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01/04/2018 08:35 CEST | Actualizado 01/04/2018 08:35 CEST

'El concierto de San Ovidio', la España que fue para quedarse

Marcos G. Punto
Escena del Concierto de San Ovidio de Buero Vallejo dirigida por Mario Gas

Se esperaba El concierto de San Ovidio como agua de mayo después de que el año pasado no se pudiera celebrar como dios manda el centenario del nacimiento de Buero Vallejo, uno de los dramaturgos españoles más apreciados. Uno de los que se incluyen el programa de literatura con el que se forma a los jóvenes bachilleres españoles. Pero viendo el montaje que con dirección de Mario Gas se acaba de estrenar en el Teatro María Guerrero hay que plantearse la posición en la que se ha colocado a este autor en la historia de la literatura dramática española.

Porque no puede ser de recibo que esta historia sobre unos menesterosos ciegos en el París de mil setecientos y pico que son contratados para tocar en una orquesta que mueva a risa, se oiga, se vea y se sienta tan lejos en el tiempo. Por muy contingente y antifranquista que pudiera ser la obra. Los clásicos son eso, clásicos que hablan a los humanos de los humanos en cualquier época. No confundir con el repertorio, ese constructo social de una época concreta que va cambiando con el tiempo.

Si esta obra solo tiene interés histórico, museístico, entonces es que no es de interés. Al menos de interés general para el público. Otra cosa es que tenga interés para los académicos. En ese campo no hay que meterse que hay libertad de cátedra.

La puesta en escena no ayuda a quitarle esa patina de vieja. Por un lado, por la forma en la que se hace hablar a los personajes e interpretarlos. Maneras que, por describirlas, se puede decir que son antiguas. Si uno se apura, se podría añadir que al estilo de Estudio1, ese programa teatral de rtve que tanto se echa de menos, lo que los más viejos del lugar y muchos popes de la cultura del lugar (formados por los primeros) considerarán que es un piropo.

Trailer promocional de 'El concierto de San Ovidio' de Buero Vallejo en el CDN

Tampoco ayudan los elementos más modernos que se han usado. En concreto esos insertos cinematográficos, que ponen de manifiesto una desconfianza en la palabra escrita. El teatro es palabra, palabra que se hace carne y actúa, vivita y coleando, en un escenario.

Que Buero fuera capaz de encontrar la forma de decir lo que no se podía decir en el momento que la escribió no es suficiente para ponerla en escena. Sí lo es para considerarle un valiente, eso no se puede discutir. Pero si ese contexto es necesario para disfrutarla y entenderla, quiere decir que se trata de un producto contingente. Es decir, perteneciente a una época, un momento y un lugar pasados y sin futuro (esperemos que sean los menos los que quieran que vuelvan por mucho que permitiesen disfrutar de obras como esta).

Pensando en todo lo anterior, llama la atención el aplauso y los bravos que se oyen al final de la representación. Igual que algún que otro silencio. Ese beneplácito, sobre todo del público mayoritario de una tarde de sábado, que por edad se puede especular que vivió y se formó cultural y sentimentalmente en aquella época, que les cogió jóvenes.

Aplausos y silencios que indican, tal vez, que es hora ya de que aquella educación recibida, cambie. Se actualice, colocando ese tiempo en su sitio dentro de la longeva historia humana. Para dejar atrás la pobre cultura (en nutrientes y en oxigeno) de posguerra y pase a ser la variada, sana y rica cultura del siglo XXI (con la que, por cierto, tantos estamentos sociales y políticos españoles actuales se sienten amenazados) creada a partir de tantos y tantos siglos de experiencia humana.

Una cultura de posguerra que ha llegado hasta nuestros días y que tanto confunde a la sociedad independientemente del color político y las banderas que se agiten. Una según la cual se prefiere la caridad cristiana de dar de comer a los pobres antes que acabar con la pobreza (acabar con ella significa no poder practicar dicha caridad). Una cultura que prefiere la justicia poética, una justicia como esta obra y mucha de la literatura best seller y de pseudoayuda que se consume en estos días, antes que la verdadera justicia social (la que tan bien analiza el filósofo José Luis Pardo en su libro Estudios del malestar, Anagrama 2016). Así nos va.

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