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25/11/2021 07:17 CET | Actualizado 25/11/2021 07:17 CET

Cosas que limpiar

La violencia de género tiene lugar porque socialmente se hace posible y se permite.

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Enero de 2020. Asustada, con moratones en los brazos, las gafas rotas, llorando, corriendo sola a sus 73 años, mi madre llega a mi casa. Confusa y sin saber qué hacer me pide perdón mientras intento que se tranquilice y que no se cargue de culpas. Me aseguro de que sepa que tiene todo mi apoyo, un sitio donde poder vivir, y mientras le explico que ahora no tiene que tomar ninguna decisión, tan sólo es capaz de responderme con una frase: “el lío en el que os he metido”. 

Mi padre, desde ahora mi progenitor, la ha agredido. Respiro una sensación de angustia, mezclada con cabreo, tristeza, la constante de estar sola y perdiendo. 

Tras unos días en mi casa mi madre decide ir a su centro de salud, desde donde le mandan al hospital para hacerle un parte de lesiones, que supuestamente ella remite a los juzgados, y tener una conversación con la psicóloga. 

El parte de lesiones, por alguna razón no llega a los juzgados. 

Febrero de 2020. Mi madre, sin saber que el parte se ha perdido, decide ir al Punto Municipal contra la violencia de género de su municipio. La primera pregunta que recibe con sabor a acusación es por qué no ha denunciado (no tiene la obligación). Ella explica cómo el año anterior al ir a la policía a contar lo que le ocurría, ésta insistió en que no hacía falta denunciar, porque ellos al tener el aviso se presentaban en su casa en 20 minutos. En el punto de violencia, le dicen que no se preocupe, que ya le volverán a llamar para darle cita. Esta no es la primera vez que oímos esta promesa. El año anterior también había ido al Punto Municipal y nunca le llegaron a llamar. Sé que aunque me cabree con esto, no queda otra que respirar y seguir buscando respuestas. 

Marzo de 2020. Comienza el estado de alarma y nadie ha llamado a mi madre. Necesita apoyo psicológico ya que tras el trauma es incapaz de pensar con claridad. Está llena de contradicciones, no sabe lo que ha pasado, y no es capaz de que sus pensamientos se ordenen en su cabeza. Le pesan la culpa y la vergüenza. 

Después de muchas llamadas al Punto Municipal contra la violencia de género, tratan de que su caso se considere urgente. En muchos momentos se le pasa por la cabeza, que debe volver a su casa, pero tiene miedo, duda, está muy confusa, sin saber que tiene que hacer, ni cuales son los siguientes pasos a dar. Yo también estoy confundida, me desvelo cada noche, pensando qué más puede pasar. Entre tanto averiguamos dónde está el parte de lesiones, y conseguimos que el juzgado empiece a mover el expediente. 

Unos meses después me llaman de la policía, para decirme que mi progenitor no coge el teléfono, que no le localizan, y me preguntan que qué pueden hacer... Me quedo sorprendida, no entiendo nada, yo tampoco sé donde está. 

El colegio de abogados nos otorga un abogado de oficio, que tiene una frustración enorme con los puntos de violencia, no hace más que compararse con las abogadas de allí, y la diferencia de sus salarios. En cualquier caso, nuestra relación se reduce a una serie de directrices por email, porque él llamadas de teléfono no atiende. Nuestro abogado de oficio acaba por ser un señor que nos dice, constantemente, que tenemos que hablar con mi progenitor, o con el abogado de éste. Finalmente, le explico que el código deontológico le obliga a él y no a mí, a hablar con el abogado de la otra parte. 

Después de todo esto, mi madre tiene que pasar por el juzgado de violencia de género, donde no le dan la razón, porque consideran que todo lo que le ha sucedido es una simple pelea matrimonial. No tienen en cuenta el informe del médico, donde claramente se puede leer que las agresiones ya han sucedido otras veces. Tampoco que ella tiene problemas auditivos, o que no ha cotizado lo suficiente como para tener una pensión y poder salir de esa situación fácilmente. Cada vez me siento peor, y no sé el vacío y la soledad que debe sentir mi madre. 

Mientras, mi progenitor da señales de vida y comienza a llamarle por teléfono a veces cabreado con la situación, a veces pidiendo que vuelva. A mí se me revuelve el estómago con cada llamada. 

Tras unos meses de pandemia, llega un momento donde acudimos a Servicios Sociales, porque tanto mis hermanos como yo estamos en un ERTE, y mi madre no tiene ingresos. En Servicios Sociales, explico la situación, solicito información para ver qué se puede hacer y qué alternativas hay. Para nuestra sorpresa, la persona que nos atiende en Servicios Sociales, nos dice que es incomprensible que estemos ahí, si no tenemos una sentencia de divorcio. Servicios Sociales necesita datos, no solo un título habilitante de víctima de violencia de género. Le explico que no sabía que para pedir información me tenía que saber todos los protocolos de la Administración General del Estado y nos vamos. De nuevo, mi madre, confundida y revuelta se siente sola, ante la falta de sensibilidad. Y yo frustrada por ya no saber qué hacer. No hay recursos, solo lo que otorga el Punto Municipal contra la violencia de género, y como nos confirma la abogada, todas las rentas sujetas a la familia. Sin autonomía económica es muy complejo salir de las situaciones de violencia. 

Año y medio después sigo teniendo las fotos de los moratones en el cuerpo de mi madre grabados en el móvil. El estómago se me sigue encogiendo. También se me encoge, por las veces que me han dicho, ”¿y porqué no ha denunciado?”, “todas tenemos problemas…”, ” o tu madre era un poco vaga ¿no?” ” o “tu madre lo que tiene que hacer es... ” o por cómo la gente se queda sin habla, y mira para otro lado, y no te vuelve a llamar. 

Supongo que de esto no sé si te recuperarás, y menos de la violencia que has recibido en casa por parte de tu progenitor durante muchos años. Años en los que no te has podido mover de un sofá durante una hora diaria para no despertarlo en la siesta, años en los que has perdido un diente de una agresión, años en los que los insultos y el aislamiento campaban a sus anchas por la casa donde vivías. Años en los que no has podido ver a parte de tu familia. Años perdidos. Años de ver la incapacidad de sostener ciertas vulnerabilidades. Supongo que en la vida siempre hay cosas que limpiar. 

Y de todo esto, los aprendizajes, el saber que la violencia tiene lugar porque socialmente se hace posible y se permite. Esa mirada que se construye y de la que somos responsables colectivamente. La mirada que no ve todas las implicaciones, la que juzga, la que construye el estigma.Los vínculos sociales también fallan, no es solamente que la violencia se perpetúe desde las instituciones.

Aunque hay momentos de luz y de fuerza, y hay que agradecerlos, la capacidad de agencia de mi madre, la mía propia, o el coraje de las vecinas que cuando vieron a mi progenitor, y supieron de la historia, fueron a abroncarle, todavía sigue habiendo muchas cosas que limpiar. 

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