INTERNACIONAL
26/05/2021 07:10 CEST

Por qué Lukashenko ha elegido convertirse en pirata frente a Europa

El dictador bielorruso se ha atrevido a tomar un avión y detener a un periodista por la debilidad de la UE, los apoyos rusos y su propia megalomanía creciente.

Sergei Grits / AP
El presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko. 

“Si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder”, decía Abraham Lincoln. Al presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, llevar al mando de su país desde 1994 le ha servido para demostrar un alma dictatorial, represiva, violenta, la del viejo dinosaurio de la era soviética que se resiste a la democracia y que aplasta a la disidencia con triquiñueñas gravísimas. La última, el secuestro de un avión comercial de bandera irlandesa, con ruta entre Grecia y Lituania, para interceptar a un periodista crítico, Roman Protasevich.

La respuesta contra su acto de “terrorismo de estado” y “piratería”, como lo califica la Unión Europea, ha sido inmediata: un paquete de sanciones desconocido hasta ahora, con el que Bruselas trata de impedir que se repitan nuevos incidentes y obligar a Minks a aflojar su presión sobre la disidencia que exige el fin de la era Lukashenko. Si tan severa han sido la respuesta -y sin contar aún las represalias por venir de EEUU, anunciadas por Joe Biden-, ¿por qué ha sado este paso al dictador? ¿Qué le ha llevado a encender así a Europa?

“Estamos ante una combinación de elementos, pero el primero de ellos, que lo impregna todo, es su propia megalomanía creciente. Es una vuelta de tuerca sobre los desmanes que lleva décadas cometiendo. Arriesgada, pero en esa línea. Europa [que no reconoce su victoria en las pasadas elecciones de agosto] es su enemigo y le gusta provocarle”, sostiene Matthias Poelmans, especialista belga en Unión Europea. 

A su juicio, ese marco es esencial para leer cada decisión del último dictador de Europa. “Como la mayoría de los autócratas, está convencido de que puede violar las leyes de forma impune, sin consecuencias o no demasiado graves. Sabe que hay normas, escritas como la que regula la aviación civil, o no escritas, como las básicas relaciones diplomáticas, que se violan y no tienen un castigo. Juega con que tiene oponentes verdaderamente democráticos, como la UE o Estados Unidos, que no pueden recurrir ni al ojo por ojo ni a violaciones como las suyas”, añade. 

Desde 2006, cuando se produjo la llamada Revolución Blanca, y especialmente desde el año pasado, cuando se vivieron manifestaciones masivas nunca vistas en Bielorrusia contra el presidente, Lukashenko ha asfixiado cualquier crítica a bases de arrestos arbitrarios, torturas, interrogatorios... Poelmans entiende que “estamos ante una forma de presión a los opositores por otra vía, que es la de la inteligencia, posiblemente con ayuda rusa, y la interceptación allá donde puedan hacerlo, aunque sea con mentiras y un montaje de película”, afirma, recordando que el avión fue llevado a suelo bielorruso por una supuesta “amenaza para la seguridad” que no era tal. 

El periodista detenido, Protasevich, había impulsado una serie de grupos de Telegram en los que difundía información libre, no vetada ni matizada por el Gobierno. Ese era su delito. En esa línea de represión a la prensa hay que enmarcar también su acto del domingo. Según Reporteros Sin Fronteras (RSF), Bielorrusia está en el puesto 158 sobre 180 en su clasificación sobre libertad de prensa; han perdido cinco puestos en un año y se acerca a la zona negra del planeta. Todo, en el corazón de Europa, en el país más peligroso para informar en todo el continente. 

Justo esta semana, denuncia la ONG, murió en extrañas circunstancias en prisión el conocido opositor Vitold Ashurok, que cumplía una condena de cinco años por participar en protestas contra Lukashenko, colaborador y bloguero en varios medios, se produjeron condenas de corresponsales internacionales y también Lukashenko promulgó una ley de seguridad nacional que amplía las facultades de la Policía y otras fuerzas del Estado, que podrán utilizar armamento militar para reprimir desórdenes masivos e intervenir telecomunicaciones. 

Una debilidad y una fortaleza

Poelmans también achaca la bravura de Lukashenko al proceder con esta extraordinaria detención -que puso en juego, además, la seguridad de las 170 personas que iban a bordo del avión de Ryanair- a una debilidad y una fortaleza: debilidad de Europa, “que hasta ahora no había tomado decisiones muy firmes” en su contra, y fortaleza, la que le da su aliado total, Rusia, pese a que recientemente Minks y Moscú han pasado por tiempos de enfriamiento. 

Hasta ahora, Bruselas no había impuesto sanciones muy dañinas porque hacía falta una unanimidad que no llegaba en los Veintisiete. Es lo que tiene tratar de proceder con una única política exterior, que hay sensibilidades muy distintas que conciliar. Rompían la unidad Chipre -que usaba la cuestión bielorrusa para presionar en lo que realmente le preocupaba: la falta de contundencia de cara a Turquía, su adversario- y Hungría -el país de la UE más cercano a Lukashenko y siempre a la contra con la Comisión-. 

Desde el año pasado, el régimen de sanciones de la UE se aplica a 88 personas y siete entidades del país como el presidente y su hijo y posible sucesos, Viktor, pero que no habían surtido un gran efecto. Algo sí, reconocía su ministro de Exteriores hace un mes, usando un tono de arrepentimiento que suena a cínico, vistos los últimos acontecimientos. Ahora, los vetos a vuelos comerciales y al espacio aéreo prometen hacer daño en la economía patria y, quizá, cambiar algo las cosas, pero el analista insiste en que el dictador “no ha tenido miedo hasta ahora” y lo venderá como “el odio y el castigo de Europa”.

Y no hay que perder de vista que, aunque sus apoyos merman, sigue contando con una amplia base de apoyos populares, de ciudadanos que lo respetan por los buenos años en los que redujo el desempleo, dobló el salario mínimo, salvó el tejido industrial o nacionalizó bancos y empresas, un ultranacionalismo contra el que cualquier agresión externa se vende como reforzamiento. 

El presidente ruso, Vladimir Putin, tiene mientras a Bielorrusia bajo su manto y su radio de acción y protección, en lo comercial, en lo defensivo, en lo geoestratégico. Moscú cuida de este estado tapón, que le guarda de la acción directa de la OTAN y de la UE, que son rivales estratégicos de primer orden. Lukashenko es el único líder de un estado de la órbita postsoviética que sigue manteniendo una fidelidad a prueba de balas por la patria mater, aunque su sensación de poder total también le ha llevado a tener problemas con Moscú.

Por ejemplo, cita el europeísta, en 1997 los dos países firmaron el Tratado de la Unión, por el que debería haberse llegado justo a eso, una unión política y económica sólida. Pero Lukashenko al final se negó a aceptar la moneda única y ha dilatado el proceso, por puro oportunismo. Se veía fuerte sin necesidad de ello. Sin embargo, han ido llegando las sanciones de los Veintisiete y ha vuelto a la sombra de Putin para recuperar bríos. Un acercamiento que lo blinda, que hace que el Kremlin hable de “brillante operación” o “mano bien jugada” sobre la detención del periodista Protasevich.

De la brutal crueldad del dictador o de las violaciones de la legislación internacional que va a revisar Naciones Unidas, ni palabra. Añadir la etiqueta de “pirata” a la de “dictador” les parece meritorio. 

Como recuerda Amnistía Internacional, las autoridades bielorrusas incluso han rehusado aceptar el mandato del relator especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Bielorrusia, varias personas que buscaban protección internacional fueron devueltas a países donde corrían peligro de sufrir tortura y otros malos tratos o, como en el caso de la última crisis, se arresta a una persona declarada refugiado en un país comunitario. Cuando se supone que el derecho internacional te protege, tampoco es así. Nada protege cuando el poder y los amigos permiten saltarse las líneas rojas. 

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