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24/07/2018 07:25 CEST | Actualizado 24/07/2018 07:25 CEST

El Valle de los Caídos y los voluntarios albaceas del dictador hiperbólico

Franquistas protestan en el Valle de los Caídos por la decisión del Gobierno de exhumar los restos del dictador.
REUTERS
Franquistas protestan en el Valle de los Caídos por la decisión del Gobierno de exhumar los restos del dictador.

La Constitución Española de 1978 dio el RIP , que es como el DEP pero en latín, al franquismo y le clavó las puntillas en su disposición derogatoria que consideraba derogadas todas las leyes 'fundamentales' de la dictadura, entre ellas la de Principios del Movimiento Nacional, el Fuero de los Españoles, el de Trabajo, la Ley Constitutiva de las Cortes del régimen, la de Sucesión en la Jefatura del Estado, la Ley Orgánica de 1967, etc. "Y asimismo, quedan derogadas cuantas disposiciones se opongan a lo establecido en esta Constitución". Previamente le había tocado cita previa a la Ley para la Reforma Política de 1977, que fue el puente entre el franquismo y la Transición.

A partir de ahí tenía que hacer quedado clara la 'cosa' para todo el mundo español, porque al mundo extranjero le había quedado completamente diáfana. Los reformistas del franquismo, como su ex secretario general del Movimiento Adolfo Suárez, y todos los que se embarcaron en la aventura hacia el futuro a bordo de la UCD, con sincera determinación democrática, practicaron la reforma o ruptura tranquila desde el inicio del nuevo tiempo.

Suárez, en aplicación de la Ley de Amnistía, reconoció los derechos de los militares de la II República; y empezó el adeudo a los presos políticos. Felipe González continuó esta política, y los republicanos que habían sufrido penas de presidio empezaron, ellos o sus herederos, a cobrar indemnizaciones. Se practicó una política de resarcimiento de los derechos arrancados por motivos políticos, que trababa de consumar la reconciliación nacional.

Pero hubo un momento en que el Gobierno, ya en manos del PP 'sin complejos' de José María Aznar, empezó a recular, y a desandar lo andado. Respaldó hasta el paroxismo las beatificaciones en masa llevadas a cabo por impulso del cardenal Rouco Varela de los 'mártires de la Cruzada' en la plaza de San Pedro en Roma, a la que en la época socialista acudían muy respetuosos los ministros y embajadores.

Algunos portavoces del PP han mostrado un desprecio hacia el dolor ajeno, una crueldad tan indecente, que han humillado a los que, sencillamente reclamaban el derecho humano a enterrar con dignidad a sus muertos

En casi todos los pueblos de España, y en las ciudades, y en los patios o criptas de sus catedrales, hay lápidas que recuerdan a los 'Caídos por Dios y por la Patria', cuyos familiares fueron con frecuencia recompensados con empleo de funcionarios, estancos, administraciones de loterías o casas baratas. Pero la derecha y el poder, pareja de hecho salvo contadas excepciones a lo largo de la historia desde los emperadores Constantino y Teodosio, se opusieron alegando la inconveniencia y hasta la maldad de pretender reabrir 'viejas heridas' y predicando las ventajas de una reconciliación basada en la eterna e incondicional rendición de los vencidos y sus descendientes hasta la enésima generación y su derecho natural a permanecer en los infiernos de la sociedad.

Esta técnica de reencuentro con las esencias del bando victorioso en la Guerra de España, que convirtió al PP en una especie de vigilante de la memoria dictatorial, de sus pompas y de sus obras, volvió a dividir al pueblo español. El conflicto del Valle de los Caídos o de los civiles asesinados tras la guerra civil y echados sus restos a los arcenes, no se habría producido si los gobiernos de Aznar y Rajoy no hubieran reaccionado como si Franco fuera un santo y ejemplar miembro de su familia en una Europa, incluso la conservadora, que ha abjurado y condenado al ostracismo a Hitler, Mussolini, Pétain, y a todos los colaboracionistas.

El actual debate – fomentado desde el aznarismo y el marianismo- sobre el Valle de los Caídos y la búsqueda de los asesinados que permanecen 'desaparecidos' en cunetas y fosas comunes, toma causa de todo este conjunto de insensateces y rencores de los defensores de los sublevados. Algunos portavoces del PP han mostrado un desprecio hacia el dolor ajeno, una crueldad tan indecente, que han humillado a los que, sencillamente reclamaban el derecho humano a enterrar con dignidad a sus muertos. Como el franquismo enterró y honró a los suyos.

El Partido Popular – hasta ahora al menos- tiene sus más fuertes raíces en Alianza Popular, que surgió como una alianza de la élite franquista

¿Por qué esta falta de humanidad? Y de verdad, ¿por qué tanto odio escondido? ¿Por qué este electoralismo con el dolor ajeno, algo recurrente en la derecha, sea mercantilizando en votos a las víctimas del franquismo o a las víctimas del terrorismo de ETA o de la yihad... con la adelantada invención de las fake news?

Porque lo uno lleva a lo otro.

El Partido Popular – hasta ahora al menos- tiene sus más fuertes raíces en Alianza Popular, y AP, como su propio nombre indica surgió como una alianza de la élite franquista que quería sobrevivir al dictador hiperbólico ante la irreversibilidad de unas elecciones democráticas que se iban a celebrar, como suele decirse, sí o sí, y a las que una vez celebradas se les aplicaría el antiguo e inmutable principio del escondite: quien no ha corrido, tiempo ha tenido.

Esta nada santa, democráticamente hablando, y en sus orígenes, Alianza, estaba integrada por un grupo de personalidades del Movimiento inmóvil que presumían de su condición de incorruptas en su acepción de momificación –como el brazo de Santa Teresa al que se abrazó el Generalísimo en su moribundia- decidió probar suerte en las urnas, que tanta urticaria intelectual les daban. Su cartel agrupaba a los que la chunga castiza definió con el nombre de una película del salvaje oeste, Los Siete Magníficos.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones

La versión española tenía nombres señeros de políticos franquistas que, a diferencia de los verdaderamente reformistas, como Adolfo Suárez, Pío Cabanillas, Martín Villa, etc., se mantuvieron fieles al ideario del 18 de Julio (¡de 1936!) y con una visible nostalgia de los viejos tiempos 'orgánicos', en las dos más conocidas acepciones de la palabra.

Bien es vedad que algunos de los fundadores votaron a favor de la Constitución, como Manuel Fraga, pero en realidad el problema no era solamente el de ellos, los dirigentes; el verdadero problema era la tropa de franquistas de a pie, anónimos o sinónimos, que estaban detrás, o a los lados, e incluso delante. Fraga le vio el lado bueno en varias declaraciones: dijo que esta operación había impedido la formación de un verdadero partido de la ultraderecha. Pero el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

O sea, que la primera oleada de militantes y líderes de esta 'misión rescate' era de procedencia, y se supone que de ideología y devoción, franquista. Esto se vio claramente en la ponencia constitucional del Congreso y del Senado, y en el sentido de sus votaciones. Y posteriormente en miles de ayuntamientos y en los 'rejos' en algunas instituciones del Estado, como la policía, el ejército y la judicatura.

La franquicia franquista recibió impulsos renovadores gracias a varias circunstancias

Como dice un sabio refrán canario, y supongo que ibérico e internacional, quien nace lechón muere cochino. Aunque cierto es que poco a poco el Partido Popular fue incorporando a personalidades y personas conservadoras al estilo europeo, o liberales, que consideraron que era posible convertir al PP en la 'casa común' y regeneracionista de la derecha democrática española. No obstante, como en cualquier organización, todo depende de los intereses, los equilibrios y las fuerzas de arrastre del pasado.

La franquicia franquista recibió impulsos renovadores gracias a varias circunstancias: una fue la desaparición por el 'imperativo biológico' de sus fundadores; otra los pésimos réditos electorales de la nostalgia; y la llegada en tropel de jóvenes nacidos o crecidos en la democracia. Esto fue creando una cohabitación en el seno del Partido Popular, convertido con José María Aznar, tras la desaparición del centro suarista y de sus evoluciones, en uno de los dos partidos de la alternancia. Tanto el PSOE como el PP monopolizaron desde entonces, y hasta la aparición de Podemos y Ciudadanos, sus respectivos entornos ideológicos: el PSOE, la izquierda; y el PP, la derecha. A sus lados, como decía Alfonso Guerra, el precipicio.

Un día, al poco de ser elegido presiente del PP, José María Aznar le comunicó al ministro del Interior del Gobierno socialista, José Luis Corcuera, que la política de Estado con el terrorismo se había acabado; que iba a formar parte de la agenda política y de la electoral.

En ninguno de estos países hay altivas pirámides funerarias a la mayor gloria de sus dictaduras

Por desgracia también se metió en la misma libreta negra el tema del reencuentro nacional llevados por el mismo impulso de la naturaleza del escorpión que mató a la rana que le ayudaba a cruzar el río. Y esta, en conclusión, es una de las asignaturas pendientes que tiene Casado si quiere homologar de verdad a los 'populares' españoles con los 'populares' del núcleo europeísta de la UE. Con todos aquellos ciudadanos que no se sienten orgullosos de una parte de su pasado y para los que la autocrítica no es solamente la crítica de automóviles. En ninguno de estos países hay altivas pirámides funerarias a la mayor gloria de sus dictaduras.

Rogelio Santana Guerra, alcalde franquista y Valleseco, en Gran Canaria, me dijo en una entrevista poco antes de las primeras elecciones municipales que "muerto Franco ser franquista es del género idiota". Pues, ¡Dios mío, cuantos idiotas parece que hay en España!

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