BLOGS
02/01/2013 08:31 CET | Actualizado 03/03/2013 11:12 CET

Las Canciones y la Memoria

Las canciones de nuestra infancia son parte de nuestro legado, de nuestro genoma. Investigaciones recientes, apoyadas en ensayos clínicos, han demostrado que cantar canciones familiares, la musicoterapia, es una terapia efectiva para personas que padecen la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia.

Frecuentemente me sorprendo canturreando una canción infantil inglesa cuando paseo por la calle. Esta canción es bastante tonta y empieza: "How much is the dog in the window? ... Gua gua" ("¿Cuánto cuesta el perro del escaparate? Guau, Guau...). Nada demasiado profundo, pero no mucho más intranscendente que "Black is black, I want my baby back" ("Lo negro es negro y quiero a mi novia de vuelta...") que Mike Kennedy, vocalista del grupo mallorquín "Los Bravos", nos cantaba en los años 1960 y que seguro todos hemos canturreado alguna vez.

En mi caso, el recuerdo de "How much is the dog in the window... Guau guau" es anterior a Black is Black, pues me lleva a mi infancia, quizás con cuatro años, de la mano de mi padre (casi 2 m de altura y espigado), por las calles del madrileño barrio de Carabanchel camino de algún recado mientras mi padre me canturreaba esa canción. Se trata de una canción popular escrita por Bob Merrill e Ingrid Reuterskiöld en 1952 y que llegó al número uno en Inglaterra un año más tarde. Por supuesto yo no tenía idea de qué demonios quería decir la canción, ni importaba, pero el hecho es que llevaré esa cancioncilla en mi memoria hasta la tumba, es parte de mi epigenética -la que no está contenida en el ADN- y lo es porque, junto con algunas otras canciones y dichos de mi madre, también se la he pasado, sin ser plenamente consciente, a mi hija. Por tanto, estas cancioncillas y dichos familiares son genéticas, hereditarias, igual que su nombre, Guiomar, que lleva más de 10 generaciones nombrando a mujeres de mi familia paterna.

Aunque alguna vez había recapacitado, sorprendido, sobre la persistencia con la que se me han quedado prendidas en la memoria esta cancioncilla y esos dichos, no ha sido hasta hace poco que me he dado cuenta del poder de las canciones como vehículo de transmisión de conocimiento humanos.

El hecho que ha despertado esta reflexión sobre el poder de las canciones como material genético ha sido mi curiosidad por la cultura (debería decir culturas) aborígenes en Australia, donde trabajo seis meses al año. Al poco de llegar a Australia me di cuenta que a pesar de que la población aborigen representa menos del 6% de la población australiana, y a que dos de cada tres aborígenes viven en zonas remotas, abundan los grupos y cantantes aborígenes que combinan sus instrumentos, el didgeridoo y pares de boomerangs usados como instrumentos de percusión rítmica, con los estilos más diversos, country, rock e incluso rap. Un estudio reciente establecía entre 1000 y 2000 el número de cantantes y músicos aborígenes profesionales en Australia, quizás uno de cada 200 aborígenes.

Las canciones, el ritmo y la danza juegan un papel fundamental en la cultura aborigen australiana. En palabras de David Page, músico aborigen australiano de la tribu Yugambeh, en respuesta a la opinión dominante de que la cultura aborigen (o de los "black fellas", como a veces se denominan a sí mismos) es débil comparada con la de los blancos ("white fellas" como llaman a los australianos de origen europeo), aclaraba que "nosotros no escribimos nuestra historia en libros, nosotros la narramos, la cantamos y la bailamos. Los white fellas venden sus libros o los colocan en sus museos; la nuestra es una cultura viva que se mantiene y se practica aún en la manera contemporánea de los black fellas.

El papel central de las canciones en la cultura aborigen, que carecía de escritura propia, se hizo más patente leyendo un libro sobre las canciones del grupo de aborígenes que se denomina a sí mismo "saltwater people" (gentes de mar), en el Golfo de Carpentaria, al Norte de Australia. El libro se titula "Singing Saltwater Country: Journey To The Songlines Of Carpentaria", escrito por John Bradley con la aportación de las familias Yanyuwa, publicado en el año 2010 por Allen & Unwin. Estas canciones son patrimonio de clanes familiares que custodian una parte de su territorio al que están íntimamente ligados, y son un manual de la historia, geografía y ecología de estas regiones en las que las extensas llanuras costeras, pobladas de praderas submarinas, tortugas y dugones, juegan un papel central para el pueblo Yanyuwa, uno de los clanes de "saltwater people". Las canciones, en su versión extensa, se cantan solo en ceremonias solemnes, como ritos de iniciación de adolescentes o funerales, por miembros adultos, normalmente varones, del clan que custodia el territorio en el (debería decir: al) que se canta y se alargan durante varias horas, de forma que se inician a la puesta de sol y concluyen al amanecer.

Las canciones describen el territorio de forma dinámica, explicando como cambia con las estaciones, la formación del paisaje por seres mitológicos (lo que a veces se relaciona con el "Dreaming" o pensamiento místico profundo aborigen), y contienen registros de acontecimientos en el pasado remoto. Por ejemplo, una de estas canciones narra como una gran tormenta llenó el Golfo de agua dulce matando las praderas de angiospermas marinas, con lo que murieron los dugones y las tortugas, animales herbívoros, totémicos para ellos, que dependen de las praderas submarinas como hábitat y alimento. Un año después de publicarse este libro, hace ahora dos años, el estado de Queensland fue asolado por inundaciones sin precedente, que llevaron a la pérdida enormes extensiones de praderas submarinas y se constató una gran mortalidad de dugones y tortugas, demostrado que la historia recogida en una de las canciones recogidas en el libro no era un mito sino que era un registro de un evento extremo ocurrido siglos, quizás milenios, atrás y preservado en el ritmo y la rima de la canción.

La cultura aborigen, con un recorrido ininterrumpido de más de 50.000 años, es la cultura viva más antigua de la humanidad. Es una cultura cuya supervivencia ha dependido de forma absoluta de la comprensión íntima de la ecología de su territorio, dónde encontrar agua en distintos momentos del año, cuándo cazar o no cazar distintas especies, dónde y cuándo encontrar raíces, cuándo y cómo prender fuego. El manual de supervivencia que les ha permitido asimilar y transmitir este conocimiento no es otro que sus líneas de canciones. Las rimas asimiladas en ritmos preservan las palabras de forma que se pueden transmitir, generación tras generación, sin que alteren las palabras, pues se perdería el ritmo y la rima. Más efectivo que el papel, más efectivo que nuestros libros acumulando polvo en sus bibliotecas.

Las canciones de nuestra infancia son parte de nuestro legado, de nuestro genoma. Investigaciones recientes, apoyadas en ensayos clínicos, han demostrado que cantar canciones familiares, la musicoterapia, es una terapia efectiva para personas que padecen la enfermedad de Alzheimer y otras formas de demencia. Cuando ya no reconocemos a nuestros seres queridos, aún reconocemos las canciones de nuestra infancia que siguen desatando cascadas de emociones, vividas y recibidas, en nuestro cerebro. "How much is the dog in the window... Gua gua" me sigue llevando de la mano de mi padre, confiado, por la calle Espinar de Carabanchel.

Una película magnífica, Canciones para después de una guerra, escrita y dirigida por Basilio Martín Patino (1971), entendió perfectamente el poder de las canciones, y por eso fascinó, 30 años después, a la generación que vivió su infancia en la posguerra y que revivió esa infancia con este magnífico documental.

¿Cuáles serán las canciones que llevarán el legado de nuestra época al futuro? ¿Existe aún el manual de ecología y supervivencia cantado de nuestra tierras españolas, o los hemos abandonado por manuales de autoayuda y tonos de gris?

TERRITORIO PARADORES