POLÍTICA
01/06/2020 21:48 CEST | Actualizado 02/06/2020 12:20 CEST

Por qué no es lo mismo ser antifascista en EEUU que en Europa

Los expertos coinciden en que las diferencias están motivadas por el hecho de que la guerra contra el fascismo se libró en suelo europeo.

WIKIMEDIA COMMONS / US MILITARY
Prisioneros liberados en el campo de concentración de Mauthausen, en Austria, reciben a los soldados americanos con una pancarta hecha por prisioneros españoles.

Es común que una palabra no signifique lo mismo en lugares y épocas diferentes. La historia se encarga de dar forma a cada concepto para que evoque cosas distintas en función de dónde y cuándo se escucha. Eso es lo que ocurre cuando se habla de antifascismo en Europa o en EEUU.

La mayoría de expertos coinciden en señalar que las diferencias que suscita el término entre estadounidenses y europeos están motivadas por un hecho histórico evidente: que la guerra contra el fascismo se libró en Europa, no en EEUU. Fueron los europeos quienes vieron su tierra arrasada y su libertad cercenada por el auge de una ideología totalitaria.

El movimiento antifascista nació en Europa en los años 30 para combatir las ideas que implantó Benito Mussolini en el Estado italiano: el fascismo, que exaltó la patria y la raza como principales valores para mantener movilizadas a las masas. En EEUU, los antifas cobraron fuerza a finales de los 80 y estuvieron ligados al grupo Anti-Racist Action, precursor de aquellos que hicieron frente a los supremacistas blancos, según cuenta el historiador Mark Bray en Antifa: The Anti-Fascist Handbook.

Adoptaron la vestimenta negra, a modo de luto, el día que Trump toma posesión. Esto luego se ha fusionado con los colores del antifascismo clásicoJosé Antonio Gurpegui, catedrático de estudios americanos del Instituto Franklin

Los antifas volvieron a coger impulso en 2016, tras la victoria de Donald Trump. “Sobre todo en el estado de Oregón, en Portland. Pero antes ya había movimientos parecidos en Berkeley (California). Adoptaron la vestimenta negra, a modo de luto, el día que Trump toma posesión. Esto luego se ha fusionado con los colores del antifascismo clásico [rojo y negro]”, explica José Antonio Gurpegui, catedrático de estudios americanos del Instituto Franklin.

No existe un manifiesto compartido por los antifascistas estadounidenses y europeos. Aunque sí comparten, además de la lucha contra el racismo, la beligerancia hacia posturas homófobas y xenófobas. Es más, en EEUU se les ha vinculado con otros movimientos críticos con el sistema capitalista, como Occupy que acampó en 2011 en un parque cercano Wall Street.

La clave para entender la diferencia en la forma de entender el antifascismo en Europa y en EEUU está, no obstante, en la experiencia histórica de ambos lugares. “En EEUU no hemos vivido el fascismo; es más teórico. En Europa aún permanece en la memoria de mucha gente. En EEUU los grupos antifascistas no están bien organizados y son bastantes pequeños”, precisa Alana Moceri, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Europea, especializada en Estados Unidos, Europa y España.

“El fascismo propiamente dicho desapareció en 1945. Este otro antifascismo es una ideología de grupúsculos neocomunistas que buscan legitimarse presentándose como defensores de una causa moralmente impecable: la lucha contra el fascismo cuando ya no hay fascismo. Como el comunismo nunca tuvo mucha audiencia en América, este discurso carece de halo romántico. En Europa, sin embargo, tiene más audiencia entre postmarxistas y revolucionarios”, opina el politólogo de la Universidad Autónoma de Madrid Ángel Rivero, especializado en Teoría Política e Historia de las Ideas.

Awakening via Getty Images
Una marcha antifascista para recordar en 2019 el día de la liberación, en Turín, Italia.

Otra de las grandes cuestiones que impiden a un estadounidense y a cualquier otro europeo ver el antifascismo de la misma forma es la fusión de este con el comunismo: “En EEUU la propiedad privada es algo sagrado. En Europa el comunismo es una opción política como cualquier otra, presente incluso en algunos gobiernos. Por eso, el antifascismo está más tolerado. Pero un movimiento que va contra la propiedad privada, contra la esencia de ser americano, no tiene en absoluto ningún valor en la sociedad estadounidense” analiza Gupergui.

Tradicionalmente, el antifascismo se ha asociado al anticapitalismo: “La resistencia fue un proceso revolucionario traicionado y que permaneció incompleto, porque se aplicó con éxito la restauración del orden capitalista, el mismo que algunos meses antes había apoyado el régimen fascista y que obtuvo ganancias enormes a costa de la clase trabajadora”, se lee en la web del Partido de Alternativa Comunista

Esa vinculación entre el antifascismo y el comunismo es la que hace, según Moceri, que Donald Trump esté dando a los grupos antifascistas “un protagonismo que no merecen”. En EEUU, un anticapitalista termina arrinconado y se convierte en alguien marginal, según Gupergui.

Puede que eso explique parte de su invisibilidad ante gran parte de la sociedad de EEUU. “La mayoría de los estadounidenses no saben quiénes son. Pero para Trump es conveniente hablar de ellos como si fueran el equivalente del Ku Klux Klan y la fuerza detrás de estas protestas en Mineápolis, algo que no es así”, explica Moceri.

En EEUU el antifascismo está vinculado más al combate contra el supremacismo blanco. Y Trump lo utiliza para asegurarse la reelección, defiende Carlota García Encina, investigadora principal del Real Instituto Elcano sobre EEUU: “Trump polariza a la población. Lo hace constantemente. Lo está haciendo con las protestas de Mineápolis. Y lo de catalogar al antifascismo como grupo terrorista es un intento polarizador. Con ello busca movilizar a todos los que ya movilizó y a una parte que no le votó: ese americano medio de raza blanca que se quedó sin apoyarlo en 2016″.

En EEUU hay una preocupación real por el supremacismo blanco. Esta realidad es difícil de entender desde Europa. Todo hay que verlo dentro de ese contextoCarlota García Encina, investigadora principal del Real Instituto Elcano sobre EEUU

Esta experta aclara que los demócratas se cansan de decir que Trump no puede ampliar su base de votantes. “Pero él está enfocado en ese tipo de votante. Veo más esto de catalogar a los antifascistas como terroristas en ese contexto. Allí hay una preocupación real por el supremacismo blanco. Esta realidad americana es difícil de entender desde Europa. Todo hay que verlo dentro de ese contexto”.

García Encina apunta directamente a las dos experiencias que atraviesan el concepto antifascismo en un lado y en otro. “En EEUU hasta hace nada una parte importante de la población, los negros, han tenido que luchar por sus derechos civiles”. Trump sabe que esa es una herida que divide su país y ha querido echar gasolina para apagar el fuego y erigirse como propulsor de la paz y el orden. “Ha querido ponerse duro con estas protestas, pero Trump tampoco tiene una ideología clara. Es muy cortoplacista y lo que le interesa es ganar en noviembre”, explica la investigadora de Elcano.

Precisamente, la última estrategia de Seguridad Nacional aprobada por EEUU contempla al supremacismo como una de las principales amenazas: “Ha habido atentados por estos temas durante mucho tiempo. Y sí, las visiones que hay de fascismo y de orden liberal tienen sus matices en EEUU y en Europa, porque EEUU tiene una realidad diferente”, abunda García Encina.

En Europa, sin embargo, aún pesa que los antifascistas fueron quienes rescataron al continente del totalitarismo y de la barbarie nazi y fascista. En esa batalla participaron los comunistas y los neocomunistas, principales protagonistas del movimiento antifascista en el viejo continente en la actualidad. Y, en ese contexto, hay que entender la disputa de este lunes entre Unidas Podemos y Vox. Mientras la ultraderecha de Santiago Abascal aplaude el movimiento de Trump, Pablo Iglesias, el líder de los morados, publica una estampa de la liberación de un campo de concentración en la II Guerra Mundial. 

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