el jacuzzi, su pataleo y sus gritos salieron por los angostos ventanales del matadero como pájaros heridos. Se necesitaron tres hombres y tres minutos para mover las poleas y sacarla de aquella tortura. Él mismo se quemó las manos al degollar al pobre animal, abrasado pero vivo aún.

Esa noche, en el bar, pidió, además del consabido bocadillo, una ración de gambas al ajillo. En un par de minutos tuvo ante sí una cazuela en la que borboteaba un líquido demasiado fluido para ser aceite y demasiado claro para ser jugo. Unas pocas colas marmóreas temblaban entre esquirlas blanquecinas.

-¡Joder, Ramón, que aquí hay más ajo que gambas, coño!

-¿Qué pasa? ¿Que hoy tienes que besar a alguien?

-Hoy no.

Y en ese "hoy" cupo toda una vida.

La ropa se ahorcaba en el pasillo. En la televisión, Charlot, vestido como un Hitler aún más de pacotilla, jugaba con un globo terráqueo. Se tumbó, extrajo el Ducados del paquete y acercó el encendedor a la punta.

El encendedor falló.

Había perdido la piedra; el rodillo granulado giraba sin que ninguna fricción provocara la chispa. Ahuecando la nariz, olisqueó en vano el pestazo a gasolina.

Blasfemó. Buscó la puta pizca de pedernal entre el barbecho de las sábanas como si fuera la piedra Rosetta. Sabía que no le quedaban de repuesto para aquel Zippo desconchado que había llevado en el bolsillo desde... ni se acordaba. Le resultaba grato palparse algo duro.

Recordó a las menesterosas mujeres que entorpecían las escaleras del Metro repitiendo su salmodia: "Lo tengo rubio. Lo tengo negro. Ballenitas. Ballenitas ("Bien me vendría una para la polla"). Piedras de mechero. Chicles. Tabaco. Chiiicleees americanos. Tabaaacooo".

Imberbe aún, las que llegó a ver fueron las últimas heroínas de una estirpe de infelices en un país que olvidaba ya el estraperlo, reducto de un pasado miserable en el que, en el declive del domingo, sus voces cansinas se acoplaban con las que gritaban los resultados de los partidos: "¡Ha salido la Gaceta! ¡Goleada! ¡Goleada!". Papel con caries en el que había un aleteo de esperanza. ¿Quién iba a dormir sin saber si no había acertado una de doce y, al fin, podría comerse un pepito de ternera en lugar de la media de ensaladilla?

Pensó por un momento en las cerillas de la cocina, pero cayó en la cuenta de que no había; que las pocas veces que encendía el fogón, lo hacía con aquel mismo mechero.

Ni por un instante se resignó a dormir sin su cigarrillo. Se vistió sin hacer caso a las prendas que cogía del armario y se echó a la calle.

-¿Para qué tengo yo un chino de cabecera, joder?

El cartel le explotó en la cara.

"CERRADO POR DEFUNCIÓN"

-¡No me jodas! –Exclamó al tiempo que golpeaba el cierre metálico- ¡Yo creí que ni muertos cerraban estos cabrones!

Maldijo aquel barrio vomitorio.

Inmediatamente, con la claridad que otorga la urgencia, pensó en la gasolinera al otro lado del parque y en su tiendecita de artilugios para tipos a deshoras.

Echó a caminar por el sendero de tierra, más atento a la ansiedad de humo que al temor de los vecinos a adentrarse en el parterre en cuanto oscurecía. El pitillo seguía entre los dedos, esperando a que aquel Prometeo de extrarradio consiguiera el fuego de una vez.

Se detuvo ante una pareja que, en la rala hierba y lejos de cualquier farola, semejaba un bulto sinuoso y jadeante.

-¿Tenéis lumbre?

-De cintura para abajo estoy ardiendo, gilipollas. ¡Lárgate o te alumbro un par de hostias, capullo!

Con decisión, aceleró hasta cruzar los surtidores como si fueran la línea de meta de una maratón.

-Buenas noches. Un mechero, por favor.

-Dos euros.

-¿Dos euros? ¡No me jodas! ¡Eso es el doble de lo que me cobra el chino!

-Lo siento, pero Repsol no quiere calderilla.

-Pues sólo he traído uno. Dame fuego al menos.

-No puedo, jefe; Está prohibido fumar y además hay cámaras, entiéndalo...

Llegó al portal de su casa renqueando, con los pies doloridos y los pulmones a punto de reventar, pero dispuesto a volver a la gasolinera con los dos putos euros que le había pedido aquel pelagatos.

De repente, parpadearon todas las farolas como si dudaran; pero lo tenían negro y un manto de oscuridad cubrió las calles.

Necesitó un minuto para encajar la llave en la cerradura, maldiciendo no tener un mechero ("el puto mechero, hay que joderse") con el que darse luz.

Cuando consiguió abrir, percibió un destello fantasmal en el rellano. Contuvo la respiración el tiempo suficiente para descubrir que el espectro era la vieja del segundo, que se había asomado a la escalera con una vela embutida en una botella.

-Esto ha sido un corte general. ¿Cree usted que tardará mucho?

Él acercó la punta del pitillo hasta la llama, aspiró una calada inmisericorde y exhalando el humo muy, muy despacio, como si no quisiera desengancharlo del paladar, exclamó:

-Por mí, como si se eterniza.

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