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06/12/2020 11:08 CET | Actualizado 06/12/2020 11:08 CET

Allegados: el bizantinismo como noticia

No es cierto que las autoridades hayan pasado la patata caliente a los ciudadanos.

SOPA Images via Getty Images
Un hombre toma una fotografía de las luces de Navidad, en Málaga durante la pandemia. 

Bizantinismo: Afición a mantener discusiones bizantinas o inútiles.

La noticia de los últimos días es que hemos logrado doblegar las dos curvas que más nos preocupaban: la de la pandemia saliendo del riesgo extremo y la de la inestabilidad política con la aprobación de los Presupuestos por amplia mayoría en el Congreso de los Diputados. En el horizonte, late la esperanza de la vacuna y de la reactivación de la economía mediante el fondo europeo

Pero hoy, como ayer, toca criticar al Gobierno, a las comunidades autónomas (CCAA) y, en definitiva, a la política, en este caso por un término ambiguo que en opinión de algunos medios de comunicación significa eludir su responsabilidad en las fiestas navideñas, cargándosela a los ciudadanos. De nuevo, la antipolítica.

Si el acuerdo hubiera sido más contundente, probablemente dirían que es un Gobierno dogmático y ateo, además de socialcomunista, y que por eso menosprecia las fechas de la Navidad.

Sin embargo, nadie hubiera entendido que ante la Navidad se mirara para otro lado sin tener en cuenta, al margen de las creencias de cada cual, la costumbre de celebraciones familiares y sociales, así como los hábitos de consumo masivo en estas fechas por una buena parte de los ciudadanos que aún se lo pueden permitir. No es cierto que las autoridades hayan pasado la patata caliente a los ciudadanos.

Los mismos que la semana pasada reprochaban la falta de acuerdo entre el Gobierno y las CCAA, y poco menos que decretaban la crisis final del modelo de gobernanza compartido con las CCAA y casi de la utilidad de nuestro modelo autonómico, hoy saltan eluden la importancia del consenso logrado para descalificarlo como papel mojado, y todo por por un término como ‘allegados’, para ellos ambiguo y por tanto un coladero para los más desaprensivos.

Por el contrario, el acuerdo del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud supone una necesaria regla común para todos en unas circunstancias excepcionales dentro de las ya previstas en el panel de indicadores del decreto de alarma, y por tanto con la mínima flexibilidad posible, pero también es verdad que con lagunas y ambigüedades derivadas de toda negociación, y todavía más de un consenso amplio.

El manantial que alimenta las comparaciones, los complejos y los agravios en pandemia parece inagotable

No creo que sea necesario recordar que tanto el toque de queda como los cierres perimetrales y las limitaciones de aforos siguen estando vigentes, y con ellos las limitaciones a la movilidad que, frente a las críticas a causa de su duración y de la delegación en las CCAA, se han demostrando como eficaces frente a la segunda ola pandémica. Los números de la incidencia de la pandemia, en franco descenso aunque trágicos, avalan el estado de alarma decretado en octubre y su prórroga del mes de noviembre. Sin embargo, los partidarios de un confinamiento drástico siguen considerando dentro de este esquema previo cualquier medida de flexibilidad como contraproducente. Otros, al contrario, han valorado el acuerdo como una intromisión inaceptable en sus competencias y como una restricción excesiva a la recuperación de la actividad económica. Una resistencia política y económica que, aunque soterradas, no han dejado de operar desde el inicio de la pandemia.

De hecho, esa ha sido la razón para el descuelgue del acuerdo de alguna comunidad autónoma que no quiere verse con las manos atadas en la desescalada, aunque corra el riesgo de volver a precipitarse.

En este caso, en el justo medio está la virtud. Entre el centralismo de la derecha de Madrid y el independentismo de la representación del Gobierno catalán, las actuaciones coordinadas acordadas pueden ser un buen precedente para desarrollo federal de nuestro Estado autonómico.

En definitiva, un acuerdo de coordinación que requiere concreción por las CCAA y también a los ciudadanos en función de las circunstancias, tanto las epidemiológicas, como las sanitarias y también las familiares cuando de una celebración de tanta raigambre familiar se trata, y donde apelar a la responsabilidad personal adquiere una importancia decisiva.

Porque la tarea de un gobierno es adoptar decisiones racionales y posibles de cumplir frente a la pandemia. Basadas por tanto en la evidencia científica, pero además lo más consensuadas políticamente y comprensibles para favorecer el compromiso de los ciudadanos. Algo que es siempre contradictorio, porque toda decisión política lo es. Lo demás sería o bien un diktat sin garantía alguna de cumplimiento o el sálvese quien pueda. Tan inútiles y contraproducentes el uno como el otro.

El significado del término, sin embargo, no es ambiguo ni está sujeto a polisemia alguna

Lo que está claro, y así se ha acordado, es que nada en esta Navidad será igual, salvo la fraternidad y el deseo de felicidad. Nada de fiestas ni de celebraciones multitudinarias ni de desplazamientos vacacionales. Solo celebraciones en el círculo íntimo y flexibilización acotada del toque de queda en las fechas más señaladas.

Sin embargo, el manantial que alimenta las comparaciones, los complejos y los agravios en pandemia parece inagotable.

Normalmente para mal, porque las buenas noticias no importan tanto como los maniqueos. Llevamos a vueltas con este debate desde el inicio de la pandemia. Nos hemos pasado estos meses entre maniqueos y bizantinismos: sobre el 8-M, el control de los aeropuertos, los test de antígenos y las PCR, las mascarillas, el grado del confinamiento... y ahora los allegados.

En este momento, la expresión del populismo, no solo ha sido tan solo el negacionismo político, también forma parte de la agitación antipolítica, con que tan pronto se reprocha a las autoridades un exceso de ambigüedad y flexibilidad, como a renglón seguido se denuncia la ruina de la hostelería por las medidas restrictivas.

Ahora ha tocado explotar el término de ‘allegados’. El resto de los acuerdos y las restricciones son lo de menos. Da la impresión que hablar de allegados, en estos tiempos tan proclives a las fobias y las aversiones, más allá del distanciamiento físico, se hubiera convertido en motivo de burla, cuando no de anatema para enturbiar el acuerdo del Consejo Interterritorial del SNS.

El significado del término, sin embargo, no es ambiguo ni está sujeto a polisemia alguna, por el contrario va destinado a integrar a personas más cercanas que carecen de vínculo familiar directo. Lo que no justifica en ningún caso su interpretación como una bula para que cada uno haga lo que quiera.

Por otra parte, a lo largo del confinamiento creo haber leído a los mismos medios ponderando la confianza en la responsabilidad ciudadana anglosajona y criticando la tendencia latina a la imposición y a tratar como menores a los ciudadanos. Ni tanto ni tan calvo. No se ha eludido la responsabilidad de unas medidas consensuadas ni tampoco se trata como menores de edad a los ciudadanos.

Ni mi familia ni yo pensamos escudarnos en una ambigüedad puntual para hacer lo que nos dé la gana, por mucho que algunos lo propaguen

La incorporación del término ‘allegados’, como también una mayor flexibilidad del horario previsto para el toque de queda en fechas señaladas, que no formaban parte del borrador inicial que hace una semana se hizo público, es fácil deducir que es fruto de la aproximación a la diversidad epidemiológica y sanitaria y a las distintas alternativas propuestas por las CCAA, ni más ni menos que para llegar a un acuerdo. Todavía habrá quien diga que no se corresponde con la evidencia científica y habrá de nuevo que responderle que tiene razón, pero que la política trata precisamente de hacer compatible la evidencia con la complejidad de la realidad social en un contexto de incertidumbre.

Por eso, ni mi familia ni yo pensamos escudarnos en una ambigüedad puntual para hacer lo que nos dé la gana, por mucho que algunos lo propaguen y lo agiten. Por eso cumpliremos con el toque de queda y cierre perimetral y nos reuniremos en nuestra casa y solo el núcleo familiar.

En resumen, siguen vigentes los indicadores, el decreto de octubre y las restricciones de horarios y aforos de las CCAA. No existe ninguna base para la conclusión de que el Gobierno y las CCAA se laven las manos. Peor hubiera sido ignorar la realidad de las fiestas y no buscar un acuerdo que, aunque insatisfactorio, siempre es mejor a que no lo haya. Sé por experiencia lo difícil que es tejer acuerdos y la importancia de lograrlos.

No quisiera creer que convertir un debate semántico en la noticia de estos días tenga nada que ver con haber doblegado la curva epidémica o con el amplio apoyo a los Presupuestos en la reciente votación de el Congreso. Distracción, la justa.