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19/03/2019 07:00 CET

Así eres, así votas... ¿O no?

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El filósofo anglo-ganés Kwame Anthony Appiah ha publicado recientemente un libro, The Ties that Bind, donde cuenta la historia de un judío que naufraga y queda varado en una isla desierta. Después de muchos años llegan a rescatarle y ven que ha construido tres edificios. Sus salvadores le preguntan por ellos y dice: “Esta es mi casa, esta es la sinagoga a la que voy a rezar y esta otra es la sinagoga a la que no voy a rezar”.

Appiah ejemplifica perfectamente con esta metáfora la dualidad en la que nos debatimos continuamente. A lo largo de la vida se nos presentan situaciones que nos llevan a tomar decisiones radicales, sin tonos grises. Elegir una alternativa, no solo es renunciar a la otra, es también rechazarla y oponernos a ella.

Los mundos de la política y el fútbol son dos buenos ejemplos de cómo se polarizan las decisiones. Ser de un equipo implica necesariamente desearle lo peor, en términos deportivos, al otro.

Creemos elegir libremente de qué equipo somos, pero no es así. Existen tres condicionantes que tienen un peso definitivo a la hora de ponernos una camiseta u otra. Estos son, por este orden: compartir localidad con el equipo, su bagaje ganador y la influencia de terceros como familia y amigos.

El mundo de la política es quizás un poco más complejo, sobre todo porque los localismos tienen menos peso y existen figuras, sus líderes, que personifican lo que defienden. En este sentido, la simpatía o confianza que transmite el representante de un partido político, al margen de lo que promulgue, es fundamental para votarle, algo que no ocurre en el fútbol, más impersonal.

Tenemos a un número de ciudadanos a la derecha del centro y a otro a la izquierda. ¿Qué tienen en común los que se agrupan en un mismo lado? ¿Qué les diferencia de los otros?

Al margen de las múltiples papeletas con las que nos encontramos en una jornada electoral, las opciones realmente se reducen a dos: las que están a la derecha y las que están a la izquierda. Luego unas estarán más alejadas del centro y otras menos, pero todas ellas podrían ser situadas en un continuo con polos derecha-izquierda, con un centro ideológico que solo existe en la imaginación y la retórica de los políticos. No existe ninguna opción ideológicamente neutra, la hay ambigua o mudable, pero ninguna equidista de los extremos.

Entonces, tenemos a un número de ciudadanos a la derecha del centro y a otro a la izquierda. Las preguntas que vienen ahora serían: ¿Qué tienen en común los que se agrupan en un mismo lado? ¿Qué les diferencia de los otros?

Existen aspectos sociales que hacen decantar la elección política hacia un bando u otro: la edad, el nivel de socioeconómico, la educación, la ubicación geográfica, etc. Existen, igualmente, aspectos ideológicos sobre temas controvertidos que te lanzan de cabeza a uno de los dos lados: el aborto, la inmigración, la religión, la defensa de las tradiciones, etc. Los políticos lo saben y construyen su discurso en torno a estas variables para lograr ganar votantes.

¿Podríamos hacer la misma distinción en términos de personalidad? ¿Es el carácter de la derecha diferente al de la izquierda? ¿Quién es más sociable? ¿Quién cuenta con mayor estabilidad emocional?

El dilema de si es la gente de derechas diferente a la de izquierdas se puede tratar de resolver de dos maneras: con el “usted qué opina” o mediante la ciencia.

Haga la prueba, pregúntele a alguien “¿cómo es la gente de derechas?” y siempre le dirán algo. Luego pregunte por la contraparte de izquierdas, también obtendrá respuesta.

Sin embargo, esta manera de conocer la realidad basada en la opinión de la gente hace aguas por todas partes, básicamente porque no se debe encuestar por una situación que implica al propio encuestado. Cuando alguien debe dar su opinión sobre un rival nunca será imparcial y su discurso se llenará de estereotipos, eso que usamos para hacer la realidad más manejable. Los estereotipos siempre son muy benévolos con uno mismo y perversos con el contrario.

El principal predictor de la ideología política es la familia, de padres conservadores y ambientes conservadores, hijos conservadores.

La ciencia, por su parte, ha intentado en multitud de ocasiones encontrar una horma que identifique la forma de ser de los que se acogen a una opción política. Todos los resultados han sido infructuosos. Más allá de lo obvio, que los conservadores tienen una mayor orientación al orden y menor a los cambios, nada ha sido destapado en este sentido.

Una de las causas que explican la baja coincidencia de carácter en una misma opción política tiene que ver con que la personalidad y los valores se constituyen antes que las ideologías. Se sabe que la personalidad, que se asienta en los primeros 16 años de vida, sobre todo en los primeros 12, tiene una base genética y otra biológica, y ambas están muy influidas por la familia. El principal predictor de la ideología política es la familia, de padres conservadores y ambientes conservadores, hijos conservadores.

Aquí podemos destacar a aquellos hijos que rompen con la tradición ideológica de la familia y se enfrentan a ella, lo que puede ser explicado desde la propia personalidad en la que el vástago desarrolla unos hábitos más inconformistas, más exploratorios y de defensa de su identidad. Siempre primero la personalidad y luego la ideología.

Uno de los pocos estudios que han arrojado luz a estas cuestiones lo llevó a cabo la Universidad de Minnesota y concluyó que aquellos que comparten una misma opción política y (aquí el matiz) viven con intensidad su opción (militancia, por ejemplo) sí comparten más rasgos de personalidad, pero no ocurre así con el resto de los votantes.

Por lo tanto, y volviendo al título del artículo, le digo que no, no hace falta que me diga cómo es usted porque no podré adivinar a quién vota. Y esto es una buena noticia, porque si ya la ideología genera fricciones entre las personas, imagínese llevarlo al terreno de la extraversión, el neuroticismo o el detallismo, todo un sindiós.      

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