BLOGS
13/05/2018 10:44 CEST | Actualizado 13/05/2018 10:44 CEST

Las 'Ilusiones' de 'Los mariachis' en 'Tiempo de Silencio'

Sergio Parra
Escena de Tiempo de silencio

¿Se pueden encontrar en la cartelera madrileña mensajes ocultos? Sí, se puede, como el título de este post que ha surgido de la combinación los títulos de tres obras que se pueden ver en Madrid en este momento: Ilusiones de Ivan Viripaev en el Pavón Teatro Kamikaze, Los mariachis de Pablo Remón en los Teatros del Canal y Tiempo de silencio en versión de Eberhard Petschinka en el Teatro de la Abadía.

Tres obras a las que poco se les puede objetar técnicamente hablando. Son buenos espectáculos teatrales. Los tres con magníficos actores y actrices, de los que siempre gusta ver en el escenario. Los tres con directores de escena que, a pesar de que Tiempo de silencio está algo gritada y demasiado accionada, saben de teatro y de dirigir actores, eso se nota. Y, aunque no se entiende muy bien la escenografía de Ilusiones, las tres escenografías son buenas, bonitas y cumplen su función, incluso la sencilla, pero muy eficaz, escenografía de Tiempo de silencio.

No. No es su calidad técnica la que las une. Sino su capacidad para contar o imaginar el mundo, su capacidad de hacer una metáfora del mismo, cuando se las ve unas junto a otras. Su capacidad de producir imágenes que deberían llevar a la reflexión de lo que somos y a preguntarse si es lo que queremos ser.

Un mundo, al menos el español, en el que al igual que en los cincuenta de la novela de Luis Martín-Santos en la que se basa la obra Tiempo de silencio, calla. Calla porque sigue siendo pobre y mal alimentado, como demuestran los índices de obesidad que van en aumento. Una mala alimentación también cultural, engordacerebros, como en aquel tiempo.

Para comprobarlo solo hay que escuchar las ideas que circulan en la prensa, en el trabajo, en las tertulias y en los bares, donde el cambio del carajillo por un gin-tonic hace pensar que ya se es europeo. Donde se burla (en el sentido clásico del término) a las mujeres, como diría Cervantes (siempre Cervantes). Es decir, se las posee sin consentimiento. Un país en que los fracasos de los que se arriesgan se pagan con la deportación a los páramos provincianos de tertulias con café, copa y puro, siguiendo una norma, una ley, escrita y aceptada. Aprobada.

Trailer de Los mariachis en Los Teatros del Canal

Una pobreza que cala hasta el tuétano del españolito medio, como esos personajes que forman la peña de Los mariachis de Pablo Remón. Una peña de pueblo, de ese pueblo que se lleva en la sangre, que tiene santo (y seña) al que sacar en procesión. Un pueblo que piensa que el desarrollo ha llegado porque consume cocaína, como en esa renovada ficción televisiva americana y su descerebrado cine en los que se confunden unas rayas con una fiesta. Un país en el que se piensa que hay progreso porque se pueden abrir exóticas granjas de avestruces en la meseta para proveer restaurantes que no la necesitan. Pero al que siempre le falta dinero, no llega a fin de mes, motivo por el que resulta fácil hacerle pecar, corromperlo.

Un olor de pobreza que no ha quitado el perfume francés que se vende en los corners de El Corte Inglés o en las estanterías llenas de las múltiples droguerías que han proliferado en España. Olor que perfuma el sudor de los miles de gimnasios baratos que se han abierto. Una pobreza que empuja hacia atrás, siempre hacia atrás, para mantenerse al acecho de un descuido y llevárselo crudo. Llevarse el dinero por detrás, lo que tampoco hace falta, pues se trata de dinero negro y en la oscuridad, de esta España suya, esta España nuestra. Un dinero que, por su color, no se ve. Por más que se lo busque no se encuentra ni con periodismo de investigación.

Vanessa Rabade
El elenco de ilusiones

Mientras todo lo anterior sucede, nos entretenemos con los juegos del amor romántico, como el que se cuenta en Ilusiones en el que ni siquiera se insinúa el amor homosexual entre sus dos personajes masculinos, y eso que la trama lo pone fácil en estos amigos de toda la vida. Pues sí, la obra habla de ese amor romántico (más grande que la propia vida) en el que viven (o creen vivir) dos parejas amigas. Ese amor que se rechaza de plano en el espacio público si viene firmado por Corin Tellado o Danielle Steel y que, desde luego no se cree si sale en el Hola y, menos, en Sábado Deluxe. Pero que se abraza masivamente cuando lo cuenta un autor ruso del que poco se sabe, por esa falta de alimento cultural que se comentaba al principio de este artículo, que juega, brillantemente, con un espectador que se considera cool y avisado desde que sabe quién es Warhol y Christian Dior (oh my God!).

¿No es mágico lo que permite un simple viaje por la cartelera madrileña? Si Jonás Trueba tituló una película Todas las canciones hablan de mí, también podríamos decir que "Todos los (buenos) teatros hablan de nosotros" y, encima, hay mucha gente a la que entretienen y divierten. Y es que, la ciudad de Madrid, como ya se sabe, está en fiestas.