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14/03/2016 07:30 CET | Actualizado 14/03/2016 09:27 CET

¿Qué enfermedades (no) nos traen los refugiados?

campoLa percepción de que existe una asociación entre migrantes (un término más amplio que el de refugiados) e importación de enfermedades infecciosas es, simplemente, falsa. La propia Organización Mundial de la Salud lo tuvo que desmentir hace unos meses, ante la persistencia de un argumento que, como las malas hierbas, se niega a ser eliminado.

Foto: EFE

En el 2015 Naciones Unidas estimaba que había casi sesenta millones de desplazados a la fuerza en el mundo. Muchos de ellos están llegando hoy en día a Europa huyendo de Siria, y de otros países en conflicto, en un escenario que pocos habían previsto. Desgraciadamente, la inacción de las autoridades europeas se está viendo remplazada por respuestas xenófobas y populistas. Movimientos anti-inmigración, como Pegida en Alemania, o gobiernos como el de Miloš Zeman en la Republica Checa, que ha tatuado números de identificación en los brazos de los refugiados llegando al país, lideran respuestas basadas en la desconfianza y el miedo al otro. Uno de los grandes temores que explotan es el temor a la "importación de enfermedades", con el doble componente de riesgo para los nacionales del país y de sobrecarga de los sistemas de salud, que ya de por sí sufren estrecheces. Pero..., ¿qué hay de real en estos miedos?

La percepción de que existe una asociación entre migrantes (un término más amplio que el de refugiados) e importación de enfermedades infecciosas es, simplemente, falsa. La propia Organización Mundial de la Salud lo tuvo que desmentir hace unos meses, ante la persistencia de un argumento que, como las malas hierbas, se niega a ser eliminado. Las patologías transmisibles más conocidas son aquellas causadas por virus, como el VIH, la gripe, o el ébola, pero también se incluyen en este grupo cualquier enfermedad causada por un agente infeccioso (tuberculosis, malaria,...). Y no, los refugiados no son el peligro. El ébola llegó a Europa en avión, no en patera. La epidemia del SARS se extendió por Asia a través de aeropuertos y nudos de comunicaciones, no por personas huyendo de guerras.

En la Siria de antes del conflicto, en el 2011, se diagnosticaron apenas 69 casos de VIH/SIDA en todo el año, y menos de 1000 desde que la epidemia fue descubierta a principios de los años 80. En España se diagnostican más de 3000 casos de VIH todos los años. Dentro de la improbabilidad de que suceda, sería más probable que un refugiado de Oriente Medio se infecte de VIH o hepatitis en Europa que en su propio país. La tuberculosis, en cambio, es una amenaza más cotidiana. Su riesgo de transmisión está relacionado con muchos factores, incluyendo la pobreza, las condiciones habitacionales (hacinamiento) o el acceso a programas de cribado. Son las políticas de acogimiento en condiciones míseras o la falta de provisión de servicios de salud básicos en asentamientos como la Jungla, en Calais, los que ponen en riesgo de tuberculosis y otras enfermedades a las familias desplazadas, no a la inversa.

Los sistemas de salud de los países europeos están preparados para responder a las necesidades sanitarias de los desplazados.

La realidad es más simple, menos bizarra y más descorazonadora. La mayoría de las patologías que presentan los refugiados a su llegada a Europa son pequeñas heridas, hipotermia, problemas gastrointestinales, quemaduras, diabetes e hipertensión. Condiciones mentales como ansiedad, depresión, o estrés postraumático también afectan de sobremanera a los desplazados. Son las mismas enfermedades que tendría un europeo que hiciese el mismo camino, en las mismas condiciones, en la dirección opuesta. Médicos sin Fronteras publicó recientemente que el 5% de los pacientes que atendió en sus clínicas en la ruta de los Balcanes eran mayores de 60 años. Las dolencias que padecen son enfermedades crónicas, como las de nuestros abuelos (colesterol, azúcar, tensión) que son agravadas por una huida en la que medicinas y controles quedan atrás enterrados entre bombas.

Los sistemas de salud de los países europeos están preparados para responder a las necesidades sanitarias de los desplazados. En la Baja Sajonia, en Alemania, se detectó que entre los niños desplazados recién llegados una cobertura de la vacuna del sarampión por debajo de lo recomendable. En seguida se inició la campaña de vacunación correspondiente. Europa tiene la capacidad humana, técnica y financiera para ofrecer servicios de salud adecuados a las necesidades de los desplazados. Servicios de salud universales de prevención y tratamiento, clínicas móviles para garantizar atención sanitaria donde se precisa en cada momento, servicios psicosociales adaptados, alojamientos dignos, combate a la discriminación... son algunas de las medidas que se necesitan, tanto desde un enfoque de derechos humanos, como de salud pública, como de dignidad de las personas. Si hay una enfermedad que amenaza la salud de los refugiados, es la de la injusticia. Y si hay un riesgo de contagio en Europa, es el de la indiferencia.

Europa, y el mundo, se enfrentan a nuevos desafíos de salud global, que traspasan las fronteras nacionales y los enfoques localistas de prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades. Las desigualdades en esperanza de vida entre los países más pobres y los más ricos son aberrantes, así como el acceso a la salud, a un parto seguro, o a medicamentos esenciales. La migración y los desplazamientos masivos de población, el cambio climático y los desastres naturales, la resistencia a antimicrobianos... la lista de nuevos desafíos que necesitan respuestas coordinadas es extensa. La capacidad de responder a las necesidades de salud de las personas desplazadas que llegan a Europa es una prueba de nuestra capacidad de afrontar esos retos futuros con eficacia, y desde los valores que defendemos como sociedades avanzadas. No desaprovechemos la oportunidad.

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