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22/11/2021 07:12 CET | Actualizado 22/11/2021 07:12 CET

COP26: ¿Hacia un planeta menos habitable?

Ha habido tantos discursos políticos clamando contra la emergencia climática como tantas acciones han faltado para evitarla

PHIL NOBLE via REUTERS
REUTERS/Phil Noble

Cuando la COP25 chilena de 2019, celebrada en Madrid, acabó sin grandes compromisos de los líderes del mundo frente a la presión de la emergencia climática, se nos dijo que aquella cumbre no era sino una transición hacia la COP26, en Glasgow, donde si que se iban a tomar acuerdos de calado para que la hoja de ruta del Acuerdo de Paris (2015) fuera una realidad. Hubo entonces muchas declaraciones políticas donde se decía que los países contaminantes iban a presentar en 2021 planes de recorte de emisiones más ambiciosos de los ya presentados –que por cierto, no se cumplen, según estudios publicados en revistas científicas como Science- y se aseguró, en su acuerdo final, que las decisiones políticas se actualizarían en función de lo que dijera la ciencia.

Pues bien. Ya ha sido la COP26, que pasará a la historia como la cumbre del “bla, bla, bla”, porque ha habido tantos discursos políticos clamando contra la emergencia climática como tantas acciones han faltado para evitarla. Y es que acabó sin que sus grandes objetivos se vieran mejorados un ápice de forma clara, con compromisos firmes: ni mejores planes nacionales para recortar emisiones a corto plazo, ni la financiación climática que se precisa para cambiar el rumbo y ayudar a los países en desarrollo –salvo ayudas bancarias, de las que siempre sacan ‘tajada’ con los intereses de sus inversiones – ni, como muchos pedían, poner fecha clara al fin del carbón o a las subvenciones a los combustibles fósiles. Y, por supuesto, sin tener en cuenta para nada a las investigaciones científicas que nos alertan que, de seguir así, llegaremos a los 2,7ºC más de temperatura media global en 80 años, lo que no es tanto tiempo.

En realidad, la COP26 británica ya empezó con mal pie. Sin los líderes de China, la contaminante fábrica del mundo, y de Rusia, el suministrador del gas, la esperada cita Glasgow, tras un año de ’impass’, no auguraba nada bueno diluyendo de principio cualquier posible decisión determinante . 

Resultado: se aplaza para más adelante casi todo. Agarrarse al “algo se avanzó pues se acordó que se acordará” es un ’deja vu’ de inanidad en las decisiones que ya nos ha llevado a la extrema vulnerabilidad ante la que nos encontramos: hambrunas como la que se vive en Madagascar debido a la sequía, inundaciones desde China y Centroeuropa a Sudán del Sur, más huracanes y mas intensos en Centroamérica, el nivel del océano en aumento y los hielos en constante ‘decrecimiento’. 

En este contexto, la ausencia de decisión política para la puesta en marcha real de planes, programas y presupuestos para transitar hacia una mayor justicia social debe ser considerada como un enorme y preocupante fracaso de la COP26. 

La cuestión ya no es si el camino emprendido en las cumbres del clima es el adecuado, el suficiente para cumplir lo que se consensuó hace ya seis años. Pero lo que no nos podíamos figurar es que no hubiera camino para avanzar, sino un paso atrás. Por un lado, porque no hay ni siquiera un acuerdo sobre el llamado ZERO NETO, es decir, la cuestionada posibilidad de compensar emisiones contaminantes en un mercado de bonos de carbono, cuestionada porque permite seguir contaminando. Lo poco que se ha avanzado en este asunto indica que va a seguirse un rumbo poco transparente y en todo caso alejado del llamado “zero real”, es decir, el fin de las emisiones sin ‘lavados verdes’.

Y si en recortes de emisiones no se ha avanzado, salvo aquello de insistir retóricamente en que se hará lo posible por no superar lo 1,5ºC, no menos frustrante es que se ponga fecha para el fin de la deforestación dentro de una década. En otras palabras, de qué sirve que por un lado se anuncien grandes proyectos para reforestar, pero por otro se permita seguir talando bosques primigenios hasta 2030, perjudicando a la biodiversidad y muy especialmente a los pueblos indígenas que los habitan. 

En relación con la justa demanda de fondos destinados a los países del sur global, un apoyo imprescindible para que mitiguen y se adapten al cambio climático que no han generado (África apenas supone el 3% de las emisiones) y también para pagar los daños y pérdidas que ya tienen, no sólo no se ha avanzado sino que se da otro retroceso, al aplazar para 2023 lo que se tenía que haber cumplido en 2020: los ya comprometidos 100.000 millones de dólares anuales. Además, de lo conseguido hasta ahora casi todo se destina a mitigar (fundamentalmente, con energías renovables) y muy poco para adaptarse y evitar impactos. ¿Ahora prometen que para 2025 van a duplicar los fondos para adaptación? No parece muy creíble dados los antecedentes.

En todo caso, contrastan las dificultades para conseguir estos fondos, que ya son insuficientes, con los mencionados subsidios a los combustibles fósiles, unos 370.000 millones anuales según la OCDE. Habida cuenta de las difuminadas menciones a la desaparición de estas ayudas públicas y las inversiones en materia de combustibles fósiles (carbón, gas, petróleo) parece evidente que quién realmente ha ganado esta batalla en la ciudad escocesa no es sino el mantenimiento de un status quo que es y será el causante del calentamiento global, representado en la COP26 por un potente ‘lobby’ empresarial. 

Por otro lado, hay que recordar que durante la Cumbre de Glasgow se han hecho públicos informes que ponen en cuestión las cifras que los distintos países declaran de emisiones y donde se afirma que los recortes debían incrementarse en un  30%. Es, quizás, el hecho más relevante de todos: se están minimizado el volumen de emisiones y en base a este escenario falseado se plantean programas que no se cumplen o se buscan compensar en un mercado de carbono futuro.

Hasta ahora, las COP han conllevado algunos avances, si bien fundamentalmente  han supuesto siempre patadas adelante, instando a las futuras cumbres a “tomar decisiones concretas”, que luego se posponen de nuevo. Ya tenemos 26 experiencias que nos hacen ver que el juego debe cambiar de reglas. La situación actual, con riesgos desiguales, está generando graves disfunciones cuyos resultados son impredecibles en términos ecológicos, sociales y económicos. Los equilibrios de poder económico no pueden ya mantenerse dentro de esta extrema inestabilidad.

La cuestión ahora es que ya no sabemos siquiera dónde está el último “balón para adelante” tras esta COP26. Los países, sus responsables públicos y las empresas, están claramente en una ruta que no va a resolver el problema, que por otro lado no tiene más soluciones que las que se consigan por acuerdos a nivel global. 

Si algo queda tras estas dos semanas de cumbre, es que la ciudadanía se ha dado cuenta que las políticas de cambio climático son demasiado importantes para su futuro como para dejarlas solo en sus manos. El “bla, bla, bla” en Glasgow ha tronado. 

Es el momento de actuar.  Este planeta vivo, habitado por 7.700 millones de humanos, y su futuro ya no pueden esperar.

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