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29/04/2013 04:29 CEST | Actualizado 28/06/2013 07:12 CEST

Salvar el euro, perder Europa

Conviene recordarlo: no se puede construir un proyecto político sin ciudadanos. La Europa de los tecnócratas ha terminado por dejar en un alarmante segundo plano a los ciudadanos de carne y hueso. La homologación socieconómica de los europeos ya no tiene visibilidad ni como utopía.

¿Se imagina alguien a un gran líder celebrando haber ganado una batalla si para lograrlo ha tenido que perder la guerra? Quizás nuestros líderes logren salvar el euro, pero empieza a ser probable que se dejen Europa en el camino.

Conviene recordarlo: no se puede construir un proyecto político sin ciudadanos. La Europa de los tecnócratas ha terminado por dejar en un alarmante segundo plano a los ciudadanos de carne y hueso. La homologación socieconómica de los europeos ya no tiene visibilidad ni como utopía.

Hasta ahora la literatura sobre la eurocrisis manejaba este axioma: "El fracaso del euro, la quiebra de nuestra moneda común, aparejaría el fin de la UE, o al menos de la Europa que hemos conocido". "Si el euro se rompe se acaba Europa". De ahí que todos los esfuerzos y sacrificios siempre hayan sido invocados para lograr un bien superior del que difícilmente se puede discrepar: salvar la UE, en último término la garantía de paz y (¿se acuerdan?) también solidaridad entre pueblos que en el pasado se pasaron a golpe de bayoneta.

El camino empleado para salvar el euro, un instrumento, lleva camino de arruinar la Unión Europea, nuestro gran proyecto. ¿Qué está pasando?

Primero, las políticas económicas que se están empleando para salir de la crisis no sólo no son apoyadas por las mayorías sociales que las sufren sino que además no están funcionando. Esta austeridad está matando al enfermo. No hay crecimiento a la vista en el sur de Europa.

Segundo, el procedimiento de salvación de los países en apuros es democráticamente insostenible. La Troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, dicta las políticas a gobiernos que, asfixiados por la presión de los mercados, se ven obligados a seguirlas a pies juntillas.

El problema es que la Troika no tiene legitimación democrática directa y los gobiernos sí, aunque, dicho sea de paso, la van perdiendo en su ejercicio al aprobar políticas en radical oposición a sus programas electorales (el mejor ejemplo, Rajoy).

¿Qué dice el Parlamento Europeo? Mucho, pero pinta poco en este asunto. Siendo la única institución de la UE elegida directamente por los ciudadanos, podría servir para legitimar la respuesta a la crisis. Pero se está demostrando que su retórica no influye sobre el todopoderoso Consejo Europeo.

Por otro lado, la percepción en el sur de que Alemania aprovecha su fortaleza para imponer sus intereses al resto, solo empeora aun más las cosas.

Tercero, como consecuencia de todo lo anterior, el apoyo del que goza la Unión Europea está descendiendo de manera dramática. ¿UE a cualquier precio, aunque no estemos al mando de nuestro destino y seamos cada vez más pobres? Es una pregunta legítima.

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores acaba de publicar un estudio sobre el apoyo popular del que goza la UE en sus seis países más poblados: Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, España y Polonia. En conjunto representan dos terceras partes de la población europea (en torno a 350 millones de 500). En todos los países, tanto los deudores como los acreedores, el apoyo del que goza la UE ha caído a niveles muy preocupantes, cabiendo destacar el caso español, en donde hace cinco años un 65% tendía a apoyar a la UE frente al 20% actual.

Las elecciones al Parlamento Europeo de mayo del año que viene serán el termómetro definitivo para calibrar la gravedad de lo que está pasando. Todo apunta a que habrá un récord de abstención y quienes vayan a votar es probable que castiguen a los partidos tradicionales y muchos favorezcan populismos con dudosas intenciones. En el norte, sur, este y oeste.

No me resisto a comentar las palabras que nos ha regalado el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso. Ha dicho que las políticas de austeridad están llegando a su límite porque no gozan de apoyo popular. ¿Se ha dado cuenta ahora? Es verdad que Barroso se toma sus tiempos. Tardó casi una década en percatarse que su apoyo a la guerra de Iraq fue un error. Pero ahí sigue.

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