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10/03/2019 09:07 CET | Actualizado 10/03/2019 09:07 CET

'Jauría', el gusto en el obrar

Vanessa Rabade
Escena de Jauría en el Teatro Kamikaze

Crear una ficción a partir de un caso real con tanto impacto social como el de La Manada es un riesgo. Todo el mundo tiene una opinión y una posición al respecto. Escribir sobre el caso o sobre la ficción del caso, también. El Teatro Kamikaze, haciendo honor a su nombre, se atreve y monta Jauría un texto de Jordi Casanovas, escrito a partir de la transcripción de la instrucción del caso, dirigido por Miguel del Arco. Un riesgo que se merece la correspondiente atención crítica. Más cuando la obra por texto, por puesta en escena y por interpretación merecen esa atención y agotar entradas.

Por si acaso hubiese alguien que no conociese el hecho no viene mal contarlo. Tratar de hacerlo con los fríos hechos, como se hace al comienzo la obra. Hablamos de los sanfermines. Hablamos de la gente que va a pasarlo bien. Pasarlo bien, además de ver o correr los encierros, consiste en encontrarse con amigos, ir a conciertos, bailar, beber y, quién sabe, si encontrar a alguien con quien apetezca estar un rato y, por supuesto, quiera compartir ese rato, o comenzar algo mucho más largo.

Es en esta situación donde se encuentran un hombre y una mujer. Un hombre que va con amigos, su manada, y una mujer que, aunque fue a las fiestas con un amigo, en el momento en el que se encuentra con el primero, está sola. Y empiezan, en ese espíritu de fiesta y de posibilidad de encuentro, a hablar. Una conversación que, según se vio en el juicio, de donde sale todo el texto que se usa en la obra, deriva a un lenguaje sexual que toma el derrotero de lo soez y del mal gusto, cuando se produce entre extraños. Pero que viendo la forma en el que lo cuentan los componentes de la manada tiene, ciertos visos de normalidad, de habitual, al menos entre ellos y sus colegas, en su entorno. Un lenguaje y una costumbre que no sería esperable por el nivel educativo y de desarrollo españoles del que ya se han beneficiado la población que tiene la edad de esta manada.

Vanessa Rabade
María Hervás en una escena de Jauría en el Pavón Teatro Kamikaze

¿Cómo se pasa del lenguaje y el tonteo al portal en el que la víctima es sometida a tener sexo en grupo? Se ve en la obra, con todo el respeto por la víctima, un respeto verdadero, real, que la ve como persona antes que como víctima, que no victimiza a la víctima. He aquí un acierto en el montaje pues es un respeto que se mantiene, que tiene que ver con la inteligente dirección de Miguel del Arco y la interpretación de María Hervás (la que ya sorprendiera en el mismo teatro con Iphigenia en Vallecas). La misma dirección e interpretación que evita la ridiculización de La Manada, aspecto que minimizaría de mala manera el caso. Igual que hace el teatro clásico, el teatro griego, este montaje también evita poner la situación fuera del ámbito de lo humano y, por tanto, lo deja dentro de la posibilidad de intervenir, de la posibilidad de cambio.

Un teatro clásico al que también se apela en la escena en la que las señorías que instruyeron el caso hablan y discuten sobre los hechos y las penas. Aunque en vez de recurrir al teatro griego, esta vez se acude al teatro clásico español, el del Siglo de Oro. En dicha escena discuten los hechos en términos jurídicos y hablan sobre el gusto del obrar a la manera de un Lope o de un Calderón (con menor calidad literaria). Uno de los momentos más interesantes de la obra. Y uno de los que más interrogantes suscitan en el público, por ese aspecto de lenguaje de otro tiempo, de otros siglos, de otra España. Y, como ya se sabe el lenguaje es lo que nos constituye, es lo que somos. No somos más que palabras y la forma de decirlas, de jugarlas.

¿Cómo se pasa del lenguaje y el tonteo al portal en el que la víctima es sometida a tener sexo en grupo? Se ve en la obra, con todo el respeto por la víctima, un respeto verdadero, real.

El caso es que el disgusto que produce lo que se ve en la obra, independientemente de la opinión con la que se entrase en la sala, se debe al gusto de ver obrar a todo el equipo artístico. Desde el trabajo de selección de textos de la instrucción del caso que ha hecho Jordi Casanovas hasta el elenco que interpreta a La Manada, que parece que hubieran contratado a los auténticos para que se representasen a sí mismos, pasando por su director y por su actriz protagonista.

Elementos que sirven para que el espectador no se quede solo con lo que suceda en escena, sino para que se sienta concernido por ello y se plantee cuál es su grado de responsabilidad. Una responsabilidad política, que poco tiene que ver con el partido al que vote cada cuatro años, sino con lo que como ciudadanos hacemos y compartimos en el espacio público. Con el tipo de civismo que respeta al otro como a uno mismo. En los que los demás son sujetos y no objetos ni meros instrumentos de placer o diversión con los que simplemente satisfacerse. Sino compañeros en lo que nos mejora como humanos.

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