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02/07/2018 07:29 CEST | Actualizado 02/07/2018 07:29 CEST

La falsa crítica al buenismo

Handout . / Reuters

Maldecir no es educado ni virtuoso. Insultar tampoco. Aunque hay por ahí quienes han demostrado que hacerlo en dosis que no sean exageradas te libera de ansiedad. Hacer crítica es algo diferente, al menos en teoría. En este caso no se trata de ejercitar la mordacidad por placer estético ni por venganza personal, sino de argumentar analíticamente sobre algo dado y proponer formas de resolver los errores detectados o de, al menos, entender sus causas.

En cambio, la crítica se torna falsa cuando se utiliza un discurso aparéntenseme racional para justificar opiniones y juicios de valor puramente ideológicos, utilizando argumentos de escasa base lógica y científica y despreciando la conveniencia de evaluar si la ideas que se están introduciendo poseen un mínimo sentido ético. Su fin real pasa por ser el cabildero de los intereses particulares de un grupo o clase social; una función que debe mantenerse oculta o pasar desapercibida si se quiere disfrazar lo que la motiva. Lo relevante es que parezca que está al servicio del bien general. Y así es como la falsa crítica adquiere su facultad más temible: provocar la falsa conciencia o, dicho con otras palabras, que los intereses de unos pocos sean tomados por la mayoría como propios, incluso a riesgo de perjudicarse.

La inmigración de personas sin recursos y de refugiados que temen por su vida no es un "problema" sino un conflicto internacional de dimensión histórica

La inmigración de personas sin recursos y de refugiados que temen por su vida no es un "problema" sino un conflicto internacional de dimensión histórica que ahora vuelve a copar un lugar prioritario en la agenda política. Ante esta coyuntura quiero llamar la atención sobre la falsa crítica que se utiliza en Europa para debilitar cualquier iniciativa o programa de ayuda humanitaria y de integración social y cultural para rescatar y prestar oportunidades a los colectivos de inmigrantes.

El ejercicio de esta crítica comienza, casi siempre, con la verbalización de una estigmatización mortal: la perspectiva del buenismo es perjudicial para analizar la situación de esta cuestión. Es una mentalidad que hay que desterrar. Solo se estará dispuesto a trabajar en la materia si se comienza con descontar su voz de la ecuación o nadie querrá sentarse a negociar. El lenguaje, una vez más, crea la realidad que masticamos en nuestra imaginación. Desde mi reflexión, la crítica encendida al buenismo no es más que un espejo que conduce al nuevo racismo: el germen, tan desasosegadamente familiar, que da pie al florecimiento del ultranacionalismo contemporáneo.

Durante los últimos quince años en ciertos sectores de las sociedades europeas más ricas e influyentes (como Inglaterra, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Francia y Alemania) ha terminado de estructurarse, como creencia dura, un sentimiento efervescente durkheimiano de persecución a todo aquello que aparenta ser y resuena como blando e ingenuo. Un sentimiento cultivado sobre las semillas de la ira, la precariedad y el miedo del que, por cierto, también participan ciertas clases sociales y grupos políticos en España, y cuyos frutos se propagan sin diques de contención para mayor gloria del individualismo radical, la beligerancia militar y la cultura mercantilista en la que todo, incluso la virtud, se analiza en relación a su coste económico.

El sujeto histórico que involuntariamente cae en las redes de la alegoría negativa del buenismo, automáticamente queda encorsetado dentro de un giro lingüístico cuya intención es siempre despectiva. Un giro cuyo objetivo último es minusvalorar al atrevido que nada tiene que perder, al necio sin los pies en el suelo, al desgraciado redomado que cree que puede hacer más de lo que es capaz, al utópico, al idealista y al visionario. Un giro, el buenismo, ya normalizado por la Academia, para designar con su sentencia todo aquello que no merece el esfuerzo de ser tenido en cuenta seriamente, ni escuchado ni entendido pues el que lo ostenta o practica debe ser percibido como alguien sin criterio racional, de juicio ligero.

El nuevo racismo europeo que se halla en el trasfondo de la crítica al buenismo se hace cada día más fuerte

Efectivamente, aquel que es interpretado como una persona (o personaje) "blandita" y "afable" (lo que en nuestros días sucede cuando uno expresa sin tapujos ni avergonzarse que la solidaridad desinteresada y el diálogo con amplitud supererogatoria componen el eje central del único mecanismo político con propiedades democráticas para reducir las injusticias) no debe tener posibilidad alguna de tomar decisiones colectivas ni trascendentes sobre nuestras vidas. Si se permitiera que aquellos que piensan y actúan bajo preceptos tales como la tolerancia y el pacifismo, si lograrán disfrutar de la simpatía de millones y, en consecuencia, la benevolencia laica se manifestará libremente, superando las criticas destructivas y adquiriendo un poder sustancial en el gobierno de las instituciones, las cosas no vayan a creer ustedes que irían a mejor, sino bien al contrario. Alármense porque inmediatamente la estabilidad política y económica, la propiedad privada, la seguridad, el bien común y los valores que nos cohesionan sufrirían unas consecuencias desastrosas.

El nuevo racismo europeo que se halla en el trasfondo de la crítica al buenismo se hace cada día más fuerte. Su mensaje en relación a la inmigración es claro: no es una cuestión de solidaridad sino de números. A su parecer, el posicionamiento político que defienden no tiene que ver con la raza ni el origen étnico, sino con evitar una invasión y que el territorio quede ocupado. De lo contrario se arriesgarían a que se produjese una transformación contra natura de la identidad nacional y que se perjudique la economía. Así es como los partidos conservadores "tradicionales" (como sucede con el PP y Ciudadanos en España, siempre aferrados a concebir la realidad social de un país cómo código homogéneo) se sienten seguros cuando niegan que su posición sea racista. Bajo su prisma están siendo pragmáticos. El racismo lo superan porque, en su posición y mentalidad, la definición de lo que esto significa se aplica únicamente cuando se ejerce un discurso de superioridad de una raza sobre otra. El trasfondo filosófico, ético y cultural que hay detrás de fijar cuotas de admisión y financiación para gestionar el flujo de "carne humana" no solo entra en un punto ciego, sino que aquel que lo denuncia termina por ser caricaturizado. Una "sola nación" es la idea que retumba en los parlamentos de Centroeuropa y que tan bien azuza la codicia de la que se alimenta el nacionalismo insensible al débil por definición.

El declive de los países comienza por las crisis de valores y la determinación mecanicista dirigida por un único grupo social de lo que debe ser la naturaleza humana, el sentido común y las creencias centrales de sus ciudadanos

Para rematar, la persecución al buenismo ha entrado dentro de la configuración del "commonsense". De modo que se desliza por los valores del sentido común que nos trasmiten los líderes de nuestras comunidades la licitud de creer sin fisuras en que forma parte de nuestros instintos legítimos preocuparse por la protección de las fronteras aunque no sea un ejército sediento de sangre el que llame a la puerta, sino unas abstracciones de seres humanos hambrientos y desheredados. Es la propia preservación del Estado la que exige actuar con criterios económicos al servicio de la única ideología universalmente válida: proteger nuestro estilo de vida, tradiciones y las oportunidades para nuestros hijos. Estos preceptos se atan fuertemente con la noción de naturaleza humana que es admitida como verdadera, razonable y justa. Mientras que la facción de aquellos que son categorizados como "buenistas", al postular otras alternativas solo estaría demostrando a sus adversarios que sus miembros se encuentran enajenados, fuera de la condición humana.

En consecuencia, ¿el buenísimo no debe ser enseñado en las escuelas por ser una amenaza para la construcción social de la personalidad de los jóvenes? ¿Nunca debería formar parte de los textos constitucionales ni tampoco de los tratados de paz?

El declive de los países comienza por las crisis de valores y la determinación mecanicista dirigida por un único grupo social de lo que debe ser la naturaleza humana, el sentido común y las creencias centrales de sus ciudadanos. El siglo XX nos enseñó esta lección. Ahora, después de aquel recorrido tan violento y cruel volvemos a estar ante la misma disyuntiva de confrontación y casi todo el mundo se empeña en olvidar la historia.

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